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El Caribe ‘low cost’

Ruta por la costa norte de Colombia durmiendo en hamacas por 8 euros la noche

Mural en Cartagena de Indias.
Mural en Cartagena de Indias.

Para muchos, el Caribe es sinónimo de playas de arena blanca, cócteles exóticos y complejos hoteleros de lujo con todo incluido. Pero existe una realidad mucho más económica repleta de naturaleza exuberante, de intensos colores y aromas y de gente acogedora que vive al son de una existencia descomplicada. Este es el otro Caribe que Colombia ofrece, lejos del glamour pero tan lleno de vida que atrapa al menor descuido.

Empezamos nuestra ruta en Santa Marta, uno de los principales destinos turísticos del país. Allí, junto al mercado de la calle 11 con carrera 11, sale un autobús al Parque Nacional Tayrona (5.000 pesos; 2 euros), a 34 kilómetros. Los densos manglares, el litoral rocoso y las playas de arena blanca de esta joya natural, en las estribaciones de la Sierra Nevada, ofrecen un marco ideal para practicar senderismo, disfrutar de su riquísima fauna y flora, relajarse en una hamaca o conocer la historia de los pueblos indígenas. La entrada al parque cuesta 35.000 pesos (13 euros) y hay que coger otro autobús (2.000 pesos; unos 75 céntimos de euro) que nos llevará al aparcamiento donde empieza la verdadera aventura. Aunque se pueden alquilar caballos, lo fácil y relajado de la ruta, bordeando la costa, hace que la caminata sea mucho más aconsejable para familiarizarse con el entorno.

Existen varias posibilidades de alojamiento, según pasamos por las diversas playas. En la zona de Arrecifes (¡Ojo! La playa es preciosa, pero no apta para el baño por el fuerte oleaje) podemos elegir desde los cómodos –pero caros– Ecohabs (desde 242 euros la cabaña pequeña) hasta hamacas que, como en el resto del parque, cuestan tan solo 20.000 pesos por noche (8 euros). A continuación, pasaremos por las playas de La Piscina y, finalmente, la de Cabo de San Juan de Guía, donde podemos descansar dos o tres días rodeados de palmeras, dormir en un mirador a pocos metros del mar (hamacas, 20.000 pesos; cabañas, 100.000 pesos -38 euros), visitar las ruinas del Pueblito indígena (provistos de calzado cómodo, mucha energía y agua, pues tardaremos al menos tres horas en subir y bajar) e incluso disfrutar de una playa nudista.

Desde aquí cogeremos un bote hasta Taganga (40.000 pesos; 15 euros), un pequeño pueblo de pescadores ideal para hacer submarinismo (se pueden hacer inmersiones por 150.000 pesos, 56 euros) o un minicurso de buceo desde 210.000 pesos (82 euros). El alojamiento es abundante y no nos faltarán las ofertas desde el momento en que pisemos tierra firme. Por la noche, nada mejor que una copa frente al mar en el pub Sensation (calle 14, #1 04), antes de descansar y continuar camino hasta Minca (en taxi, 40.000 pesos, 16 euros; hay que llevar efectivo), un auténtico paraíso en la Sierra Nevada, la montaña costera más alta del mundo. Con apenas 500 habitantes, la riqueza natural que rodea este pequeño poblado compensa con creces la ausencia de infraestructuras.

Minca es uno de los mejores sitios para desconectar. Y parte de culpa la tiene Oscar’s Place (desde 20.000 pesos por noche, tiene hamacas, literas y dormitorios privados; lafortuna54@gmail.com), un mágico y ecológico refugio que se asoma al corazón del bosque tropical y ofrece unos atardeceres de ensueño frente a la bahía de Santa Marta. Aquí hay muchas opciones y todas recomendables: senderismo, observación de aves, rutas en bicicleta o visitar el Pozo Azul, la Cascada Perdida o la plantación de café La Victoria (una mototaxi cuesta 6.000 pesos por cada recorrido; unos 2 euros). Para comer, visita obligada es el Bururake, parrilla-fusión de Sergio Torres con una buena carta de combinados en el camino al río.

La siguiente etapa de nuestro viaje será Santa Marta, capital del departamento de Magdalena, donde llegaremos subidos a uno de los colectivos (coche compartido) que se pueden encontrar por 7.000 pesos (unos 2, 50 euros) junto al puente de Minca. Fundada en 1525 por el conquistador español Rodrigo de Bastidas, es la ciudad más antigua de Colombia. Allí merece la pena visitar la catedral (de 1765, fue la primera basílica construida en Latinoamérica) y la Quinta de San Pedro Alejandrino, donde el Libertador Simón Bolívar pasó sus últimos días antes de morir, el 17 de diciembre de 1830. No hay que dejar de fijarse en la estatua del Bolívar de las tres caras: según el ángulo desde el que se mire muestra a un militar desafiante, responsable o cansado.

La playa de Rodadero, aunque a veces no muy bien mantenida, es el mayor punto turístico de la ciudad, con numerosos restaurantes y un ambiente muy animado hasta bien entrada la noche. En uno de sus extremos los jóvenes se lanzan al agua del canal desde un puente para recoger las monedas que les tiran los turistas. Una buena opción es alojarnos en La Casa del Ritmo (desde 20.000 pesos la noche) y desplazarnos al centro en transporte público (los autobuses cuestan solo 1.500 pesos, un euro). En el casco antiguo, otra zona de gran ambiente nocturno es la plaza de los Novios.

Llega la hora de poner el broche final a nuestra ruta. De camino a Cartagena de Indias haremos una breve parada en Barranquilla, donde visitaremos el Museo del Caribe (calle 36, #46-66, cerrado los lunes) y el templo de la salsa: La Troja, en la intersección de la calle 74 con la carrera 74. Patrimonio cultural y musical de la ciudad, célebre por su carnaval, sería imperdonable pasarlo de largo.

Cartagena de Indias enamora desde sus murallas y continúa atrapando al pasear por las calles de su centro histórico, con sus carruajes, sus tiendas y su gente. La mejor manera de comenzar es un recorrido en bici (se pueden alquilar por 4.000 pesos -1,50 euros- la hora en la calle de la Media Luna). Frente al recinto amurallado, la inconfundible silueta del castillo de San Felipe de Barajas (1536-1657) reclama el privilegio histórico que le otorga ser una de las mayores fortalezas militares construidas por los españoles durante la época colonial (entrada, 17.000 pesos, 6 euros; 27.000, 10 euros, con audioguía). Hostales como el Mamallena o el Marlin, en el barrio de Getsemaní, o El Viajero, en la ciudad antigua, ofrecen opciones baratas de alojamiento para disfrutar de los paseos por las calles cartageneras, de una cerveza fría frente a la iglesia de San Pedro Claver o de una despedida en sus murallas frente al mar.

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