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VIAJEROS URBANOS

Cómo pedir un taxi en Shanghái

Un 10% de la flota de este tipo de vehículos en la ciudad china es ilegal

No es nada fácil en Shanghái saber de qué color parar el taxi. Ampliar foto
No es nada fácil en Shanghái saber de qué color parar el taxi.

El de los taxis de Shanghái es un asunto de colores. Los hay azul oscuro y claro, verdes, amarillos, blancos y rojos. Son en su mayoría Volkswagen Santana Vista, y su librea responde a la compañía a la que están adscritos: Dazhong, Bashi, Jinjiang… Todos ellos utilizan taxímetro (14 yuanes de bajada de bandera y 2,4 más por kilómetro a partir del tercero), y, generalmente, el único peligro que uno corre en ellos es dar un rodeo turístico a la megalópolis. En la categoría de los fiables entran también los taxis que se estrenaron durante la Exposición Universal, unos monovolúmenes VW que son los más cómodos y escasos.

Luego están los taxis granates, que también utilizan en su mayoría los insípidos Santana. Pero estos no pertenecen a ninguna empresa. Son los coches autónomos. Tienen licencia, pero muchos de ellos carecen de honestidad. La única regulación real que los rige es la de su conductor. Es mejor evitarlos, pero si llueve y es hora punta merece la pena aventurarse. El rodeo está casi asegurado, y merece la pena prestar atención al ritmo que lleva el taxímetro, no sea que se mueva a cien kilómetros por hora en pleno atasco.

Entre los coches granates entran los de marcas diferentes a Volkswagen, que son siempre sospechosos. Quizá haya alguno legal, pero subirse a uno es buscarse un problema. Más todavía si el luminoso del techo es todavía de la versión antigua, rectangular y sin el pequeño letrero LED que avisa de si está libre -verde-, u ocupado -rojo-. Si ya tienen las lunas tintadas, es casi seguro que se trata de un taxi shanzhai. O sea, una copia tan mala como la de los bolsos Gocci que se pueden comprar en los mercados de falsificaciones.

Las autoridades de Shanghái estiman que existen unos 5.000 taxis ilegales, casi el 10% de todos los que circulan por la capital económica de China. Compran en el mercado negro los distintivos para el coche, y se libran de controles desagradables sobornando a la policía. Son estos vehículos los que concentran la mayoría de quejas por taxímetros trucados y estratagemas mafiosas. Una de las más habituales es acordar un precio por adelantado -que ya es ilegal- y que el taxista pare en el medio de la nada para demandar más dinero. De lo contrario, ya puede bajarse el pasajero y buscarse la vida. No es habitual, pero se han dado casos de robos con violencia, e incluso un par de muertes. Es imprescindible evitarlos, incluso en la lluvia. La mayoría se concentra en los alrededores de los lugares más turísticos, y se caracterizan porque sus conductores están fuera del vehículo dando la brasa para conseguir la atención de algún incauto.

Finalmente están los taxis negros, que no tienen nada que ver con el color del vehículo. Ni siquiera están disfrazados de taxi. Son los vehículos de avispados conductores que saben lo difícil que puede ser conseguir un taxi en Shanghái. Generalmente son seguros, aunque el precio es el doble o el triple de lo que costaría uno oficial. Algunos expatriados en Shanghái hacen uso de ellos, como de los taxi-moto que operan sobre todo en hora punta, pero no son lo más recomendable para los turistas. Porque, parafraseando a Deng Xiaoping, “taxi blanco, taxi negro, lo importante es llegar a destino”.

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