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VIAJEROS URBANOS

Un tren mallorquín para viajar en el tiempo

Este ferrocarril une desde hace cien años Palma de Mallorca con la localidad de Sóller

En su interior todavía persiste el aroma de principios del siglo XX.
En su interior todavía persiste el aroma de principios del siglo XX.

Una de las experiencias sobre ruedas más singulares que se pueden realizar en la sierra mallorquina de Tramuntana consiste en atravesarla a bordo de un tren de época. El Tren de Sóller une dicha localidad con la capital mallorquina desde 1912.

La estación de Palma se encuentra en una de las esquinas de la plaza de España. La forja modernista apuntala la entrada a modo de puerta estelar. El tren con sus vagones de lustrosa madera barnizada aguarda paciente su momento. En su interior todavía persiste el aroma de principios del siglo XX. Los asientos de piel, las lámparas de época o las pequeñas litografías colgadas en las paredes revestidas de madera hacen de este trayecto un verdadero viaje en el tiempo. Los sonidos, los olores, los sabores pertenecen a otra época y no es difícil imaginarse a esos primeros viajeros que disfrutaban de las ventajas de la revolución industrial.

El traqueteo del tren con su inconfundible sonido impone su ritmo al viajero, que puede salir de los vagones y disfrutar del aire fresco de la sierra, gritar fuerte en algunos de los muchos túneles que la atraviesan o acariciar con la punta de los dedos algunos de los cientos de naranjos que nos dan la bienvenida al llegar a Sóller.

El tren comenzó a construirse a principios del siglo XX cuando rara vez se escuchaba el motor de los incipientes automóviles. Un grupo de empresarios mallorquines pretendían unir la capital palmesana con Sóller, una próspera localidad del Noroeste de la isla que quedaba aislada durante los meses de invierno debido a las nevadas que cerraban la carretera que atravesaba la Tramuntana. En la época se decía que, debido a esta situación, Sóller estaba más comunicada con Francia vía marítima que con la capital palmesana vía terrestre. A día de hoy la comunidad francesa afincada en Sóller es el testimonio de esta paradójica situación. El reto del ferrocarril consistía en atravesar la barrera natural que supone la Serra de Alfabia, con sus 2,8 kilómetros de ancho, 496 metros de alto y un desnivel de 199 metros. Para ello tuvieron que perforar trece túneles, uno de ellos de 2.900 metros de longitud. Al llegar a Sóller el viaje no ha hecho más que comenzar. Nos espera uno de los pueblos más pintorescos de la isla, plagado de arquitectura modernista y estampas de una belleza inabarcable.

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