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De tapas con Trajano en Mérida

El plato estrella del restaurante A de Arco es un arco romano de dos mil años de antigüedad

Entrada al restaurante A de Arco, en Mérida (Badajoz).
Entrada al restaurante A de Arco, en Mérida (Badajoz).

“Erase una vez un restaurante a un arco pegado”. Podría ser el principio de una fábula pero es la descripción que más se acerca a A de Arco (Trajano, 8; 924301315), un lugar en Mérida (Badajoz) donde se funde la gastronomía con el patrimonio, donde se mezcla sabor e historia y convergen monumento y gusto.

Pero como las buenas historias, hay que comenzar a contarla desde el principio. El Arco de Trajano de Mérida se podría llamar el arco de las dos mentiras, porque ni es un arco triunfal ni jamás estuvo dedicado al famoso emperador romano. Posiblemente, los ciudadanos de la capital extremeña decidieron llamarlo así por la solemnidad que el nombre evidencia, pero el monumento no es más que una puerta de acceso a un gran conjunto monumental dedicado al culto imperial. Construida en la época de Tiberio, mide 15 metros, tiene 2.000 años de antigüedad y está perfectamente integrado en la Mérida actual. Tanto, que parte de la construcción ha estado oculta en una casa anexa durante casi dos milenios.

Hasta que Gabriel Frías y Carlos Castaño lo rescataron del olvido y lo recuperaron para disfrute de emeritenses y visitantes. “Se intuía que el arco podría hacer de pared en este lado de la casa, pero estaba oculto. Se hizo una cata y efectivamente se encontró parte del arco”, cuenta Frías, copropietario de A de Arco. La rehabilitación ha durado más de dos años y han sido vigiladas muy de cerca por el Consorcio de la Ciudad Monumental de Mérida, la policía del patrimonio emeritense.

El comedor del restaurante deja a la vista los restos del Arco de Adriano, costrucción romana de 2.000 años de antigüedad. ampliar foto
El comedor del restaurante deja a la vista los restos del Arco de Adriano, costrucción romana de 2.000 años de antigüedad.

El local, de dos plantas, exhibe con orgullo parte de la estructura del Arco de Trajano, una imagen única que ve la luz por primera vez desde hace miles de años. Los bloques de granito rompen el blanco de las paredes y los manteles, formando una mancha arquitectónica en medio de una estancia diáfana y pulcra. “El arco estaba lucido e incluso tenía una mano de pintura. Por detrás de este había una pared que igualmente estaba lucida y pintada, y entre ambos, arco y pared, un relleno de arena.” Dos comensales se acercan al pedazo de roca y se hacen un selfie mientras manosean este vestigio de la Mérida romana. “Se puede tocar. La última etapa de la rehabilitación ha consistido en aplicarle una película que protege la piedra de las manchas y la humedad, ha sido un proceso muy concienzudo”, aclara Frías al ver la cara de sorpresa ante lo que parecería un acto vandálico por parte de dos turistas.

Pero no es el único resto histórico que se puede contemplar en su interior. Entre plato y plato hay que descubrir un par de arcos de época medieval y la portada original de la casa, aunque sin dintel. Un conjunto perteneciente a lo que antaño fue una casa señorial.

Quique Frías está en los fogones y ha elaborado una reinterpretación de los manjares extremeños para la carta de A de Arco; una sugerente adaptación que pretende mezclar gastronomía y patrimonio. A precios asequibles, se puede degustar un magret de pato a la plancha con piña y kiwi, un buen solomillo ibérico con torta del Casar, una presa ibérica o un arroz con espinazo de retinto. De postre bombones de higo cacereños de Almoharín.

También se puede comer de tapas: hamburguesa de ternera de Extremadura, croquetón de jamón ibérico y huevos estrellados con gulas son algunas de las sugerencias. Pero el plato estrella de este restaurante no figura en la carta sino en la pared: la parte externa de un arco que la ciudad de Mérida decidió dedicar a Trajano.

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