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'GRAND TOUR' MEDITERRÁNEO / 10

Entre el té turco y el café griego

De vuelta a Europa en la etapa despedida del 'Grand Tour' del Mediterráneo descubriendo secretas calas de Turquía y pueblos de Grecia encajonados siglos atrás

Mi Grand Tour del Mediterráneo llega a su final. Eso me entristece. Es tan fácil y delicioso sumergirse en la rutina del viaje en moto, una de las últimas aventuras reales que quedan. El motociclista solitario es heredero del caballero andante, es nómada de corta impedimenta y es, todavía hoy, un verdadero explorador. Se sufre, se goza, se siente miedo y euforia en cada jornada. Tanto visto y vivido durante estos meses. Tanto que ver todavía. Creo que lo que de verdad he aprendido es que el destino real del viajero está siempre en el camino.

Aunque a veces ese camino se acabe en un punto y seguido y no sea posible seguir en moto. Como ocurre en la isla de Kekova, donde hay una vieja ciudad sumergida de los tiempos licios, Simena. La carretera hasta el puerto más cercano ofrece acantilados y secretas calas en las curvas. El mar resplandece de un color turquesa sobrenatural, pero el pueblo no tiene acceso rodado. Un joven se ofrece a llevarme en su barco. Cien liras por dos horas de plácida navegación y almuerzo incluido.

La península de Mármaris es una de esas maravillas que uno debe ver alguna vez en la vida. El descenso hasta el hotel que busco es pronunciado por una carretera secundaria que de pronto se convierte en una pista sin asfaltar durante más de 20 kilómetros. Casi de casualidad, veo un cartel que pone Dionisios. Se ha hecho de noche y no veo bien por dónde voy.

Entonces aparecen. Las luces al fondo del cañón. Es una señal. Me estaban esperando. El lugar es maravilloso, son amables, cálidos, me invitan a unas cervezas antes de ir a la habitación a ducharme. Es como un Sangri-lah. La cena es suprema y el vino muy decente. Al amanecer descubro que las vistas sobre la bahía son tan espectaculares que parecen falsas.

El gran teatro romano de Mileto está casi vacío. Nada que ver con lo que ocurre en Efesos, donde me recibe una multitud, una muchedumbre, una horda. Vendedores de falsificaciones y turistas con bermudas. Millones. Un verdadero circo.

Un 'frappé' en la perezosa Kíos

En Cesme me despido de Turquía embarcando en el ferry diario a la isla griega de Kíos, distante solo ocho kilómetros. Al desembarcar, estoy de nuevo en Europa, aunque este pequeño islote sea más otro mundo en sí mismo que parte de ningún otro. Kíos es famosa por ser productora de lentisco, un vegetal con el que se fabrica una especie de goma de mascar muy popular entre los griegos. La perezosa capital parece vivir alrededor del puerto.

La oficina del agente de turismo en Kíos es un caos ordenado. Los griegos gritan mucho y beben frappé. Un café batido frío en vaso grande y alto. Coronado por un estrato espumoso, la bebida ayuda a matar un tiempo que pasa lento en las islas del Mar Egeo. Kíos es una isla prodigiosa. Tanto que los locales afirman que aquí nació Homero. La parte oriental está muy poblada, alrededor de la capital del mismo nombre se encuentra el aeropuerto, casi de juguete, un sembrado de villas entre los árboles mediterráneos y un tráfico espeso.

Más al sur, cerca de Mesta, la algarabía desaparece y los campos de lentiscos se suceden en una tranquilidad de siglos. Tranquilidad solo aparentemente antigua pues la isla ha sido sacudida varias veces por invasiones y terremotos. La última sangría tuvo lugar en 1821 cuando los turcos sofocaron con 25.000 vidas un intento de independencia. No es de extrañar que los griegos odien a los turcos aunque estén tan cercanos en costumbres, sobre todo culinarias. El café y té griego y turco es idéntico pero con distinto nombre. El gusto por el yogur espeso y el mismo queso. En Chipre, ambas comunidades toman hallumi, un queso a la plancha y en los dos países se bebe una especie de anís con agua, llamado Ouzo o Raki.

Mesta es un pueblo encajonado entre los siglos. Rodeado por una muralla, en su interior se encuentra un laberinto de casas de piedras con los tejados unidos. Hay turistas pero no es un decorado vacío como tantos otros lugares pintorescos. La gente, los viejos, todavía viven aquí. Hay viejos y viejas por todos lados. Y también muchas motos, de toda clase. No es de extrañar, la isla es un lugar perfecto. Curvas y más curvas. Rodearla me lleva todo el día. Montañas peladas al norte, calas ocultas al oeste, y caminos de tierra que llevan al fin del mundo. Es un lugar único para perderse.

El perfecto rostro griego

En Kardamyla hay un hotel pegado al mar. No es el Palace pero es más que digno. Un establecimiento familiar con una gran terraza que da al mar y dos pisos. Los clientes son griegos, hay poco turismo extranjero en una isla que la mayoría de extranjeros toma solo como paso de Turquía al Pireo.

El hotel es un lugar mágico y apacible. Siempre hay gente en la terraza o en el salón y es imposible discernir quién es empleado, cliente, amigo o familiar. Cualquiera de ellos aparece como personaje idóneo para una novela sin final. Griegos de rostros marcados, inolvidables. La mayoría son personas de edad que dejan deslizarse el verano sentados ante las mesas que dan al mar.

El hotel está al norte de la pequeña bahía y desde cualquiera de sus veladores se contemplan sus dos extremos queriendo alcanzarse. En el meridional hay un pequeño molino blanco asomado al mar. La isla está llena de esos molinos chaparros y simpáticos con aspas desnudas de telas. Nadie necesita que giren pero siguen ahí, inmunes a la impaciencia como cualquier otro habitante.

Al día siguiente cogeré el barco que me devuelva al continente. Mi Grand Tour termina y eso debería entristecerme. Sin embargo, no es así. Le estoy sonriendo al gran mar. En esta isla he descubierto una indemostrable leyenda que afirma que aquí nació en realidad Cristóbal Colón. De ser así, creo que nada sucede por casualidad. Si fuera cierto que esta pequeña balsa de piedra en el Mar Egeo, donde termina mi recorrido por el viejo mundo, fue la cuna del navegante que descubrió el nuevo, entonces es que mi destino ya estaba escrito y me espera al otro lado del Atlántico.

Tal vez esta historia del origen griego de Colón sea pura fábula destilada por la ingesta desmedida de ouzo por parte de los isleños, pero si aceptamos como normal que toda la literatura no sea más que una gran y bella mentira, un escritor siempre debería ser libre para elegir los embustes que más convengan a sus historias.

Miquel Silvestre (Denia, 1968) es autor del libro 'Un millón de piedras' (Barataria).

GUÍA

DORMIR

Kardamyla. Hotel Kardamyla. (www.greeksun.co.uk)

TRASLADOS

Ferry de Cesme (Turquía) a Kíos (Grecia). (www.erturk.com.tr)

Ferry de Kíos al puerto del Pireo. (www.ferries.gr)

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