Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
Escapadas

A caballo por la escalera de caracol

El palacio Farnese, la belleza renacentista cerca de Roma

Detalle de los frescos de esferas celestes y constelaciones del Zodíaco rn sobre la bóveda de la Sala del Mapamundi en el Palazzo Farnese.
Detalle de los frescos de esferas celestes y constelaciones del Zodíaco sobre la bóveda de la Sala del Mapamundi en el Palazzo Farnese.

Las villas italianas del Renacimiento establecieron los modelos de la arquitectura palaciega occidental. Desde el Veneto, las portadas aristocráticas de las villas de Palladio exportaron a Inglaterra y Estados Unidos las virtudes clasicistas y la exaltación del poder agrícola. Toscana impuso otro paradigma, el de la nostalgia por el campo, conformado por largos edificios de estuco sobre onduladas colinas cubiertas de arbustos, pinos y cipreses. Pero fue desde Roma y sus alrededores desde donde se elaboró el modelo definitivo, el más hermoso, el más ideológico, el más trágico. No había territorio que pudiera competir con el romano para evidenciar el poder temporal, renovar el culto a la antigüedad y organizar estéticamente el orden irracional de la naturaleza. Hoy tampoco hay mejor lugar para perderse que estas villas de Frascati, Tívoli o los alrededores de Viterbo. Atravesando sus salones cubiertos de frescos, sus inmensos jardines colmados de fuentes y esculturas, no solo se puede entender la cultura del Cinquecento, sino que es posible acceder a otro ámbito en el que la arquitectura y el paisaje se transforman en literatura, en papeles, en ese punto de melancolía tan querido por los viajeros literarios, el lugar donde alguna vez nos hemos sentido —casi todos— medio inmortales consiguiendo unir, aunque solo fuera un instante, el placer con la belleza.

La famosa escalera de caracol del palacio Farnese, en Caprarora (a 50 kilómetros de Roma). ampliar foto
La famosa escalera de caracol del palacio Farnese, en Caprarora (a 50 kilómetros de Roma).

Son las excursiones inolvidables desde Roma. El viaje de ahora tiene como destino Caprarola, presente en todos los manuales de historia del arte gracias al palacio Farnese, una de las obras maestras de la arquitectura italiana. No conviene apresurarse; poco antes de llegar, la carretera —la antigua vía consular Cassia— te sorprende con un anfiteatro etrusco del siglo I antes de Cristo sobre tu lado izquierdo, y debe recorrerse alguna de sus muchas grutas y concluir en la de Santa María del Parto, en realidad un mitreo de época romana decorado con frescos del siglo XIV que representan a peregrinos en dirección a Roma por la Via Francigena, el otro nombre de la Cassia. Luego, una vía local, la Farnesiana, sobre la cuenca externa del cráter del lago de Vico, nos conducirá a Caprarola bajo una bóveda de ramas de castaños y avellanos.

Via Diritta

El enorme palacio domina el poblado por su tamaño y posición, al fondo de una calle diseñada expresamente, en ligero ascenso, la Via Diritta (calle Recta). Su singularidad viene determinada por la historia; iniciado por el papa Pablo III en torno a 1530 bajo la dirección de Antonio de Sangallo, la construcción se interrumpió hasta que otro Farnese, Alejandro, nieto del promotor, encargó las obras a Vignola, el arquitecto de la iglesia del Jesús en Roma y las cúpulas menores del Vaticano. Vignola transformó la estructura militar manteniendo la famosa planta de cinco lados que imitó en Washington el Pentágono, con un programa arquitectónico basado en formas puras y ornamentos imprescindibles.

A caballo por la escalera de caracol ampliar foto

En el interior insertó un patio redondo del que parte una escalera en caracol decorada con columnas jónicas por la que, según dicen, el cardenal subía a caballo. Con cinco pisos, el palazzo es un estupendo ejemplo de lo que podríamos llamar arquitectura en plenitud, esa sensación que se advierte con la experiencia directa del espacio. Cuando asciendan por la amplísima espiral de la escalera, bajo los frescos del mismo Vignola, entenderán a qué me refiero. En la planta noble hay varias sorpresas españolas, los rostros reconocibles de Carlos V y Felipe II en las pinturas de Zuccari (Sala de los Fastos Farnesianos), y el detalle topográfico de la América novohispana, tal y como era conocida a mediados del siglo XVI (Sala del Mapamundi), cuyas paredes albergan el atlas del universo habitado. Por encima, en la bóveda pintada al fresco, las esferas celestes y las constelaciones del Zodiaco.

