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VAMOS A...

Capitales que no lo son

Desde Nueva York, primera ciudad del mundo y espejo de un planeta, a Estambul, pura esencia de Turquía, grandes metrópolis que lo tienen todo, menos una cosa

Se dice de Nueva York, no sin falta de razón, que es la ciudad donde todo es posible. Algo lógico cuando es considerada, igualmente, como la urbe más importante del planeta, la Gran Manzana donde todo el mundo se ve, de una u otra forma, reflejado. Calles en las que, incluso los aquellos que pasean por ellas por primera vez, se sienten como en casa, o casi. Una ciudad capital (del mundo), que en realidad no lo es, ni de frontera adentro. Recorrido por diez metrópolis de referencia planetaria, pero sin capitalidad.

Niemeyer, samba y 'vitaminas'

A finales de los años 50 Río de Janeiro dejó de ser la capital de Brasil. Una nueva ciudad, creada para la ocasión en el árido centro del país. Brasilia, a golpe de hormigón, acero y trazos de Niemeyer convenció a los escépticos. Capital del nuevo Brasil aspirante a la democracia y de la arquitectura moderna (el presidente Kubitschek encargó todos los edificios oficiales al arquitecto -oh, paradoja- carioca). Mientras los ministerios y embajadas se marcharon al interior, las grandes empresas y multinacionales se decantaron por el sur y Sao Paulo, pura vitamina económica del emergente Brasil. La samba, con dos décadas de claroscuros de por medio, se quedó definitivamente junto a las playas de Río.

» Caderas bamboleantes

» La 'garota' de Brasil

Las cuatro estaciones, en un día

Canberra fue un acuerdo tácito, una ciudad creada por una necesidad (capitalina) y con el beneplácito de las grandes metrópolis australianas, Sidney y Melbourne. A medio camino de ambas, su arquitectura con firma -el proyecto ciudad jardín del americano Walter Burley Griffin fue elegido en 1913 para el diseño de la urbe-, una generosa diversidad de galerías de arte o el omnipresente lago Griffin, confeccionan una propuesta interesante para quienes recorren el país, aunque siempre a la sombra de los grandes destinos urbanos.

Poco puede hacer ante el encanto especial de Sydney y su futurista e imponente ópera -una ciudad que justifica por sí misma cruzarse medio mundo- o las cuatro estaciones diarias de la multicultural Melbourne, que luce elegante su fabulosa mezcla entre lo vitoriano y lo postmoderno.

» 'Pic-nic' entre canguros

» Cuatro días en la vibrante Sidney

Posiblemente, el mejor mexicano del mundo

Su carácter neutral, y fronterizo, la hizo capital a finales del XIX, cuando Ottawa es la cuarta ciudad en importancia del país. Hacia el oeste, ni el ambiente cosmopolita de Vancouver, una urbe-paraíso que lo tiene todo y a un paso -esquí del bueno en invierno, playas para el verano, mucho verde urbano, la ingente cantidad de ocio que se le presupone a una metrópoli-, ni las semejanzas (en lo bueno) que Toronto guarda con Nueva York -una ciudad multiétnica en el Gran Norte, de skyline y casas bajas, barrio chino o uno de los mejores restaurantes mexicanos del mundo-, recibieron capitalidad.

Hacia el Atlántico, la gran y francófona Montreal, ciudad de buena cerveza, indie rock y noche movidas, de fuerte carga histórica en sus céntricos adoquines y puerta al mundo de la autónoma región de Quebec, tampoco fue la elegida. Un par de siglos después, la cosa sigue igual, y Ottawa esgrime su condición (el parlamento y sus ocupantes dieron nombre al equipo de hockey, los Senators) para alentar su tirón turístico: impresionantes vistas en la torre de la Paz, el Museo de la Civilización, con piezas 20.000 años de antigüedad o una de ostras y mejillones en la Metropolitan Brasserie.

» Vancouver, cosmopolita por naturaleza

» El placer de lo multiétnico

» 'Indie' rock en los viejos muelles

Carnaval fuera de temporada y almejas afrodisíacas

Para muchos, probablemente, su nombre recuerda más a la guardia personal del César de Roma, que a la capital administrativa de Suráfrica. Posiblemente también, muchos ubicaron Pretoria en el mapa surafricano gracias al pasado Mundial de fútbol, de tan grato recuerdo patrio. Porque a pesar de ser más segura, tranquila y de generoso catálogo de propuestas para ver y hacer, los viajeros que recorren Suráfrica se deciden habitualmente por Ciudad del Cabo y Johannesburgo.

No es para menos. Tienen mucho que ofrecer. En Newtown, una de las zonas más vivas de Joburg, el Gramadoelas, único bar que permitió la entrada de negros cuando Suráfrica estaba partida en dos, sigue abierto y funcionando. Mientras, Ciudad de Cabo se prepara ya para su particular y veraniego carnaval de año nuevo, un jolgorio en toda regla de música mestiza y muchas lentejuelas. Si no coincide la fecha, otra apuesta curiosa: conducir hasta Pater Noster, pueblito medio hippy donde atreverse con la sopa de abalone, una especie de almeja gigante apreciadísima en Oriente debido a supuestas (e insuperables) cualidades afrodisiacas.

