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fuera de ruta

Un Vaticano en Costa de Marfil

Yamusukro, la capital que resume el pasado convulso de este país del golfo de Guinea

La basílica de Nuestra Señora de la Paz de Yamusukro, en Costa de rn Marfil, construida entre los años 1986 y 1989 por el arquitecto libanés Pierre Fakhoury. Ampliar foto
La basílica de Nuestra Señora de la Paz de Yamusukro, en Costa de Marfil, construida entre los años 1986 y 1989 por el arquitecto libanés Pierre Fakhoury.

La capital política de Costa de Marfil, Yamusukro, se tumba —polvorienta y aplatanada— bajo un sol de justicia en verano. Está prácticamente desierta, gracias a la huida de los escolares hacia sus vacaciones. Se trata de una ciudad estudiantil situada a unas tres horas de autobús al norte de Abiyán y a pocos kilómetros de Buaké, en el centro del país.

Más allá de Yakro, como se conoce popularmente a Yamusukro, comienzan los problemas de seguridad y las dificultades para desplazarse por un país que todavía se recupera de la guerra. Basta rascar un poquito la superficie de aparente humor para encontrar heridas profundas en los corazones de los marfileños. Recientemente pasaron por la aprobación de la controvertida ley de naturalización de los extranjeros, que conforman un 30% de la población según fuentes extraoficiales, y entre los que destacan burkineses y malienses. En el horizonte se perfila la aprobación de otra ley polémica: la que establece quién tiene derecho a la propiedad y la explotación de la tierra. La carestía de la vida hace que la mayoría de la población luche desesperadamente por llegar a fin de mes y la tasa de desempleo juvenil supera el 30% (hay quien la sitúa en un 60%) en un país con unos 20 millones de habitantes. Frente a un panorama tan gris como hay días que amanece el cielo de Abiyán, los marfileños recurren al humor, la música y los pequeños apaños que les permiten se debrouiller (desenvolverse).

Una de las vidrieras, que representa la fauna africana, en la basílica de Nuestra Señora de la Paz de Yamusukro (Costa de Marfil). ampliar foto
Una de las vidrieras, que representa la fauna africana, en la basílica de Nuestra Señora de la Paz de Yamusukro (Costa de Marfil).

Yamusukro no tiene nada que ver con la histeria desorganizada y superpoblada de Abiyán. El peligro más evidente, quizás, sea el de perecer atropellado por un vehículo que intente sortear los socavones en sus carreteras, castigadas por el tiempo, la falta de recursos y la guerra.

Los cocodrilos que nadan en tres lagos artificiales, ligados a la cultura de la etnia autóctona, los baulé, y a la figura del padre de la independencia, Félix Houphouët-Boigny, desaparecen bajo el limo, indolentes, mientras los paseantes intentan inútilmente avistarlos. Se comieron a cinco personas el pasado verano y las autoridades prohíben que la gente se acerque a uno de sus lagos, sobre el que se dibuja la cúpula de la basílica de Yamusukro, que está considerada la iglesia más grande del mundo. Los lagos de los saurios se sitúan junto a la residencia familiar del Viejo, apodo con el que se conocía al despótico Houphouët-Boigny, fallecido en 1993. Él marcó toda una era de progreso, pero también de profunda corrupción y decadencia, en Costa de Marfil, y simbólicamente llevó a Yamusukro cocodrilos, especie que no existía allí, devoradores de hombres. La propiedad es inmensa, con varios inmuebles y animales salvajes dentro, testimonio de la riqueza desproporcionada del político, que también poseía —entre otras muchas cosas— el cocoteral sobre el que se edificó la basílica de Nuestra Señora de la Paz. Esta historia, la de los saurios alimentados en un ritual de indescifrable significado, fue contada con maestría por el Nobel V. S. Naipaul en su texto The Crocodiles of Yamoussoukro, publicado en 1984 en la revista The New Yorker.

Existe un culto a la figura de este hombre controvertido. Político pragmático al servicio de Francia en África, Houphouët-Boigny ejerció de promotor de guerras desestabilizadoras en el continente, como la de Biafra, en Nigeria, y de asesinatos políticos como el del líder burkinés Thomas Sankara. La voz popular asegura que un aspirante a magnicida se volvió loco al descubrir que las balas no le habían penetrado.

La Fundación de Houphouët-Boigny, creada por el expresidente Laurent Gbagbo y destinada a los estudios sobre la paz, el hotel Président y la Casa de los Diputados son las visitas obligadas en Yamusukro. Además, por supuesto, de la basílica, un pedacito de territorio vaticano en África. Fue erigida en los ochenta por Houphouët-Boigny para desbancar a la de San Pedro, y consagrada por Juan Pablo II. En su interior los únicos rostros africanos son los del propio Boigny, en una vidriera que representa el Domingo de Ramos, y el de una virgen y su hijo tallados en madera.

Maíz o pollo a la brasa

Yamusukro revive con los Consejos de Ministros y con el año escolar. En el primer caso, sus calles tranquilas se llenan de coches oficiales llegados desde Abiyán y de autoridades con sus séquitos. En el segundo, miles de escolares invaden sus colegios, institutos y el Instituto Nacional Politécnico, una auténtica joya de la educación marfileña. Sin embargo, lo más interesante en esta urbe tranquila, de anchas calles, parcheada de selva y agua, está en sus calles plagadas de puestos callejeros de alloco (plátano frito), mazorcas de maíz o pollo a la brasa. En los maquis, los bares populares en los que se beben las cervezas Bock y Number One y se escucha coupé decalé a un volumen ensordecedor, también se come en ocasiones. Así sucede en el Sans Sis, con precios que oscilan entre los 5.000 y 1.000 francos CFA. O, lo que es lo mismo, entre 7 y 15 euros.

Otras opciones son el pescado a la brasa en La Gare d’Abidjan, el bolicro (carne de cabrito) en Le Degue de Boognak o la carta algo más chic, según el argot popular, del Marselia. En los puestos callejeros se ofrece de todo, desde ratas de bosque a enormes tofis, palomitas de maíz, buñuelos, pangolín, mono o bolsitas de plástico con yogur, bissap o jengibre.

Si el visitante no se siente exótico, quedan las boulangeries (panaderías/pastelerías) como Le Bon Berger, o los helados y los sabores más occidentales en Gracias, Le Petit Café o el hotel Président. Y para mover las caderas, un variado surtido de maquis (bares) y boites (discotecas), desde Klasse A a Dreams y la música en directo de los conciertos callejeros o del hotel Président.

Las piscinas del hotel Golf, el hotel Président y el hotel Ivoire son las mejores opciones para hacer la digestión del fufú, el futú y el attieké, acompañados siempre por las salsas tradicionales.

Guía

Un Vaticano en Costa de Marfil

Información

» Yamusukro se encuentra a 250 kilómetros de Abiyán.

» Turkish AirlinesBrussels Airlines vuelan a Abiyán con escala a partir de unos 650 euros ida y vuelta desde Madrid.

» Turismo de Costa de Marfil.

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