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Fuera de ruta

En la marea de turbantes

Harmandir Sahib, el imponente templo sagrado de los sijs al norte de la India

Peregrinos en el templo dorado de Harmandir Sahib, en la ciudad india de Amritsar. Ampliar foto
Peregrinos en el templo dorado de Harmandir Sahib, en la ciudad india de Amritsar.

Los católicos tienen El Vaticano, los musulmanes, La Meca. Y los sijs, Amritsar. Cada año acuden por decenas de miles a esta ciudad del Punjab indio (recibe más visitantes que el Taj Mahal de Agra) para postrarse ante el más sacrosanto de sus gurdwaras, como llaman a sus lugares de culto: el Harmandir Sahib, es decir, el templo de Dios, más conocido mundialmente como Templo Dorado.

Es objeto de fervor para los 23 millones de adeptos de esta religión monoteísta que combina elementos del hinduismo y del islamismo. Aunque el lugar justifica por sí solo el viaje de 480 kilómetros desde Delhi: basta de sobra para redimir a ojos del visitante esta ciudad de 1,1 millones de habitantes, a primera vista más bien cochambrosa. Al llegar a Amritsar, por tanto, mejor tomar sin más dilación un rickshaw para adentrarnos por el polvoriento casco viejo y aproximarnos, en medio de un flujo intenso de peregrinos y de un oleaje de turbantes, al santo lugar.

Antes de entrar, primero hay que dejar fuera los zapatos, limpiarse los pies en un pequeño estanque y cubrirse (hombres y mujeres) la cabeza con un pañuelo. Ya está uno listo para mezclarse con la muchedumbre y franquear, apretujado, una de las puertas que dan al recinto. Son cuatro, una por cada punto cardinal: simbolizan la universalidad del lugar, que pretende ser, como el sijismo mismo, abierto a todos y desde cualquier procedencia: a todas las razas, creencias o clases sociales.

Monumento a los indios muertos en la masacre británica de 1919 de Jallianwala Bagh. ampliar foto
Monumento a los indios muertos en la masacre británica de 1919 de Jallianwala Bagh.

Al irrumpir en el gran recinto, totalmente a cielo abierto, la sensación es impactante: con su parte superior cubierta por placas de oro y su base de mármol blanco impoluto, el templo central brilla al sol, islita resplandeciente en medio de un gran estanque, la Piscina del Néctar (amrit, en sánscrito, que dio su nombre a la ciudad). En torno al agua, miles de peregrinos, ellos con los turbantes, ellas con el sari, deambulan (en el sentido de las agujas del reloj) por un ancho camino de circunvalación también de mármol. Se viene en familia, pero la atmósfera casi mística no impide a los niños corretear y gesticular, mientras los padres cogen el móvil para sacarse la foto. Retratarse con uno de los (poquísimos) visitantes extranjeros está muy de moda: los sijs son muy cordiales con el que viene de lejos para visitar su lugar más venerado.

Muchedumbre permanente

Algunos hombres se bañan en las aguas sagradas del estanque. Los hay que rezan sentados, los ojos cerrados, otros dormitan, otros se quedan postrados inmóviles ante el templo central, al que lleva un gran puente sobre el estanque, atestado de una muchedumbre permanente. Cuesta horas de cola alcanzar el edificio central, donde un sacerdote bendice a los fieles y reza leyendo el texto más sagrado de los sijs: el Gurú Granth Sahib, con las 1.470 páginas de enseñanzas sagradas de 10 gurús.

En los muretes en torno a la circunvalación abundan las inscripciones: en punjabi, en hindi, en inglés. Incluyen la lista exhaustiva de los sijs fallecidos en distintos conflictos: es decir, una lista interminable de Singhs, el segundo apellido que llevan todos los fieles de esta religión y que significa León. Múltiples textos relatan los hitos de la historia de esta religión que fundó a finales del siglo XV el gurú Nanak Dev. La región estaba entonces asolada por sangrientas riñas entre hinduistas y musulmanes: Nanak Dev proclamó que venerar a Dios tenía que ser fuente de entendimiento y no de cizaña entre creyentes. El sijismo nació así como un intento de sincretismo selectivo entre las dos religiones dominantes: del hinduismo rechazó el sistema de castas, y del islamismo, el sectarismo.

En la marea de turbantes

Por más que haya nacido como símbolo de acercamiento, el Templo Dorado, codiciado tanto por mogoles como por afganos, ha tenido a lo largo de los siglos una historia conflictiva, incluso en tiempos recientes. En 1984, Indira Gandhi ordenó la operación Blue Star: el asalto al templo en el que se había atrincherado un grupo de separatistas partidarios de un Estado sij independiente, el Khalistán. Hubo más de 500 muertos, y la primera ministra acabó asesinada por unos guardaespaldas sijs.

Ciudad sagrada, Amritsar tiene también recuerdos dolorosos. Y ninguno lo es tanto como la masacre de 1919, uno de los episodios más infames de la colonización británica. Tuvo lugar apenas a unos centenares de metros del Templo Dorado, en los jardines del Jallianwala Bagh. El anticolonialismo indio estaba entonces en auge y Londres quería darle un escarmiento. El 13 de abril se concentraron en los jardines, un recinto casi cerrado del que solo se puede salir por unos pequeños callejones, varios miles de manifestantes desarmados. A las órdenes del coronel Dyer, las tropas inglesas cercaron el lugar y dispararon sin parar durante 10 minutos, primero sobre los concentrados y después sobre los que intentaban huir por las estrechas salidas. El Gobierno británico reconoció 379 muertos. Tras la independencia, el Congreso indio elevó la cifra a más de un millar. La masacre fue el verdadero detonante de la lucha anticolonial. Hoy, los jardines recuerdan de manera sobria los hechos: una llama eterna, unos restos de los viejos muros donde se ven todavía impactos de balas. Una gran estela marrón de forma oblonga conmemora a las víctimas, y las familias se sacan al lado la foto con el móvil. Una galería exhibe pinturas de estilo naif que describen los hechos, también relatados en punjabi e inglés.

La diosa hinduista Durga

Tras este recuerdo del horror, ¿por qué no acabar la visita a Amritsar como se empezó?: con una visita a un Templo Dorado. A otro Templo Dorado: un santuario en medio de un bonito estanque, con la parte superior cubierta de placas de oro y la parte inferior de mármol blanco, una circunvalación también de mármol: podría ser una réplica, eso sí, en tamaño más reducido, del lugar sagrado de los sijs… si no fuera un templo de otra creencia. Y es que, situado al fondo de un estrecho callejón que bulle de ruidos y olores, y donde las tiendas de imágenes santas coexisten con las de golosinas, el templo Durghiana, del siglo XVI, está dedicado a la diosa hinduista Durga. En el interior, unos músicos tocan suavemente mientras un sacerdote coloca collares de flores a los fieles. Y uno tiene la sensación de encontrarse aquí frente a un apacible contrapunto (¿o un homenaje implícito?) de los hinduistas a este Templo Dorado de los sijs que hace de Amritsar uno de los sitios religiosos más impactantes de la India.

Guía

Cómo llegar

» Amritsar se encuentra a unas ocho horas en coche al norte de Nueva Dheli. También se puede llegar en tren (www.indianrail.gov.in) y autobús. La ciudad cuenta además con un aeropuerto: el Sri Guru Ram Das Jee International Airport.

Información

» Oficina de turismo de Amritsar.

» www.sgpc.net.

» www.punjabtourism.gov.in.

» Turismo de India.

 

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