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Escapadas

30 experiencias únicas en Lisboa

Vistas desde la azotea del bar Park, un antiguo aparcamiento, y un paseo por la ribera del Tajo, cada vez más peatonal. Ruta para descubrir por qué la capital portuguesa está de moda

Turistas a orillas del Tajo cerca del puente del 25 de Abril, de 2.277 metros de longitud, que cruza el estuario del gran río. Ampliar foto
Turistas a orillas del Tajo cerca del puente del 25 de Abril, de 2.277 metros de longitud, que cruza el estuario del gran río.

Antes que Cristo, Lisboa ya estaba aquí; y de aquí no se han movido sus colinas ni su río, y aquí siempre hubo calles adoquinadas. Entonces, ¿por qué el mundo ha tardado 3.000 años en descubrir Lisboa?

Los jóvenes sonrosados y los chinos maduros que fotografían a unos albañiles trabajando en el suelo de rodillas no lo van a saber contestar, boquiabiertos ante el espectáculo en Cais do Sodré (muelle de Sodré), el centro turístico de Lisboa. Ajenos a su interés, los calceteiros siguen a lo suyo, con su martillo, su maza y sus piedras que van encajando, con infinita paciencia, en la calzada, partiendo los cantos uno a uno y, como un rompecabezas hipergigantesco, formando letras, escudos, números, en blanco y en negro. En Lisboa, las calles se hacen piedra a piedra; es la famosa calzada portuguesa. Manel y João son de estos artesanos de calles formados en la Escuela Municipal. No hay muchos. En 30 años de escuela, la media es de seis alumnos anuales. Aunque el empleo está asegurado, trabajar con el espinazo doblado no anima.

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Los bordados en piedra negra para resaltar dibujos, o el nombre de una tienda, ya son trabajos más delicados, que llevan tiempo y mantenimiento. “Cada año pagamos por ello, pero con gusto, es algo secular”, explica Guilherme, tercera generación de la histórica mercería Adriano Coelho. En la acera, los turistas pisan sobre su nombre y el número de la calle. En la búsqueda de alternativas turísticas originales, José Pereira organiza rutas por las calzadas portuguesas más bellas, y la calle de Conceição, con sus mercerías del XIX, es una de las imprescindibles.

Lisboa se está poniendo reluciente a marchas forzadas, será simple casualidad que haya elecciones municipales a la vista (el 1 de octubre). El Ayuntamiento empieza a quitar coches y a abrir paseos. Cais do Sodré brilla con su recién estrenada calzada, abierta al río, en la ambición de que un día la gente pueda pasear por el Tajo desde Vila Franca de Xira hasta Cascais. La ribera lisboeta es una peregrinación continua de turistas, de arriba abajo, ahora una cerveza al sol junto a la Ribeira das Naus, en el quiosco de Almada y con una banda de jazz que pasa el sombrero; más allá, el Campo de las Cebollas, que hasta hace unos días era un campo de coches semiabandonados; más adelante, Santa Apolónia, con sus cruceros de día, las pizzas inigualables de Casanova a todas horas, y, de noche, el bailoteo de Lux.

Pocos turistas se acercan a la casa de Amália Rodrigues, la mayor fadista de todos los tiempos, en la calle de São Bento

Lisboa reluce a la vez que lucha por mantener la nostalgia de sus viejos palacios, de sus tradicionales tabernas, de sus seculares tiendas y otoñales vecinos, que, finalmente, es lo que atrae a los extranjeros que felizmente han encontrado el sosiego en la punta de la nariz de Europa. No es fácil el equilibrio. En tres años, el precio de los pisos ha subido un 49%, hay en construcción 31 hoteles; el aeropuerto no da más de sí. Desde 2014 es la capital europea que más crece en turismo, la ciudad está dejando de ser barata, pero sigue siendo un refugio de sosiego.

Terraza del Park Bar, en el último piso de un aparcamiento lisboeta. ampliar foto
Terraza del Park Bar, en el último piso de un aparcamiento lisboeta.

Lisboa mantiene la tensión entre la tradición, que le otorga su singularidad, y la modernidad, que le da el dinero para levantar los palacios que se caían; pero sus encantos no se encuentran tanto en la piedra como en su gente. Estrela Carvas, por ejemplo, no se ha movido de su casa desde hace 40 años, y llegó tarde, pues la casa se levantó antes del terremoto de 1755. Aguanta torcida y quejosa en la calle de São Bento, tan interesante. La casa de Estrela es también la de Amália Rodrigues. Pocos turistas se acercan hasta este templo de la mayor fadista de todos los tiempos. Estrela vivió en la casa de Amália y con Amália durante décadas, y hoy la enseña, tal cual la dejó Amália el 6 de octubre de 1999.

Qué mejor cicerone que Estrela, que va contando lo que no se ve en la casa, pero se siente: “Amália nunca cantaba en casa, ni en el baño”, explica ante el piano de cola del salón. “El piano era para los músicos y los compositores, que registraban la música aquí y luego la llevaban al estudio, pero cantar solo le cantaba a Xico, pero nunca aprendió nada”. El papagayo Xico ha sobrevivido a su dueña y sigue en el patio, graznando y sin acertar una sola nota musical.