El palacio tiene un jardín espléndido, uno de los mejores ejemplos del manierismo. Diseñado como huerto botánico, con un sistema de plantaciones en cuadrícula, la estructura de terrazas y puentes articula múltiples niveles entre el jardín y las colinas. Al recorrerlo se advierte el tratamiento del agua como un elemento versátil, plástico, tanto por la variedad de estanques como por el uso de superficies que sirven de espejo del agua quieta y en movimiento. Las estatuas son el otro contrapunto, con las cariátides del jardín secreto abriendo paso a una gruta donde se interpretaban escenas de poesía pastoral. A su alrededor manda la geometría, los parterres perfectamente recortados, la subordinación de los detalles, la ausencia de flores, la monocromía, y por encima, los efectos de luces y sombras, el claroscuro.

Vista aérea del palacio de Farnese, en la localidad italiana de Caprarola. ampliar foto
Vista aérea del palacio de Farnese, en la localidad italiana de Caprarola.

Pero veníamos también a comer y a disfrutar de cierta melancolía literaria. Así que les sugiero dirigirse a la Antica Trattoria del Borgo y pedir la mesa de las vistas. Es la hora del vino de la tierra, los colli etruschi viterbesi, es decir, uno de las colinas etruscas de Vierbo, pongamos un canaiolo, para acompañar una pasta hecha a mano o bien un risotto, siempre con funghi porcini (Boletus edulis). Después del paseo de los jardines se impone el lado desestructurado de la escapada. Justo a la vuelta del palacio se encuentra el más sugestivo de los lagos volcánicos del Lacio, el de Vico, inmerso desde 1982 en un parque regional de 3.300 hectáreas. Presidido por una de las bocas del antiguo volcán, el monte de Venus, el lago cuenta, si tienen tiempo, con coquetos hotelitos en las orillas cuyas propuestas incluyen excursiones a caballo entre los bosques o navegar sobre sus aguas perfumadas.

  • Pedro Jesús Fernández es autor de la novela Peón de rey.

Guía

Dormir

  • Azienda Agrituristica La Valle di Vico (www.lavalledivico.it). Lago di Vico, Viterbo. Nueve apartamentos con cocina y un pequeño salón a la orilla del lago. 90 euros.
  • Azienda Agrituristica La Vita (www.agriturismolavita.it). Caprarola (Viterbo). Junto al lago. Habitaciones muy cuidadas. 80 euros.
  • La Bella Venere (www.labellavenere.it). Caprarola (Viterbo). Complejo de hotel, restaurante y salones de celebración. 80 euros.

Comer

  • Antica Trattoria del Borgo di Nardi Alessandro (www.anticatrattoriadelborgo.it). Via Borgo Vecchio, 107. Caprarola (Viterbo). Estupenda carta de vinos; especialidad, funghi porcini arrosto (boletus asado). Buenas pastas con boletus, jabalí o trufa negra. Precio medio, unos 20 euros.
  • Azienda Agricola Vazianello. Por la carretera del cementerio. Strada di Vasiano, kilómetro 2,5. Vazianello, Caprarola (Viterbo).  En mitad del bosque, sin indicaciones, pero siempre lleno. Solo fines de semana. Pasta hecha a mano, cochinillo al horno. Unos 20 euros.
  • Trattoria del Cimino (trattoriadelcimino.jimdo.com). Via Filippo Nicolai, 44. En el palacio Riario, en mitad del pueblo. Especialidades de caza. 20 euros.

Encuentra inspiración para tus próximos viajes en nuestro Facebook y Twitter e Instragram o suscríbete aquí a la Newsletter de El Viajero.