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La playa de los contrastes en Tel Aviv

Una valla separa el arenal Hilton donde acude la comunidad gay de la zona de baño de religiosos ultraortodoxos

Bañistas toman el sol en la playa Hilton. Ampliar foto
Bañistas toman el sol en la playa Hilton.

Playa de arena blanca con 30 grados a la sombra, chiringuito estilo ibicenco con generosas cervezas y bañistas gais tomando el sol. Hasta aquí una estampa veraniega de pinceladas cotidianas en varias de las riberas del Mediterráneo español. Pero si a 200 metros de esta imagen varias mujeres chapotean dentro del agua, vestidas con camisetas de algodón y manga larga, faldas a la altura de los tobillos y pelucas (que por naturales no lo parecen), es lógico que los trazos del cuadro imaginario del lector se desdibujen hasta convertirse en una maraña abstracta.

Y, sin embargo, esta escena difícil de evocar existe. La encontramos al norte de Tel Aviv (Israel), en la conocida como playa Hilton, muy cerca del hotel que le presta el nombre, en una ciudad plagada de contrastes. La urbe con la noche gay más desbordante de Oriente Próximo, pero también la que alberga a uno de los barrios de religiosos ultraortodoxos más tradicionalistas y arcaicos de Israel, con universos propios del siglo XVII.

Enclaves cerrados donde desde la infancia se induce a las mujeres a vestir de forma "modesta" –cumpliendo así los dictados más estrictos de la 'halajá' o la ley judía– o a cubrirse el pelo, visto como una "tentación" para los hombres de acuerdo al judaísmo más conservador. Féminas que, una vez casadas, acostumbran a recogerse su tentador atributo con pañuelos –comunes entre las judías sefardíes– o con mallas negras y hasta pelucas, en el caso de las judías de origen askenazí o centroeuropeo.

Atuendos corrientes en su comunidad y de los que muchas tampoco saben prescindir cuando van a la playa para religiosos de Hof Hadatiyim, aun cuando sólo ellas, sin hombres, pueden acceder los tres días de la semana que se les reserva. Para ellos, por separado, establecen otros tres, mientras que el sábado, el día festivo para los judíos, la playa abre al público en general. Una opción interesante para quienes gusten de darse un baño en festivo, indiferentes a las aglomeraciones, por cuanto que el resto de playas de la ciudad, una docena distribuidas a lo largo de sus 14 kilómetros de costa, suelen estar abarrotadas.

Esta playa es un espacio tranquilo cerrado en su flanco izquierdo hace menos de dos años por una valla que separa su orilla, a modo de pantalla infranqueable de ojos indiscretos, de la de Hilton. Además, en el tramo que separa una de otra, los únicos sospechosos habituales son los perros, que acostumbran a disfrutar dentro y fuera del agua con sus amos, en un entorno raramente habilitado para ellos (Hof Haclavim, 'playa de los perros', en hebreo) en cualquier otra playa del mundo.

Diversidad y coexistencia en 300 metros de arena que nunca dejan apático al viajero que decide adentrarse en el variado universo de Tel Aviv, capital colocada en la lista de las diez mejores de 2011, según la guía Lonely Planet. “…El hedonismo es la religión que une a sus habitantes. Hay más bares que sinagogas, Dios es un DJ y todo el mundo está en el templo”, se leía en la descripción que esta publicación hacía de la ciudad más liberal de Oriente Próximo.

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