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Fuera de ruta

Para picar, pez globo

Un viaje por la costa sur de Japón descubre un país secreto de originales templos, jardines perfectos y ajetreados mercados

El santuario de Izumo, en la localidad japonesa de Taisha. Ampliar foto
El santuario de Izumo, en la localidad japonesa de Taisha.

Japón es un país muy especial. Y muy dado a tópicos. Pero ni todos los restaurantes sirven sushi ni todas las adolescentes van vestidas como personajes de manga. Tampoco todos los escenarios urbanos son ciudades de altos rascacielos con las últimas novedades tecnológicas. Existe una zona del país, la costa sur de Honshu, la isla principal, donde el tiempo se tomó un respiro para permitir que ese Japón de templos sintoístas, casas de madera de planta baja e izakayas (tabernas) que huelen a sake perviviera entre la modernidad en la que aparece envuelto el resto del país.

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Esa esquina remota —y desconocida— la forman las prefecturas de Tottori, Shimane y Yamaguchi. Y tiene muchos lugares de interés. Mi primera parada es en el castillo de Matsue, en la localidad homónima, uno de los 12 únicos que quedan en el país con su estructura original de madera. Y el segundo más grande. La fortaleza fue construida en 1611 y aún hoy se eleva impresionante sobre la ciudad moderna, con sus tejados negros de cumbrera, sus aleros curvos y sus cinco pisos de vigas de madera. Merece la pena subir hasta lo alto para disfrutar de la panorámica de las montañas cubiertas de bosques y la costa suroriental de la isla de Honshu.

Tras el castillo está el santuario sintoísta de Jozan Inari, tan pequeño como coqueto. En tiempos estuvo dedicado al dios (o dioses, porque en japonés no existe el plural) de las buenas cosechas. Por eso los fieles siguen dejando como ofrendas pequeñas figuritas de cerámica blanca en forma de zorro: un animal que elimina roedores y rastreros y por eso se le asocia con la protección de los campos. Por cierto y para mitómanos: al lado de este santuario está la casa museo de Lafcadio Hearn, viajero británico del siglo XIX que recaló por aquí, se enamoró de Japón y se quedó a vivir. Sus traducciones de clásicos nipones al inglés dieron a conocer buena parte de la literatura japonesa en Europa.

Peregrinos y ‘smartphones’

Me detengo luego en otro santuario: Izumo Taisha. En Japón al mes de octubre le llaman el mes sin dioses… porque todos se han ido de peregrinación a Izumo Taisha. Este complejo de templos dedicado a Ôkuninushi, el dios de la buena fortuna y del matrimonio, es el segundo más antiguo de Japón; su historia aparece ya citado en el Kojiki, el relato histórico escrito más antiguo del país (año 712). Tengo suerte, hoy se celebra el Kamiari sai, la gran peregrinación anual a Izumo, que según el calendario lunar tiene lugar entre octubre y noviembre, y el recinto está repleto de fieles de todas las edades que rezan y sacerdotes en procesión con sus túnicas crema, sus sombrero eboshi y sus grandes zapatones negros recitando oraciones ante los altares. Tras cada plegaria, los peregrinos hacen dos reverencias y cuatro aplausos (una peculiaridad de este templo porque lo normal son dos) y luego vuelven con pasión desaforada a fotografiarlo todo con sus smart­phones. Pura mezcla entre el Japón milenario y el moderno.

Viajo por estrechas carreteras de esta comarca sur de la isla de Honshu llana y silenciosa, donde los arrozales llenan todo el espacio que no ocupan las escasas poblaciones o las montañas tapizadas por el del bosque templado caducifolio, el que más abunda en todo Japón. Robles, hayas, arces y olmos pintan cada otoño un maravilloso festival de colores.

El jardín del Adachi Museum of Art, en Yasugi-shi. ampliar foto
El jardín del Adachi Museum of Art, en Yasugi-shi.

Las casas de campo tradicionales suelen tener una hilera de altos árboles —cedros por lo general— a barlovento, para protegerse del fuerte viento de noroeste reinante en estas llanuras. Se podan de una manera muy especial, como los frutales en espaldera, dejándolos crecer en un solo plano para que aumente su efecto pantalla. Me cuentan que solo su mantenimiento puede costar un millón de yenes (unos 8.000 euros) al año y que el número de árboles y su altura son un indicador del poderío económico de la familia que allí habita.

Shimane es también una buena prefectura para visitar jardines, esa afición tan japonesa que les lleva a sentarse durante horas a contemplar la armonía de unos parterres hechos para ser vistos, no para ser pisados. Me llama mucho la atención el jardín del Adachi Museum of Art, en Yasugi-shi. Se trata de un perfecto jardín japonés cuidado hasta el más mínimo detalle que rodea el edificio del museo (dedicado al pintor local Yokoyama Taikan, 1868-1958). Lo singular es que no se puede pisar ni acceder a él. El jardín es una obra de arte más del museo y se observa desde el interior. Otro jardín que impresiona es el de Yuushien, cerca de Matsue.

Sesión de teatro ‘kaguro’

Quedan muchos otros lugares de interés en la región. Aconsejaría no perderse Omori, un antiguo poblado junto a las minas de Iwami, de las que se extraía un tercio de la plata mundial. Su única calle, flanqueada por casas de madera tradicionales y declarada patrimonio mundial, permite hacerse una idea de cómo fue el Japón secreto y aislado de antes de la II Guerra Mundial. También hay que ir una noche a un teatro kagura, una danza teatral sintoísta que data del siglo XVII y que se ha conservado casi exclusivamente en estas regiones sureñas. Aunque antiguamente solo se representaba en festivales y fiestas religiosas, ahora se puede ver todos los sábados por la tarde en el santuario Sanku de la ciudad de Hamada.

Guía

Información

Mi viaje termina en el extremo sur de la isla, en Shimonoseki, prefectura de Yamaguchi. Shimonoseki es un activo puerto pesquero y comercial sin demasiados encantos arquitectónicos que, sin embargo, es parada obligada. ¿Por qué? Pues por su famoso mercado de pescado en el que, además de comer sushi, niguris, makis, shashimis y otras delicias de pescado crudo en los numerosos puestos de comida, puedes probar la especialidad local e icono de la ciudad: el pez globo. Este pez de arrecife es tan famoso como letal. Contiene un poderoso veneno, la tetradotoxina, mortal de necesidad si un humano lo ingiere. Solo pueden prepararlo cocineros cualificados que han estudiado cómo eviscerarlo quitando las partes venenosas.

Bueno, pues algo que en el resto del mundo tiraría para atrás, en Japón es tendencia. Y aquí en Shimonoseki se puede encontrar con mucha facilidad. Lo probé, por supuesto. No me supo a nada especial. Lo mejor del intento es que estoy aquí para contarlo. Son cosas que solo pasan en Japón.