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El Shanghái en peligro de extinción

Pese al acoso de las excavadoras, todavía se puede disfrutar de la ciudad vieja de la megalópolis

Nanshi, la ciudad vieja de Shanghái. Ampliar foto
Nanshi, la ciudad vieja de Shanghái.

Partidas de cartas sobre taburetes mínimos y mesas de camping, ropa tendida entre árbol y árbol, mercadillos de objetos imposibles de reconocer, pescaderías en las que parece milagroso que el género se conserve vivo y patos pelados ahumándose sobre la cocina de pequeños restaurantes en los que se sorbe la sopa como si no hubiese mañana. Todo ello en estrechas callejuelas flanqueadas por edificios que amenazan ruina y en las que no hay espacio para los automóviles. Es Nanshi, la ciudad vieja, uno de los últimos bastiones de ese Shanghái que devoran las excavadoras, guiadas por el inmisericorde ideograma chai (derribo) que los poderosos magnates inmobiliarios pintan en rojo sobre las paredes de las antiguas construcciones.

Su historia, y la vida de barrio que crece alrededor, se perderán para dejar paso a la jungla vertical de hormigón, acero y vidrio que se ha apoderado ya de toda China. Pero todavía es posible degustar el pasado de la megalópolis, y merece la pena hacerlo con la calma con la que beben té los abuelos que escudriñan el discurrir de la vida a la entrada de sus shikumen. Esta existencia en horizontal, último bastión del siglo XX en la capital económica de la segunda potencia mundial, contrasta con la gigantesca silueta de los rascacielos que se adivinan en el cielo tras la gruesa capa de polución. Al otro lado del río Pu, en el centro financiero de Lujiazui, representan la antítesis de Nanshi y el objetivo vital del país más poblado del planeta.

Pero no hace falta cruzar la arteria que parte Shanghái en dos para darse de bruces con la cruda realidad de una ciudad que parece modelada a golpe de refranero chino: “Lo viejo tiene que desaparecer para dejar paso a lo nuevo”. Cerca de Nanshi están los afamados jardines de Yuyuan y el complejo de Chenghuangmiao. Los primeros retienen todavía parte de su encanto imperial -aunque resulta difícil disfrutarlo con una marabunta de turistas vociferantes dando codazos-, pero el segundo es un buen ejemplo de lo que China hace con su pasado: convertirlo en un parque temático lleno de establecimientos comerciales.

La mayoría de los edificios han sido derribados para volver a levantarlos de acuerdo con las necesidades actuales. Las casas de té han sido arrinconadas por los Starbucks, los tradicionales puestos de pinchos morunos se han convertido en McDonald’s y las pequeñas tiendas de antigüedades son gigantescos escaparates de baratijas al por mayor que deleitan a los viajeros que desembarcan con prisa de los autobuses turísticos. Por eso, los habitantes locales de Nanshi huyen de aquí como de la peste. Pero a nadie le importa lo que puedan decir un puñado de viejos nostálgicos a los que se expropiará pronto. Porque en China todo vale para hacer dinero.

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