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Catarsis en la selva venezolana

Naturaleza apabullante, fauna y flora exóticas y el salto de agua más alto del mundo son los principales argumentos de la Gran Sabana

La selva venezolana es el lugar más antiguo del planeta, y los turistas acuden masivamente en busca de paz o aventura a este atractivo natural tan sobrecogedor. El Parque Nacional Canaima, con una superficie de 3 millones de hectáreas y declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el año 1994, conforma la zona selvática de Venezuela junto al Amazonas y ocupa la zona noroeste del escudo guayanés, una formación rocosa con más de 3.000 millones de años de antigüedad. El 65% de este espacio casi virgen está habitado por unos gigantes de 2.000 kilómetros de altura, denominados tepuyes en lengua indígena, que actúan como centinelas de épocas pretéritas. La mayor de estas abruptas mesetas de excepcional biodiversidad se conoce como la montaña del diablo y alberga el salto de agua más alto del planeta: Salto Ángel.

Las bondades de esta vastísima pero inhospitalaria región de Venezuela son cuantiosas y despiertan la fascinación del visitante, además de dejarle en cierto estado de incomprensión ante dimensiones naturales tan extraordinarias. Hace casi un siglo el escritor Arthur Conan Doyle sintió algo parecido y se inspiró en este espacio inconcebible para su novela El mundo perdido, fabulando con la existencia de dinosaurios y homínidos primitivos. Aparentemente, en cualquier momento, un animal antediluviano puede asomarse por los desfiladeros de un tepuy.

Las numerosas agencias turísticas que ofrecen viajes organizados desde Ciudad Bolívar o Puerto Ordaz llevan a los visitantes selva adentro tras una hora observando la sabana y los animales que allí habitan desde una avioneta. La impresión apresurada que se recibe al llegar al poblado de Canaima, en el estado de Bolívar (sureste de Venezuela) es haberse equivocado de sitio. El ciudadano que huye del bullicio y el ruido de la urbe buscando un retiro contra la civilización en seguida se perturba. En la aldea de etnia pemón, grupo mayoritario de la región, un indígena pasea con un radiocasete que escupe música electrónica y reggaeton a placer. El joven nos dedica una mirada de indiferencia y entra en una casa con televisión por cable. A unos 50 metros se divisa un cibercafé. "Una vez cada 15 días me conecto a Internet, reviso el correo y me comunico con amigos de todo el mundo", dice ufano el guía que dirigirá la expedición a la selva venezolana y al Salto Ángel. Los mitos caen pero el universo de caótica y exuberante vegetación sigue siendo un lugar privilegiado.

El periplo por la selva comienza con una corta travesía por la laguna Canaima en curiara, embarcación indígena. Navegando por este enorme remanso de aguas coloradas y palmeras sumergidas se aprecian los saltos Hacha y Golondrina, entre otras cascadas. Las inquietas aguas del río Carrao encuentran el sosiego en esa latitud donde no hay atisbo de canallería ni retórica. Ni siquiera lo gregario de la invasión turística devuelve la calma al urbanita. Lo vasto como característica y valor capital de la selva sigue provocando en el viajero un ejercicio de catarsis involuntaria. En primer lugar, llaman la atención los colores -negro, rojo, amarillo- de las aguas, debidos a los ácidos orgánicos de los vegetales en descomposición. En las orillas del lago, varias familias lavan su ropa mientras los niños gozan chapoteando tranquilamente en unas aguas vedadas para el turista miedica. "Las pirañas en estos lares son vegetarianas", increpa el guía a los viajeros. La expedición prosigue con una exploración a pie por las tripas de estos numerosos saltos de agua y un paseo por los montes cercanos, que aúnan armoniosamente selva y sabana.

Al día siguiente, la expedición se reanuda camino al Salto Ángel. Una curiara con motor emprende el viaje río arriba por el río Carrao, y luego su afluente, el Churún, durante cuatro horas. Siguiendo el cauce del río se encuentran en sus márgenes a familias pemones peleadas con la civilización que viven con sus hijos pequeños sin mayor preocupación. Rehúyen de la sociedad establecida pero reciben con gran afecto al impenitente turista que se acerca a su hogar. La inhospitalaria selva se torna amable y estimula nuestro apetito con pescado hervido, casabe de yuca (tortas de pan casero) y salsa picante hecha con las autóctonas hormigas culonas. Tras la degustación y un rápido intercambio de obsequios, la singladura continúa adentrando la embarcación tradicional en aguas cada vez más turbulentas.

El caudaloso río, de aguas negras y rojas, serpentea inmutable por la selva mientras guarda en su seno una variedad indecible de especies animales, la mayoría escondidas al paso de la barca motorizada. Las anacondas, pirañas y babas (caimán venezolano) permanecen aletargados gracias al estruendo de la barcaza. En la orilla se dejan ver chigüires, roedores gigantes, naturales de esta región.

Los castillos geológicos que ascienden en el horizonte son constantes y acompañan la travesía hasta alcanzar la montaña del diablo. Desde ahí, el Salto Angel despide agua alcanzando los 807 metros de caída ininterrumpida (en total, 979 de altura). El tepuy donde nace este caudal, el Auyantepuy, es un coloso de 2.510 metros de altitud y 700 km² de extensión, el más grande de la Gran Sabana. Hasta hace poco, el pueblo pemón no ascendía jamás hasta la cima de los tepuyes, pues según su tradición, allí moran espíritus con apariencia humana que pueden robarte el alma. El Auyantepuy, aún queda a salvo pero el tepuy Roraima, el más alto de todos, con de 2.810 metros, se puede subir a pie pero requiere cinco días de recorrido y un guía experimentado. El Roraima es propiedad de tres países. El 85% es territorio venezolano, el resto lo comparten Guyana y Brasil. En su superficie hay formaciones rocosas casi lunares, el lago Gladis y cuatro ríos (Arobopó, Cotingo, Kako y Kamaiwa).

Jimmie Angel, el explorador casual

El nombre del Salto Angel no está vinculado a la mitología. Proviene del apellido del explorador que hizo el accidental descubrimiento de la catarata más alta del mundo, un aviador estadounidense llamado Jimmie Angel que, en 1921, se topó con esta maravilla natural. Su historia está relacionada mucho con un interés pecuniario y poco con la sed de aventura o exploración.

La primera vez que pisó el Auyantepuy fue sirviendo de piloto a un buscador de oro que le dispensó 3.000 dólares a cambio de llevarle. El río que desemboca en el Salto Angel albergaba gran cantidad del preciado metal en sus aguas pero el aviador estadounidense lo desconocía. Posteriormente, Angel quiso volver obsesionado con este tesoro. En 1937, llevó a cabo su quinto intento, que casi le cuesta la vida, y la caída de agua más alta del planeta fue bautizada con su apellido: Salto Angel.

Canaima desde hombros de gigantes

Otra forma de acercarse al monumental Salto Angel es desde el cielo. Una avioneta de hélice única cruza Canaima a vista de pájaro y ofrece otra perspectiva de la grandiosidad del espacio selvático. Los colosos de piedra desafían a cualquier construcción humana. Los indígenas, verdaderos descubridores de este tesoro natural, lo llamaban ya Kerekupaimerú, que en pemón significa “salto del lugar más profundo”. La cascada kilométrica hace gala a su definición ancestral: no existe otra en el planeta que se la pueda comparar.

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