Monumento a los Descubrimientos en Bélem. ampliar foto
Monumento a los Descubrimientos en Bélem.

Hablar con Estrela, contemplar a Xico, es pura Lisboa, pura nostalgia, un sentimiento que solo en este país no se identifica con el pasado. Desgraciada o afortunadamente, los turistas no se acercan por aquí, concentrados en el Chiado, en la Baixa y su ribera, y, los más aventureros, en Alfama y la Morería, barrios sin duda atractivos, pero sin la intimidad de Santos-o-Velho. Su discreta existencia choca con la vecina modernidad nocturna de Alcántara y, más allá, con la moda de la megalomanía arquitectónica del MAAT, en un afán por crear nuevas atracciones. Ajenos al espectáculo artificioso, los europeos de fin de semana, los jubilados españoles de entre semana, y los asiáticos y brasileños de cualquier época, siguen fotografiándose con los calceteiros que esculpen, piedra a piedra, una calzada portuguesa.

Después de tres años pateando la ciudad, desde Belém a Marvila, de ver cómo se levantaban fachadas de la nada como decorados de Hollywood, permítaseme un consejo, señor alcalde, aunque sea de un extranjero: Lisboa es linda, Lisboa es única, no la arregle más.

Mirador del centro comercial de Amoreiras, en Lisboa. ampliar foto
Mirador del centro comercial de Amoreiras, en Lisboa.

10 atractivos que no existían hace un año

Parada durante décadas, si no siglos, Lisboa empieza a moverse con más agilidad para añadir atractivos y así fomentar el turismo cultural y de fin de semana.

1 Mirador de Amoreiras. Tiene una visión maravillosa de 360 grados sobre toda la ciudad. El único. Situado en la azotea del centro comercial de Amoreiras, cuesta cinco euros y es imprescindible.

2 El MAAT. Desde octubre se levanta en la ribera del Tajo el Museo de Arquitectura, Arte y Tecnología (MAAT). Un espectacular edificio blanco en forma de almeja de AL_A, el estudio británico fundado en 2009 por Amanda Levete, que se puede pasear libremente por abajo o por su cúpula sin necesidad de entrar.

3 Museo del Dinero. En la majestuosa iglesia de San Julián se ha abierto el Museo del Dinero, que, por si no fuera gran contradicción, es gratis. Es un espacio bastante vacío, lo que se agradece, y curioso, pues se puede tocar un lingote de oro o lanzar una moneda al pozo de los deseos, ambos virtuales, además de conocer la historia del dinero o de atravesar en sus sótanos las murallas del rey Dinis, del siglo XIII.

Vista del MAAT (Museo de Arte, Arquitectura y Tecnología), a orillas del Tajo, en Lisboa. ampliar foto
Vista del MAAT (Museo de Arte, Arquitectura y Tecnología), a orillas del Tajo, en Lisboa.

4 Museo art déco. Bajo el puente de Alcántara está preparado para abrir (aunque falta la fecha exacta) un nuevo museo dedicado al art déco, con piezas extraordinarias prestadas por el coleccionista Joe Bernardo, quien tiene depositado en el Centro Cultural de Belém (CCB) su colección de pintura moderna.

5 Jardines de São Bento. Son los jardines de la residencia oficial del primer ministro, el palacio de São Bento. Cada domingo se abren al público gratuitamente. Enclavados junto al Parlamento y los jardines de Estrela, por allí han paseado los jefes del Ejecutivo luso desde 1938.

6 Nuevas estrellas. La restauración va tomando vuelo con propuestas originales y variadas. Según la vara de medir de Michelin, este año distinguió con una estrella a los restaurantes Alma y Loco, que se unen a los ya existentes, aunque ninguno con tres estrellas.

7 Terminal de Santa Apolónia. A partir de mayo, los cruceros amarrarán en el mismo centro de la ciudad. Se inaugura la terminal de Santa Apolónia, dando vida a un lugar hasta hace poco intransitable.

8 Campo de las Cebollas. Uno de los lugares más deteriorados de la ciudad, y más importantes, por fin podrá ser paseado. Gracias a las inminentes elecciones municipales, esta plaza, junto a la cercana de Cais do Sodré, es un poco más de las personas y bastante menos de los coches, y se abre la vía peatonal por toda la ribera del río, que algún día llegará a ser completa.

Retrato del poeta Fernando Pessoa, de Almada Negreiros, en la exposición de la Fundación Gulbenkian. ampliar foto
Retrato del poeta Fernando Pessoa, de Almada Negreiros, en la exposición de la Fundación Gulbenkian.

9 Almada Negreiros. La Fundación Gulbenkian (gulbenkian.pt) programa hasta fin de junio una antológica de José de Almada Negreiros (1893-1970). Poco conocido fuera de Portugal y España, incluso despreciada su obra hace un tiempo en su país, la exhibición demuestra la categoría de este artista multidisciplinar.

