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RUTA DE LOS EXPLORADORES OLVIDADOS / 14

Nadie pita en Kuala Lumpur

Desde el sur de Tailandia, donde el caucho es como el oro, a la ‘tranquila’ capital de Malasia, la urbe de los grandes rascacielos donde no se usa el claxon

Las Torres Petronas divisadas desde Jalan Raja Laut, en Kuala Lumpur, Malaisia. Ampliar foto
Las Torres Petronas divisadas desde Jalan Raja Laut, en Kuala Lumpur, Malaisia.

Sadao es un poblachón fronterizo entre Tailandia y Malasia, en una zona completamente dedicada al monocultivo del caucho, ese oro blanco con el que se fabrica el látex y que motivó la invasión japonesa durante la Segunda Guerra Mundial, único periodo de la Historia en que el país de los hombres libres ha estado sometido a un poder extranjero. A diferencia del resto de vecinos, Tailandia nunca ha sido colonizada. Una excepcionalidad que comparte con Etiopía, único país africano que ha sido siempre libre.

Proceso de 'sangrado' para la obtención de caucho en Sedao, al sur de Tailandia. ampliar foto
Proceso de 'sangrado' para la obtención de caucho en Sedao, al sur de Tailandia.

Sobre el horizonte se han empezado a acumular nubarrones espesos y oscuros. Es una tónica general en Asia, que solo tiene dos estaciones: tórrido verano y monzones. Y en verano, la lluvia es omnipresente y ataca con repentina ira en cualquier momento. Al llegar a la población comienza a llover. Primero son unas tímidas gotas, pero inmediatamente cae un chaparrón torrencial que me pilla cruzando la puerta de un hotel llamado Perfect Place. El nombre resulta providencial, teniendo en cuenta que si llego a esperar cinco minutos a encontrar otro lugar mejor estaría completamente empapado.

Como todas las ciudades fronterizas, Sadao vive del comercio de aquello que es más barato a ambos lados de la linde. De Malasia importa gasolina y golfos, porque lo que aquí más se ofrece es alcohol y jóvenes prostitutas tailandesas. En las habitaciones de hotel hay abundantes condones. Y se usan, a juzgar por los rugidos que provienen de la habitación contigua. El látex regresa al lugar que lo vio nacer.

La frontera se pasa con extraordinaria facilidad. En las aduanas de Tailandia recogen mi permiso de importación temporal de la moto sin examinarla y mi pasaporte se sella en dos minutos; cruzo la tierra de nadie. En la caseta de inmigración de Malasia me atiende una amable funcionaria cubierta con velo que sonríe con simpatía y franqueza. Se trata de un país oficialmente musulmán, aunque pronto comprobaré que de costumbres abiertas y relajadas.

Refugios antichaparrones

Paisaje selvático en Sadao, en las inmediaciones de la frontera entre Tailandia y Malasia ampliar foto
Paisaje selvático en Sadao, en las inmediaciones de la frontera entre Tailandia y Malasia

El paisaje es selvático, la temperatura alta, y el horizonte aparece hoy limpio de nubes. La carretera es asombrosa, inmejorable. Menuda autopista. Buenos coches y buenas infraestructuras. También los precios son más altos que en su vecino Tailandia. Salvo la gasolina, que es mucho más barata, unos 80 céntimos el litro. Los peajes son gratis para las dos ruedas. Otra cosa también llama la atención: refugios techados para las motos en caso de chaparrón, situados cada pocos kilómetros. Original idea y muy útil en una nación con muchas motocicletas de baja cilindrada y sometida a repentinas lluvias torrenciales.

Al atardecer aparezco en un resort sobre las montañas a 30 kilómetros de Kuala Lumpur. Es lo que se conoce como Highlands; un lugar para ricos y famosos donde proliferan los hoteles de lujo y los casinos. Aquí se reúne hoy el Club BMW Motorrad de Malasia. Ezequiel, un seguidor de Facebook, me ha puesto en contacto con Kevin, uno de sus miembros.

