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VIAJEROS URBANOS

São Paulo también sabe ‘sambar’

Dos sitios imprescindibles que demuestran que en esta ciudad también se baila buena samba

El Ò de Borogodó, un sábado, de día.
El Ò de Borogodó, un sábado, de día.

Borracho o no, el popular cantante carioca Vinicius de Moraes dijo en los 50 que São Paulo era la tumba de la samba. La ocurrencia le costó a la ciudad una fama pesada, aunque luego dirían que el compositor solo se refería al panorama nocturno de la metrópoli –tacaño, blanco y limitado– y no a su calidad musical. También hay quien defendió que los poetas no se equivocan y que son los demás los que no los saben interpretar, por lo que cuando Vinicius decía “túmulo” no quería decir tumba, sino monumento.

En São Paulo, lo siento, no ocurre como en Río de Janeiro, que hasta en el Jardín Botánico, entre los susurros de ramas centenarias, se cuela la batucada de la samba. Pero la capital económica, ruidosa hasta decir basta, cultiva un rico y respetado escenario musical, un homenaje a la samba paulista de origen rural, que comparte los moldes de la samba carioca de los 60. En São Paulo, además, se samba de lunes a domingo.

Hay dos lugares imprescindibles en los que sudar, literalmente, samba. Se trata de una recomendación personal, pero varios sambistas paulistas, incluido Emerson Urso, coinciden con la elección. El Ò de Borogodó (Rua Horácio Lane, 21), en la frontera entre el barrio de Pinheiros y Vila Madalena y el Pau Brasil (Rua Inácio Pereira da Rocha, 54), una puerta de madera junto a una gasolinera a pocos pasos de allí.

El Ó –para los amigos– reparte la semana entre sus grupos habituales. Doña Inah, una pequeña septuagenaria que da voz a los miércoles, es de las favoritas. Samba, el percusionista de dos metros al que la pequeña Doña Inah considera su hijo, pone el ritmo a los jueves. Su grupo, que acabó por adoptar el nombre del local para lanzarse a la carrera musical, es parte del escenario sambista de la ciudad.

El Ó de Borogodó ofrece también plan para los diurnos. Los sábados la batucada puede acompañarse de una feijoada (plato nacional a base de frijoles) desde la hora del almuerzo hasta el final de la tarde.

El ambiente siempre es amable, es el lugar ideal para ensayar los primeros pasos y, para bien y para mal, los extranjeros –los gringos– lo han descubierto. Aunque esto lo ha hecho más popular y, consecuentemente, más incómodo, la mezcla da un toque exótico a la barra, introduce nuevos peinados y tonos de piel y camufla a los que no saben bailar.

El Pau Brasil carece de cualquier indicativo que lleve adivinar lo que hay detrás de esa pared color mostaza. Solo es una puerta que, al abrirse, invita a una velada de samba codo con codo con los músicos. Es un lugar pequeño, quizá demasiado, pero transmite bien el espíritu de la samba. Lo frecuentan todo tipo de personajes, desde los maestros del baile de clase más bien baja a los pijos que aprendieron a usar la samba para desahogarse de su frenética vida paulistana.

Eu vou mostrar, eu vou mostrar / que o povo paulista também sabe sambar / Somos paulistas e sambamos pra cachorro / Pra ser sambista não precisa ser do morro.

Te voy a enseñar, te voy a enseñar / que el pueblo paulista también sabe 'sambar'/ Somos paulistas y 'sambamos' un montón/ Para ser sambista no hay que ser del morro (del monte, donde se establecieron las 'favelas')

(Geraldo Filme, compositor y cantante brasileño, a los diez años).

Además de estos locales, Emerson Urso recomienda otros lugares y movimientos culturales creados para preservar la esencia de lo que llaman “samba de raíz”, “donde se conserva y se exalta a los grandes maestros de la samba y donde se componen nuevas canciones que siguen la línea tradicional”.

Algunos traspasan los límites de la ciudad, pero con tiempo y compañía local merece la pena, por lo menos, interesarse por ellos. Entre los más conocidos destacan Pagode da 27, Terreiro de compositores y Samba da Tenda.

Por último, y a riesgo de que algún carioca desdeñe la recomendación, hay que recordar que São Paulo también tiene carnaval. Los ensayos en las escuelas de samba acaban de comenzar y hasta febrero es un buen lugar para ver lo que hay tras los bastidores de la fiesta más internacional de Brasil. Una de las más conocidas es Rosas de Ouro.

Las escuelas de samba recuerdan a grandes y viejas discotecas de pueblo, con barras patrocinadas por marcas de refresco. No son gran cosa como espacio, pero se juntan cientos de personas para acompañar el desfile y para demostrarnos que la samba no se aprende, se lleva en la sangre.

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