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rutas urbanas

La arquitectura del agua

De la mezquita de Córdoba a una estación de exploración marciana, edificios, infraestructuras y espacios diseñados para usar el agua como recurso natural y hedonista

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Atardecer sobre el canal del L.A. River, en la ciudad de Los Ángeles, en California. Getty

La proximidad al agua ha sido un elemento central e imprescindible en las culturas y geografías con predominio de sol. Históricamente, el agua ha ordenado de muy distintas formas la posición de sus ciudades, así como la forma de sus trazados y edificios. Además, de cara al futuro, el planeta tiene en la captación de reservas de agua uno de los grandes retos en el desarrollo sostenible de sus grandes urbes, especialmente en el máximo aprovechamiento de la que cae del cielo.

Estos paisajes urbanos del agua guían este recorrido que proponemos, que se detiene en edificaciones tan diversas como una mezquita árabe, una remota ciudad de adobe rodeada por un desierto infinito y colosales infraestructuras de hormigón diseñadas para el abastecimiento de una de las grandes megalópolis del mundo.

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Vista del patio de los Nararanjos, en la Mezquita de Córdoba. Getty

Arquitectura captadora

La ruta empieza por espacios tradicionales, ligados a culturas áridas y cuidadosas con los recursos, que con una tecnología preindustrial y ausencia de energía buscan el máximo aprovechamiento con un funcionamiento ligado a criterios de forma. La Mezquita de Córdoba es, en este sentido, un claro ejemplo de arquitectura porosa como infraestructura captadora. Desarrolla, de forma sofisticada, la estructura del impluvium romano, con una cubierta estriada, formada por líneas-acueducto, que conduce la lluvia hacia el depósito del patio central y, desde allí, a un suelo acanalado que reparte el agua entre sus famosos naranjos.

Una versión a gran escala de este sistema sería la ciudad de Venecia, construida formando los campi, unidades de recogida de agua que coinciden con la forma política de la parroquia, cuya forma está dirigida a la captación de agua.

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La ciudad de Shibam, en Yemen. getty

La ciudad yemení de Shibam, rodeada de desierto, es un ejemplo de depuración de agua in situ y sin uso de energía. La propia estructura urbana de la conocida como Manhattan del desierto conduce, sirviéndose de la gravedad, las aguas residuales hasta sus huertos, donde los cultivos agrícolas aprovechan el agua y la materia orgánica. La cubierta del palmeral protege del sol a las especies más delicadas y genera una inversión térmica que permite preservar el aire enfriado por la evaporación del riego. Forma así un ecosistema productivo y un espacio público climatizado a la vez.

Como muestra de un espacio urbano como infraestructura captadora, el Parque Güell de Barcelona, inicialmente pensado para albergar viviendas, busca, a partir de sus viales y parcelación, retener el agua de las tormentas mediterráneas en esta montaña pedregosa e inclinada. Gaudí diseñó un sistema de conducción del agua pluvial a partir de terrazas filtrantes, escaleras y muros de parcelación que funcionan como canales y acueductos. Plazas-depósito y barandillas condensadoras, de forma que este ecosistema áspero se convierte en un jardín autosuficiente.

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Puentes sobre el canal de Los Ángeles river. Getty

Agua para la megalópolis

La ruta continúa y se detiene ahora en las infraestructuras construidas por la ingeniería positivista del siglo XX. Obras públicas de grandes dimensiones y carácter sublime que asocian la gestión del agua a elevados consumos de energía, dimensiones colosales y localizaciones remotas.

Los Angeles River, un canal de hormigón de 80 kilómetros de recorrido, agiliza la evacuación de las lluvias locales hacia el mar en la megalópolis californiana. Pero aunque muy eficiente como sistema de prevención de inundaciones, desperdicia la totalidad del agua de la cuenca e incrementa las dependencias del exterior. La belleza de sus curvas, precisas y técnicas, sí han servido, por otro lado, como escenario de muchas historias urbanas e incluso como plató de cine. El canal se asocia necesariamente a otras conducciones –como el acueducto del río Colorado– que, a lo largo de más de 800 kilómetros, transportan el agua desde puntos remotos de la costa oeste estadounidense hasta la ciudad de Los Ángeles.

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Vista de Owens lake, en California. Getty

Uno de estos acuíferos parte de Owens lake, un gran lago (o lo que queda de él) ubicado en el este de California, cerca de la localidad de Lone Pine, junto al acceso al árido parque nacional de Death Valley. La gran urbe angelina ha extraído de su cuenca, durante décadas, el agua necesaria para su supervivencia. Actualmente prácticamente seco, parece un paisaje lunar, con tormentas de sal y colonias de algas tóxicas regadas por redes de aspersores que tratan de paliar el desastre medioambiental.

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Mars Research Station, en Utah (Estados Unidos). Getty

Una casa para Marte

Por último, el recorrido se acerca a las nuevas construcciones actuales, ligadas a la integración de ecosistemas y a tecnología digital. Como la Mars Research Station (Estación de exploración de Marte), en Utah (Estados Unidos), un pequeñísimo edificio que contiene un modelo de enorme potencial para nuestras ciudades. Usada como base de experimentación para las aventuras aeroespaciales de la Nasa, incluye ecosistemas hiperactivos, agilizados mediante redes y bombas, diseñados para incrementar al máximo la autonomía de un recinto cerrado. El aire, el agua y el resto de residuos se transforman en nuevos productos útiles, como reservas de oxígeno, agua limpia y productos comestibles (vegetales). Este principio de cooperación entre distintas especies es el embrión de la sostenibilidad para las ciudades del futuro.

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Plaza del agua de Benthemplein, en Róterdam, proyecto del estudio De Urbanisten.

La necesidad de convivir en las urbes actuales con volúmenes de agua cambiantes ha dado lugar a nuevas tipologías como las plazas de agua, que resuelven el riesgo de inundaciones y retienen el agua permitiendo su uso posterior. Un ejemplo es la water square Benthemplein, del estudio De Urbanisten, en la ciudad holandesa de Róterdam, cuyo suelo adquiere tridimensionalidad, se vuelve profundo, con grandes poros construidos que a veces ocupa el agua y otras otros programas. Una versión tecnificada, más precisa, de esos fantásticos sensores hidrológicos que son los pozos tradicionales indios, cuyo nivel de agua oscilante hacen visible lo que ocurre en el subsuelo.

La recuperación de las acequias en las huertas termales en Caldas de Montbui (Barcelona) y la reforma del centro de Bañoles, en la provincia de Girona, a cargo del estudio MiAS Arquitectes, son dos ejemplos fantásticos que muestran cómo la presencia del agua en el espacio público activa cualidades plásticas y sensoriales. En ambos casos, se ha recuperado la operatividad de los canales de riego históricos que atravesaban la ciudad y la conectan con su paisaje más próximo.

Carolina González Vives (Madrid, 1974) es arquitecta por la Escuela de Arquitectura de Madrid (Universidad Politécnica). Su investigación se ha centrado en el ámbito de las infraestructuras, la naturaleza urbana y el agua.

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