En este pueblo de pescadores de Uruguay, aislado del ruido y casi del presente (hace tiempo no había electricidad ni agua corriente) tiene una playa increíble por su encanto ecológico con ciertos toques hippies. Es un amanecer de arenas blancas interminables, con el sol en la cara, el mar azul, acompañado del olor a pescadito fresco al mediodía, y para unas perfectas sobremesas rodeados de casas precarias e ilegales, en algunos casos, pero con encanto. Se puede llegar hasta allí caminando desde otro pueblo de pescadores lleno de encanto cono es Valizas y atravesar las dunas... Los atardeceres rojos del Atlántico, con mate y bizcochos, charlar de todo y de nada, el faro, el mismo del que habla Drexler, y esa oscuridad profunda y estrellada, llena de caipirinhas y amigos. Es solo parte de la magia que hace inolvidable este lugar.
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