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VIAJEROS URBANOS

Destino al paraíso: Puerto Galera

Este lugar de playas blancas y selvas en Filipinas es perfecto para bucear o realizar senderismo

Aquí se junta el azul turquesa del mar con el verde de la selva. Ampliar foto
Aquí se junta el azul turquesa del mar con el verde de la selva.

Puerto Galera, situado en la isla de Mindoro (bautizada inicialmente Mina de Oro por los españoles en el siglo XVI y conocida también como isla Paraíso), está a tan solo tres horas de Manila. Pese a la belleza del lugar y su proximidad a la gran Manila, es todavía un lugar tranquilo y no demasiado azotado por el turismo masivo. Durante la conquista española, ejerció de atracadero para numerosos galeones que en su comercio con México buscaban refugiarse de tormentas y tifones en su puerto. Nada más desembarcar en la localidad de Muelle se puede contemplar una cruz conmemorativa del hundimiento de un galeón español, naufragado a la entrada de la bahía debido a una gran tormenta en 1879. En su placa esta grabado: “Última tierra que pisaron los tripulantes del Cañonero Mariveles”. Aquí, en Puerto Galera, uno puede alojarse en White Beach, una impresionante playa donde lo mejor son las puestas de sol.

Una vez establecido allí el campamento base lo mejor es recorrer las diferentes partes de la isla en motocicleta y huir así de las hordas de vendedores ambulantes. A tan solo cinco minutos de esta popular playa se esconden interminables y solitarios arenales de aguas tan limpias que permiten divisar los arrecifes de coral. Por supuesto, una de las principales atracciones aquí es la práctica del buceo: uno puede sumergirse entre corales, barcos hundidos e incluso un avión de guerra japonés derribado en la Segunda Guerra Mundial.

Pero si sublime e hipnótico resulta el azul turquesa del mar, el verde que lo rodea todo no lo es menos. Son muchas las travesías para realizar senderismo. La ascensión a las vecinas montañas de Malasimbo y Ponderosa empieza en el mismo pie de playa y es una excelente ruta para los amantes de la naturaleza. El camino permite adentrarse en la más profunda selva tropical, hasta superar los 1.150 metros de altitud.

En las montañas se encuentran los Mangyan, que intercambiarán miradas y sonrisas con el visitante. Esta tribu indígena fue la primera en establecerse en la isla y ha sido perseguida y obligada a permanecer en los interiores de las montañas por los diferentes pueblos invasores: musulmanes, españoles y norteamericanos. Es recomendable llevar mucha agua, pero si escasea un mangyan nos cortará e invitará a probar un sabrosísimo coco. En las colinas se pueden encontrar decenas de casas y escuelas, repletas de adultos y niños indígenas que, aunque desconcertados a veces al principio, se muestran deseosos de conocer al viajero.

Encarando la carretera en dirección sur uno puede recorrer muchos kilómetros más serpenteando por la costa, un trayecto en el que casi cada curva se convierte en un mirador al paraíso.

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