» "En nuestro restaurante sí podían entrar los negros"

» Abalone, la almeja afrodisiaca

Una ciudad en las nubes

Sucre tiene la historia de su parte para justificarse como capital oficial (que no política) de Bolivia: se ha definido en alguna ocasión como la ciudad con más piedra noble por metro cuadrado del país. De ascendencia Inca, mudó hasta cuatro veces de nombre pero mantuvo siempre ese carácter tranquilo de ciudad pequeña y soleada.

Hacia el norte y hacia arriba, La Paz roza el cielo como versión opuesta, agitada y mastodóntica, y capital política de la nación. Sus plazas se acercan a los 4.000 metros de altitud y albergan tan dispar mezcolanza entre su paisanaje, que el concepto ciudad se le queda pequeño: se asemeja más a un microcosmos de actualidad algo convulsa, debido al fuerte empuje indígena (en todos los sentidos) que vive en los últimos años este país andino al sur del Titicaca.

» Bailes para la Pachamama

» Desfile apasionante en el gran teatro urbano

En tierra de 'hobbits'

Gracias al imaginario mundo de J. R. R. Tolkien, que con excelente solvencia llevó a la gran pantalla Peter Jackson, Wellington ya es algo más (para los viajeros) que la capital de Nueva Zelanda. Bueno, para ser exactos, lo son sus alrededores, donde los guías turísticos locales se dedican a localizar los escenarios elegidos por el director para algunas de las escenas de la trilogía, y que jamás desveló.

Pero el destino urbano por excelencia es Auckland, la principal ciudad (y aeropuerto) del país, abierta al Pacífico en una elegante bahía salpicada de veleros blancos; digna de contemplar, y si es sin prisas, mucho mejor. Sus dimensiones lo requieren. Volcanes extinguidos y visitables, el gran acuario del museo de Kelly Tarlton (pingüinos, tiburones, rayas, pirañas...) o las cercanas cuevas de Waitomo (de aguas tranquilas y techos forrados de luciérnagas colgantes) merecen unos días, antes de lanzarse a descubrir este apasionante país repartido en dos islas

» Nueva Zelanda, boca abajo

» Huellas peludas de 'hobbit'

La antigua Constantinopla

La guerra de independencia de Turquía trasladó la capital de la naciente república: Estambul perdió tal distinción en favor de una pequeña ciudad del interior, Ankara, de escasa población aunque sin embargo habitada desde la edad del bronce. Una coyuntural cuestión de debilidad estratégica, pues a nadie se le escapa (y habrá muchos que lo den hoy por hecho erróneamente) cuál es la verdadera capital turca. La antigua Constantinopla, frontera natural (pero sobre todo cultural) entre Europa y Asia y heredera de la grandiosidad del imperio Otomano, resulta prácticamente inagotable. Santa Sofía, el Palacio de Topkapi, el Gran Bazar, la Mezquita Azul, el Palacio de Dolmabahçe... un surtido para muchos días, con el Bósforo de fondo.

» Delicias de Estambul

» Estambul en 15 claves

El Marruecos que engancha, pero menos

Hay mucha intención cultural en la actual capital de Marruecos. Una férrea voluntad de convertir también Rabat en capital cultural, pero poco peso específico al lado de las sugerentes Marraquech y Casablanca, o la evocadora Esauira. Un museo de arte contemporáneo trató de redondear su legado histórico (la torre almohade de Hassan, las ruinas almorávides de Chellah o la kasbah medieval de los Oudaya) y su propuesta viajera, siempre atractiva gracias su clima suave y luz envolvente, pero con demasiadas joyas alrededor.

La Gran Mezquita de la hollywoodiense, pero igualmente legendaria Casablanca; la genuina medina de Marraquech, tópica y típica, pero siempre mágica o la nostalgia evocadora de la vieja Tánger, capital del exilio burgués europeo y norteamericano en tiempos ya pasados, siguen capitalizando, en realidad, los designios viajeros en la geografía marroquí.

» Marraquech, escondite en la medina

» La 'madame' de Marruecos

B de taquicardia

Y de bhangra, Bollywood y bullicio. B mayúscula de Bombay, como mayúscula es la principal ciudad de India (renombrada Mumbai desde 1996), que no capital. Su tremenda agitación mezcla sin demasiada delicadeza los bazares, las finanzas, los rascacielos, el cine made in India y, también, la pobreza extrema que define sus rasgos ciudadanos. Una cruda mezcla, y atractiva a un tiempo para contempladores occidentales, que no pasan por alto cómo se levantan lujosos edificios de acero y cristal de 40 plantas desde frágiles andamios de bambú por donde pulula lo obreros encargados de ello. Bombay se ha convertido en el gran motor urbano de la india y, aunque no sea del todo secundaria, Nueva Delhi quedó como capital. Reflejo de aquella -caos, ruido, superpoblación, contaminación-, tiene también mucho que ver y disfrutar, sin sufrir una taquicardia en el intento. Los propensos a ello administren una dosis de Lodhi Gardens al día, remanso de paz en medio del torbellino.

» Rascacielos y collares de jazmín

» El delicioso caos de Delhi