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Viaje hasta la última esquina del mapa

Ruta aventurera a lo largo de las islas con más encanto de Noruega, comenzando en Kiruna, Suecia, y llegando hasta el final de las Lofoten

Viaje hasta la última esquina del mapa
FCO. JAVIER ALVARO

Arropado bajo las cadenas montañosas del norte del norte de Europa y agazapado tras la Laponia noruega, el archipiélago formado por las Islas Lofoten constituye todo un hermoso remanso de paz, tranquilidad (y también frío), un rincón por descubrir que se oculta en unos de los últimos rincones más ocultos del continente europeo.

Las formas de llegar hasta estas cautivadoras islas son variadas. Los viajeros que prefieran disfrutar de un viaje cómodo sin sobresaltos ni imprevistos pueden optar por volar hasta Oslo y desde ahí desplazarse hasta la ciudad de Bodø para tomar un tren o un autobús hasta Lofoten. De Bodo también salen vuelos a los aeropuertos de Lofoten, Svolvær, Helle y Leknes. No obstante, si lo que se persigue es una inmersión completa en la tierra de los trolls y los fiordos , existe una ruta alternativa algo más larga que, además de ahorrarnos dinero, brinda la posibilidad de visitar una mayor variedad de escenarios y paisajes.

Así pues, los que se decanten por la alternativa aventurera han de saber que su viaje no comienza en Noruega, sino en Suecia. Volando desde Madrid es posible encontrar billetes de ida y vuelta a Estocolmo para el mes de octubre por menos de 200 euros. En la capital sueca, bien podemos tomar un tren o, si se dispone de tiempo, alquilar un vehículo hasta la localidad norteña de Kiruna. Aquí, en la mismísima Laponia sueca, ya puede apreciarse un crítico cambio en el paisaje dominado por el azul del mar, el verde del campo y el blanco de las montañas.

Hasta el final de la E-10

La opción de emprender el viaje en un coche de alquiler es mucho más recomendable ya que nos permite adentrarnos de lleno en los parajes nórdicos y así admirar una mayor variedad de paisajes ocultos a las rutas de autobuses que salen de Kiruna. Si se va a alquilar un coche es muy recomendable hacerlo cuando aún se está en Suecia, ya que los precios son mucho más baratos que en Noruega.

No existe autopista y tampoco hace falta. Con sólo 18 años de vida, la E-10 es hoy por hoy la única y la mejor de las formas imaginables de llegar hasta las Lofoten. Una vez en Kiruna nos uniremos a la E-10 ya que es justo en esta localidad donde la carretera comarcal comienza su transición hacia el este, iniciando un desfile de acantilados, fiordos, glaciares e islas de una de las más impactantes rutas naturales del mundo. Antes de entrar en Noruega merece la pena visitar Abisko y hacer un alto en el camino para maravillarse con las vistas de su Parque Nacional.

Una vez superada la frontera Noruega, podemos hacer un alto en el camino en la localidad de Narvik o bien avanzar hasta Tjeldsun, lugar en el que los puentes ganan protagonismo a lo largo de una hermosa ruta entre islas.

Perderse por el círculo polar ártico

Antes de llegar a la siguiente parada, Lodingen, -un hermoso pueblo en el que todo gira en torno a la pesca- es preciso tomar otra importante decisión: En este punto podemos optar entre dirigirnos directamente hacia nuestro destino (Å i Lofoten) a lo largo de 150 kilómetros de puentes, fiordos y glaciares o bien dar un giro, desviarnos momentáneamente hacia una ruta alternativa en el norte de las Lofoten y detenernos a cada instante para saborear los doce grados de media en verano de los incontables y desconocidos enclaves del norte de Noruega; toda una ruta a través de los últimos núcleos de población existentes en las inmediaciones del círculo polar ártico.

Los valientes que opten por esta opción tienen a su disposición numerosos pueblos como el de Sortland, ideal para pasar la noche y Hadsel, en donde tomar un ferry desde el que admirar las bonitas vistas de las montañas noruegas desde el mar y terminar el rodeo al llegar a Fiskebøl.

A pocos kilómetros al sur regresamos a la ruta principal y nos encontramos con Svolvaer. Este es un punto muy importante ya que esta localidad, a pesar de su reducido tamaño y población, es la capital de las Lofoten; la última ciudad principal que nos encontraremos y también la última oportunidad de tomar aire y despedirse de los comercios, las comodidades y la tecnología.

Merece la pena desviarse hasta Utakleiv a través de su túnel subterráneo y disfrutar de la arena blanca de la playa de Haukland, cuyas verdes aguas disfrutan de una soportable y moderada temperatura gracias a la corriente de la Laponia, que las calienta. Incluso en este remoto punto es sencillo ver algún que otro rebaño de ovejas de forma ocasional.

Y también playa

Siguiendo dirección sur, nos metemos de lleno en las Lofoten y nos encontramos con Vitken y Myrland, dos localidades también de obligada parada con un atípico paisaje que goza de una mágica fusión de litoral y montañas. Más al sur, merece la pena desviarse momentáneamente de la bonita localidad costera de Flakstad y admirar la cadena de antiguos glaciares que arropa el pequeño muelle semicurcular alrededor del cual se arremolinan el reducido número de coloridas casitas de madera de Nusfjord, posiblemente uno de los pueblos pesqueros más antiguos del mundo.

Regresamos a la E-10 y de nuevo, sobresalto. En Reine, el paisaje se transforma en un mar de puentes, islas y océano. Son muy populares las excursiones de grupo que se organizan en esta localidad y que permiten adentrarse en el monte Reinebringen. No obstante, se trata de un paseo duro en el que se alcanzan hasta los 400 metros de desnivel y en el que lógicamente, independientemente de que sea verano, se pasa frío.

En nuestra ruta las distancias son cada vez más estrechas y las porciones de tierra cada vez más pequeñas. Por fin, en Å i Lofoten, alcanzamos nuestra meta. Tanto en ésta como en las localidades anteriormente mencionadas abundan campings y albergues con precios que, para tratarse de Noruega, no resultan especialmente elevados. Se ha acabado la carretera y a uno le da la sensación de que también el mundo. En este privilegiado balcón europeo en el que la tierra parece susurrarnos su pasado en cada accidente geográfico uno desea tener todo el tiempo del mundo para reecontrarse con la naturaleza en su estado más puro tal y como aquí sucede. Al menos en verano, con sol las 24 horas del día, tiempo hay.

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