Voy con Kevin hasta KL, como llaman coloquialmente a la capital. Me ha invitado a dormir en su casa, pero antes pasaremos por su pub favorito. El Backyard. No está en el centro de la ciudad, pero hay un ambientazo fabuloso. Una sala con mesas de snooker (billar) da paso a una barra y un escenario. Hay gente pero sin apreturas. La densidad perfecta que tan rara y difícil de obtener es a veces. Una buena banda de rock toca en directo. Hay de todo; prostitutas, parejas, occidentales. Un sueco se acerca a preguntarme por la moto. Ha visto la matrícula y está admirado. Me dice que en este local cada noche pasa algo diferente. Probablemente, eso es lo mejor que se puede decir de un sitio así.

Sin cláxones en Kuala Lumpur

Entrada a las cuevas de Batu, en Kuala Lumpur, Malasia. ampliar foto
Entrada a las cuevas de Batu, en Kuala Lumpur, Malasia.

Kuala Lumpur es una ciudad sorprendente. Urbe enorme, interconectada por decenas de autopistas, con una población mixta, mestiza y bien avenida. El dinero brota, circula, se desparrama y distribuye. Se nota en el crecimiento urbanístico, en la altura de las torres Petronas, símbolos del progreso nacional, en las tiendas, los restaurantes, los coches… Kuala Lumpur es como Nueva York pero su gente parece estar más relajada. Siempre con tiempo para tomar una copa, para comer un plato de comida callejera a cualquier hora del día, o de la noche. Hay otra agradable constante. El silencio. Las bocinas de los coches, camiones o taxis parecen estar de adorno. Nadie pita en Kuala Lumpur y eso es un gran alivio para quien ha conocido India.

Kevin me lleva a la casa de huéspedes cerca del centro. Al lado está el restaurante de fideos con ternera más célebre y antiguo de la ciudad. No es más que un chamizo de cañas, pero siempre está a tope. Piden unos 20 euros por una habitación sin baño. La clientela es internacional. Un joven italiano de Toscana me cuenta que ha vivido en Australia varios años y ha conseguido el pasaporte australiano. Según él, eso lo convierte en un ser privilegiado. Asegura haber ganado mucho dinero. Según él en ese país se vive de lujo, se pagan buenos sueldos y no hay graves problemas.

Llevo aquí ya una semana. En Kuala Lumpur es tan fácil quedarse como difícil irse. Cada mañana salgo y cruzo hasta la otra acera. Hay un restaurante indio que nunca cierra. Es barato y en una gran pantalla emite los partidos de fútbol de las ligas europeas. Esa combinación le supone un éxito fenomenal a horas intempestivas. Por la mañana suele estar tranquilo y en su terraza cubierta los que se despiertan ahora y los que llegan de marcha piden rotis, una especie de crêpe india, café y zumos naturales.

En mi calle hay decenas de puestos de comida. La fruta fresca es deliciosa y barata. Sandía, piña y mango. La entregan cortada y pelada en bolsitas de plástico. El plástico que todo lo está cubriendo de basura. De vez en cuando también bebo zumo de caña de azúcar o agua de coco. El dulce brebaje lo vende una señora mayor que tiene su humilde paradita frente al hostel. Sus piernas están deformadas de tantas horas como pasa de pie. A pesar de ello, sonríe con franqueza cada vez que me ve.

Guía

Documentación

Personal: pasaporte con seis meses de vigencia. No haca falta visado.

Para la moto: carné du passages expedido por el RACE.

Dormir

Tropical Guesthouse (2, Tengkat Tong Shin, 50200 Kuala Lumpur).

Comer y beber

Pub Backyard (Jalan Sri Hartamas 8, 50480 Kuala Lumpur). Música en directo.

Miquel Silvestre (Twitter: @miquelsilvestre) es autor del libro de viajes en moto Europa Lowcost sin dejar de trabajar (Editorial Comanegra) y del blog La ruta de los exploradores olvidados.

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