Breve, pero intenso. Así es el relato que tienes que enviar antes del 23 de mayo para participar en el Concurso de Relatos Cortos “Un verano en AndalucÃa”, convocado por la Consejería de Turismo, Comercio y Deporte de la Junta de Andalucía y El Viajero. Si tu relato es el mejor podrás disfrutar de  un fin de semana para dos personas en un fantástico Hotel de Andalucía.
Relatos enviados
"Mira" "¿Dónde?" "Sobre la mesa" Un cubo de la playa verde, una pala y un rastrillo amarillos "¿Y?" "¿Es delito?" "¿El qué?" "Traer arena de la playa" El niño desde un rincón me observa con los ojos muy abiertos, no sabía qué decir, o sí… no sé qué es lo que él espera que diga "¿Qué más trajisteis?" "Mi mujer el sol" su piel morena brillaba, quedaron en mis ojos; siento la suavidad, de las caricias que imagino, al deslizar la palma de una mano sobre sus hombros "¿Y tú?" "Si pudieras mirar dentro…" Doy un paso, me acerco hasta casi rozarlo, y en el siguiente penetro en su interior de paz: el aire es limpio, el sonio del mar leve, brilla el sol; me deshago en miles de granos de arena, caigo sobre sus hombros en una caricia; me amontona una pala, me mezcla con el agua salada: soy un castillo, una muralla; salpicado me estrello contra sus piernas, me adhiero húmedo entre su vello, recorro calles y ciudades llenos de aromas embriagadores; caigo desgranado sobre la piedra de catedrales y mezquitas, puertos pesqueros, jardines, ríos, senderos, reboto entre los muros blancos de estrechas calles,… me siento en un banco a las puertas del Carmen de los Mártiles y contemplo el reflejo dorado, del sol en la nieve, sobre la ciudad hasta que su movimiento deshace el encuentro. "Creo que sí lo es" Él queda serio, sin dejar de mirarme, soy sólo su abogado, mi traje intimida al niño, ella se sonríe "Tendremos que volver… devolverla a la playa" "Deberías de encontrar cada grano de arena que perdiste en cada pueblo" "Sí, tienes razón… no tiene sentido regresar a casa una vez que la has conocido"
17/05/2008 A. Ortega
Fragancia a romero y frescor de hierbabuena son mis recuerdos de niñez en Andalucía, las correrías por el caserío de mi tía; un caserío que me daba miedo por la altura de sus techos y por el gran portón de madera.Esas maravillosas meriendas a base de buen jamón, picos de pan y las aceitunas que recogía mi tío de los olivares próximos, y cuando la calor apretaba un buen vaso de gazpacho fresquito. Recuerdo con cariño las noches sentados al fresco,los mayores conversaban animadamente, mientras que los niños jugábamos despreocupadamente, sin coches, sin vallas, sin peligros.....
17/05/2008 Isabel Moncayo Martinez
Cuando los barcos se acercan navegando a la Costa de la Luz, los dioses aplanan sus cascos para evitar que encallen en los bajíos de cristal. Celosos de tan sublime creación, no permiten que nada la mancille. Arenas blancas, aguas de anchuroso horizonte, calas de espejeante redondez, peces que ambicionan el sol de las terrazas, animales terrestres que anhelan el aire del mar… Cuentan los lugareños que en la playa de Bolonia, sobre un lecho rocoso, dormita un león de oscuro pelaje, que sólo es visible en la bajamar de algunas tardes de verano. Acontece el prodigio por la confluencia fortuita de dos fuerzas: un notable empuje de la corriente marina que procede del sur y el cénit anaranjado del crepúsculo. Nadie puede predecir el momento. Por eso al final de cada jornada los niños de la zona montan en sus bicicletas y se dirigen a la playa. Allí, cobijados por la gran duna inquieta, esperan poder ser testigos de un hecho que quizás no lograron ver sus abuelos. Toda su aspiración es nadar desde la costa para encaramarse en su lomo erizado. Hay ancianos que presumen de haberlo logrado en varias ocasiones a lo largo de su vida. Otros, en cambio, murieron y morirán sin haber visto al animal. Desde hace años, el Inglés, un escritor londinense de cierta nombradía, investiga cada verano los hechos. Salvo la marinería de Tarifa y Barbate, nadie como el Inglés conoce las aguas más someras de esta costa. Ha recogido cientos de testimonios orales y algunos escritos, pero su empeño es asistir a uno de esos crepúsculos míticos. Y aunque hay quienes piensan que el león sólo asoma ante la chiquillería, a la hora vespertina el Inglés coge su bicicleta y se une a los niños que acuden a la playa. Desde Inglaterra recibe cada noche la llamada del director de un periódico que espera, ilusionado, dar la exclusiva.
17/05/2008 Antonio Serrano Cueto
Sol verdoso y amarillo bailando entre olivos retorcidos carga el aire de aceite aún no nacido. Modernos molinos franquean el camino, descubriendo mil pueblos preñados de agua viva, cuyas blancas fachadas, de puertas y ventanas tachonadas, se clavan para siempre en mi mirada. Luna llena de promesas alumbra calles repletas de sorpresas, de gentes insomnes y asombrosas que vierten su alma a la luz de unas farolas, invitando a ganar allí las horas, a pasear sin prisa y sin destino con Ella de eterna acompañante, iluminando la noche granadina.