10 Web Summit. Noviembre era un mes sin grandes eventos en Lisboa hasta que el año pasado la Web Summit decidió citar a los techies para su encuentro tecnológico. Este año, del 6 al 9, se espera a 60.000 personas, mayoritariamente jóvenes, que llenan la ciudad dándole una vidilla joven, moderna y alegre.

Terraza del restaurante Loco, en Lisboa. ampliar foto
Terraza del restaurante Loco, en Lisboa.

10 auténticos comedores

Con tanta moda y tanta onda cool se está poniendo difícil para los mismos lisboetas encontrar refugios de comida portuguesa a precios portugueses. Aquí 10 que no fallan, aunque apartados del circuito masivo.

1 Solar dos Duques. Pececitos de la huerta (judías verdes rebozadas) y perdiz. Campo de Ourique, Rua Almeida e Sousa, 58.

2 O Solar dos Leitões. Tres generaciones cuidando el pescado a la parrilla. Benfica, Travessa Marques Lésbio, 20.

3 Parreira do Minho. Pataniscas de bacalao. Campo Ourique, Rua Francisco Metrass, 47.

4 O Tachadas. Pato asado. Santos, Rua da Esperança, 176.

5 Zapata. Pollo asado. São Bento, Rua Poço dos Negros, 47.

6 Dom Feijão. Cualquier cosa a la parrilla. Alvalade, Largo Machado de Assis, 7D.

7 Adega das Gravatas. Solomillo a la piedra. Carnide. Travessa do Pregoeiro, 15.

8 Zé Varunka. Menú alentejano, arroz de pato. Bairro Alto, Travessa das Mercês, 16.

9 O Caçador. Arroces y raya. Cruz Quebrada, Rua Bento Jesus Caraça, 10A.

10 Tasquinha do Lagarto. Alubias y filetes de pulpo. Rua de Campolide, 258.

10 experiencias únicas

1 Bridge en casa del marqués. El palacio del marqués de Fronteira, construido en 1672, se mantiene intacto con una azulejería excepcional. Abre a diario, pero la experiencia única son los lunes de la cuarta semana del mes, a las nueve de la noche, cuando hay partida de bridge. Mirar o jugar cuesta 17 euros.

2 Rezar en San Roque. No hay en el mundo iglesia con tantos relicarios de santos y de santas, cada uno en su sitio, ni tantos angelitos revoloteando por los altares.

3 Charlar de Amália con Estrela. En la que fue la casa de la fadista Amália Rodrigues sigue Estrela, su secretaria personal. Oír a Estrela contar la vida de la reina del fado es impagable (bueno, sí, los escasos cinco euros con los que se sostiene la casa).

4 Fados imprevistos en Mesa de Frades (Rua dos Remédios, 139 A). Casa de fados hay muchas, pero esta es la que quizás guarda mejor su espíritu intimista y doliente, sobre todo a medianoche, cuando llegan fadistas anónimos en busca del último —aunque largo— trago..

5 The Lisbon Players. Al pie del jardín de Estrela existe un teatro mantenido por entusiastas actores aficionados que montan funciones en inglés; un milagro que sigue vivo desde hace 60 años junto al vecino y encantador cementerio inglés.

6 Akelarre de cracas, lapas y brujas. Son los tres mariscos más portugueses. Para las lapas y las brujas, una especie de cangrejo grande, azulado y ligeramente dulce, la Real Marisqueira Nunes es única; para las cracas, el marisco más vasto por fuera y más sutil por dentro, Moules and Co.

7 De postre, un pastel de Belém en Belém.Uno de los dos tópicos imprescindibles (el otro es subirse al tranvía 28) es tomarse el pastel de Belém en el propio Belém, recién salido del horno, calentito y con su hojaldre y canela, igual que en 1837.

8 Tatuajes del siglo XX. El Instituto Nacional de Medicina Legal mantiene en frascos trozos de muertos con algún tatuaje. Una curiosa colección que va de 1910 a 1940. En el Instituto es difícil el acceso, pero hasta julio se expone en el palacio Pombal.

9 Ver amanecer en el palacio Belmonte. Al pie del castillo de San Jorge hay un rincón de paredes blancas y puertas rojas. Es el exquisito palacio Belmonte (siglo XV), restaurado durante seis años por Frederic Coustols. Es la grande bellezza portuguesa, imposible de experimentar por menos de 600 euros la noche (Jeremy Irons se pasó un mes), aunque el dinero no basta. Si no le gustas, Frederic ni te abre la puerta.

10 Presi, ¡un selfie por favor! Al presidente de Portugal, Marcelo Rebelo de Sousa, se le puede encontrar dándose un baño en la playa de Cascais o en cualquier acto de interés que haya ese día en la ciudad. Con el debido respeto y simpatía, se le puede pedir un selfie, al que accederá encantado.