17/05/2008 Germán Cano Ortiz
De nada nos servían los viajes rápidos y cómodos, con reparto de caramelos y regalo a fin de trayecto: el viaje tenía que ser duro, largo, doloroso, por eso era preciso viajar en autobús de línea y no en tren de alta velocidad o en avión, había que sufrir las estrecheces, el dolor de espalda, el tedioso paso del paisaje más allá de la ventana, las horribles películas que proyectan. De nada nos servía tomar el AVE y llegar a Sevilla en dos horas, o en tres a Barcelona, eso era como no haber salido de casa, no significaban nada los viajes rápidos, las tardes de museos, las visitas a los rincones más típicos de la ciudad visitada. Todo viaje exterior es también un viaje interior, pensábamos, una catarsis, un nuevo nacimiento, por eso había que viajar como quien es alumbrado en el parto, como quien es arrancado dolorosamente de un lugar y es arrojado a otro. Para que sirviese, para que el viaje fuera viaje, tenía que ser un trauma que se sublima, una heroica hazaña, una Odisea con parada en cada estación de servicio, en cada bar de carretera, comiendo bocadillos de tortilla, oyendo los cantos de sirena ardiendo bajo el sol vertical del verano, muy poco a poco, a bordo de un coche viejo y caliente. Eso hicimos unos años después. Volvimos al sur en un viejo Nissan Micra sin aire acondicionado, como si el sur todavía estuviera ahí, quieto en su sitio, como si el tiempo no hubiese pasado y nosotros fuésemos los mismos de antes. Cruzamos Castilla-La Mancha alegres y cubiertos de sudor, contando anécdotas del pasado, en cierto momento nos perdimos y llegamos a Albacete donde nos costó un buen rato, y varias paradas en gasolineras, retomar la ruta correcta. Pero eso no importaba, había algo de aventura en aquello, algo que podríamos recordar. Al llegar a Andalucía tú sacabas el pie desnudo por la ventanilla, peinando el viento con los dedos, parecía que la luz del sol vertical nos iba a fulminar. Nos fuimos turnando al volante, escuchando la radio comercial donde sonaban canciones que a veces canturreábamos, finalmente enfilamos la carretera de Cádiz, hasta que la carretera acabó y nos dimos de bruces con el mar limpio que baña los Caños de Meca. Dicen que allí todo comenzó cuando unos jipis, aprovechando el agua dulce que cae por los acantilados que delimitan las playas para lavarse y beber, y las cuevas que hay en lo bajo de estos acantilados para cobijarse, se instalaron en ese lugar por primera vez. Pero eso es solo la leyenda, claro, de la fundación de Los Caños de Meca. Allí el sol cae a plomo sobre el mar hasta sumergirse en la línea del horizonte, cada tarde que termina, y el cielo se tiñe de violeta hasta que la esfera de fuego, cada vez más roja, desaparece completamente oculta por el borde del planeta. Y es fácil dejarse llevar por la vida fácil que trascurre perezosa bajo la luz abrasadora, ingresar en ese orden de excepción donde al segundero le cuesta conquistar cada fragmento de tiempo a cada hora, abandonar el cuerpo y el alma al rumor insistente y eterno de las olas lamiendo cada cala, al paseo de la tarde por la arena, al tinto de verano que fluye incontrolado de los grifos de los chiringuitos y la Jaima. Allí casi no hay nada, el pueblo -que no es pueblo sino solo un puñado de casas- se vertebra a lo largo de una única calle o carretera recorrida insistentemente de extremo a extremo por los pocos que allí pasábamos una parte del verano, y salpicada por los cinco o seis establecimientos donde uno puede beber o comer pinchos morunos sentado en sillas de mimbre. En los días más claros se ven los montes marroquíes recortando el horizonte, donde se acaba el mar de nuevo, porque todo se acaba en algún sitio, eso es claro, y todo aquello que sucedía entre nosotros también tenía que acabar. Y entonces, a la llegada, otra vez esa sensación: la luz calentando mi rostro como un puré caliente y blando derritiéndose sobre mi piel, como aquellos veranos cientos de años atrás en el mismo lugar, que de pronto no era el mismo. Nos recordé más jóvenes, bajando acalorados las escaleras serpenteantes donde siempre estábamos a punto de matarnos y en las que una vez encontramos un camaleón de ojos saltones que te hizo mucha gracia y al final, abajo, la playa, todas aquellas noches de flamenco, la arena entre los dedos de los pies, el cajón, la guitarra y la flauta travesera (yo amaba su sonido sinuoso) y el firmamento dándonos cobijo limpio y oscuro –todas la estrellas, todas- y perfectamente redondo porque todo era así entonces, esférico y perfecto, hasta la Tierra y el Cielo, hasta eso. Recordé tu cuerpo fibroso perlado de sal mientras te comías una gamba gorda y hermosa y una gota de mar caía en tu ombligo desnudo, plof, y se oían las olas y yo te decía tu piel es dorada como el pollo frito y tú te reías mostrándome todos tus pequeños dientes. A veces noté un fino velo de ceniza cubriendo tu mirada y no me preocupó lo suficiente, eso lo recordé entonces, a la llegada, pero el recuerdo tiene la calidad del sueño o la ficción o la fantasía y ya no sabía si realmente había ocurrido o simplemente lo imaginé porque éramos solos los dos y el resto del mundo no existía y la gente eran actores y al atardecer corríamos bajo la sombra trenzada por miles de ramas trenzadas en nuestro campamento en el camping El Camaleón y cuando se hacía de noche nos trenzábamos nosotros y dormíamos. Pero de pronto, en aquel regreso, te miré y me di cuenta de que algo había cambiado. ¿Lo recuerdas? A la vuelta me dijiste que me habías dejado de querer y las fotos ni siquiera habían salido. Otra vez esa sensación.
17/05/2008 Sergio C. Fanjul
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