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Rutas urbanas

Destellos de Shanghái

El segundo rascacielos más alto del mundo, con 632 metros, se inaugurará en mayo. Barrios tradicionales, la ruta revolucionaria, tiendas de lujo y mercados callejeros. Visita a la ciudad china más trepidante

En El caso Mao (Tusquets), uno de los thrillers de Qiu Xiaolong, el inspector Chen Cao afirma que lo que caracteriza al actual socialismo chino es “la flagrante incongruencia entre ideología y economía”. En ningún lugar de China es tan patente ese oxímoron socioeconómico como en Shanghái. Menudo chollo: disciplina laboral e ideológica típica de una dictadura, pero economía capitalista de libre mercado y paraíso del consumo. Detrás de todo, la voluntad política de dos personajes clave: Deng Xiaoping (1904-1997), denostado durante la Revolución Cultural como “impenitente seguidor del camino capitalista en el partido” y más tarde conocido como Deng Shopping, porque en los años noventa estimuló la apertura de China al capitalismo; y Xi Jinping, el actual presidente, que desde 2013 ha venido reforzando el control del Partido Comunista sobre la ciudadanía y los medios de comunicación.

El área de Pudong, con la torre de la televisión Oriental Pearl, símbolo de la zona financiera de la ciudad. / Onest Mistio

Shanghái, la megaurbe más capitalista de China, ilustra perfectamente aquella contradicción. Situada a ambas orillas del Huangpu, entre sus casi 24 millones de habitantes se cuentan centenares de los 370.000 grandes millonarios de los que hoy presume China. En términos generales, la ciudad se extiende por dos zonas muy distintas, a las que puede llegarse en taxi (barato) o, aún mejor, en una de las 14 modernas líneas de metro.

En la orilla oriental, Pudong, se ubica el centro financiero, con inmensas estructuras de cristal y acero que acuchillan el cielo, contribuyen con su peso a hundir (a razón de un centímetro por año) el terreno de aluvión en que se yerguen y superan en altura a la Oriental Pearl, la icónica torre símbolo de la ciudad. En la ribera occidental se despliega Puxi, que comprende los muy diversos distritos y barrios del centro histórico y comercial. En su núcleo se alza la ciudad antigua, con el célebre jardín Yuyuan, el atiborrado bazar de turistas, el muy venerado templo de los dioses de la ciudad y, más allá, algunas callejas tradicionales que parecen estar esperando la visita de los bulldozers que en las últimas décadas han modificado dramáticamente el urbanismo de Shanghái.

Complementos casi perfectos

Un plato con 'dim-sum' chinos. / Zigor Aldama

En Puxi también se encuentran las principales arterias comerciales —Nanjing Lu, Huaihuai Lu, Fuzhou Lu— con sus shopping malls y sus tiendas de lujo —de Gucci, Prada o Vuitton a los concesionarios de Masserati o Bentley— y la miríada de boutiques para ­fashionistas de los barrios de Xintiandi o Tianzifang, en los que también se multiplican los restaurantes de moda y la vida nocturna más animada. Y, desde luego, los mercadillos rebosantes tanto de antigüedades fabricadas hace un par de semanas como de imitaciones de todo lo imaginable, desde móviles de última generación hasta complementos casi perfectos de las ya citadas Gucci, Prada o Vuitton, o estatuillas de Mao, muy apreciadas por los nostálgicos pop. El corazón de Puxi es la plaza del Pueblo, con sus vertiginosos hoteles, su parque y el imprescindible Museo de Shanghái.

Pinchadiscos en la discoteca Baby Rich. / Zigor Aldama

El Bund y la Concesión Francesa son los dos principales recuerdos urbanísticos de lo que fue el Shanghái de las concesiones extranjeras. Tras la victoria de los imperios occidentales en la primera guerra del opio (1839-1842), británicos, norteamericanos y franceses (y luego, japoneses) se convirtieron durante más de cien años en los auténticos amos de la ciudad, disfrutando, entre otros privilegios, de una conveniente extraterritorialidad jurídica.

Una pieza del Museo Long de Shanghái. / Antonie Lorgnier

Hoy el Bund, que se extiende por la ribera occidental del Huangpu, frente a Pudong, constituye un auténtico museo vivo de los estilos arquitectónicos europeos del siglo XIX y primer tercio del XX: neogriego, neorrenacentista, modernista, déco. Allí se levanta el legendario Peace Hotel, un emblemático lugar de encuentro de preguerra, cuando la ciudad vivió el momento más literario y aventurero de su existencia: exiliados (rusos blancos, judíos), prostitución de lujo, gánsteres y tríadas (la mafia china) y agitación revolucionaria. Ha sido enorme la fascinación que aquella perla de Oriente ejerció, y sigue ejerciendo, en la literatura (desde La condición humana, de Malraux, hasta Cuando fuimos huérfanos, de Ishiguro) y en el cine occidentales (de El embrujo de Shanghai, de Josef von Sternberg, a La condesa rusa, de James Ivory).

La Concesión Francesa se extiende por distintos barrios. En ella pueden encontrarse ejemplos de villas señoriales, pero también de shikumen, las antiguas construcciones populares de dos pisos comunicadas por pasajes sobremontados por característicos marcos de piedra tallada. También en este amplísimo distrito se encuentran algunos de los mejores templos (confucianos, taoístas) y bellos parques, como el de Fuxing, donde cada mañana puede verse a docenas de ciudadanos desentumeciéndose con ejercicios de taichí o jugando al ­mah­jong junto a los imponentes bustos de Marx y Engels.

Mapa de Shanghái. / Javier Belloso

Porque, entre todos los Shangháis posibles, existe también el Shanghái rojo, repleto de rincones, santuarios y reliquias del pasado revolucionario, y que hay que recorrer provisto de un buen plano en donde estén muy claros los sinogramas (caracteres chinos) que designan los lugares, único sistema útil para conseguir orientación y guía en una ciudad donde muy pocos entienden lenguas extranjeras. El recorrido por ese ­Shanghái revolucionario debería empezar por el Museo del Primer Congreso del Partido Comunista Chino, alojado en un hermoso shikumen que se yergue en plena zona de copas y exclusivas boutiques de vanguardia. Allí tuvo lugar, en julio de 1921, una reunión clandestina de los 13 delegados fundadores que terminó con la elección de Chen Duxiu como secretario general. En la reunión participó, desde luego, el entonces jovencísimo Mao Zedong, que ha pasado a ser principal protagonista en la muy kitsch reproducción —con figuras de cera de tamaño natural— de aquel acontecimiento, que puede admirarse en el museo.

Un puesto de comida callejera en la ciudad china. / Matteo Carassale

Los interesados en el Shanghái revolucionario no pueden dejar de lado la visita a las residencias-museos de las celebrities de la China republicana y socialista. En la Concesión Francesa se encuentran, entre otras, las de Sun Yat-sen (1866-1925), el venerado padre fundador de la República, cuya estatua sedente está siempre rodeada de flores; la de su viuda, Song Qingling (1893-1981), que llegó a ser vicepresidenta de la China socialista, o la de Zhou Enlai (1898-1976), que organizó con Kissinger el legendario encuentro de Nixon con Mao Zedong de 1972.

Los años veinte y treinta del siglo pasado fueron los de mayor agitación política en la ciudad. Una visita a la hermosa calle cultural de Duolun Lu, en el distrito de Hongkou, en la que también se conservan algunos notables shikumen, permite evocar la atmósfera de un barrio donde vivieron intelectuales y escritores como Mao Duo, Guo Moruo y el gran Lu Xun, y donde estuvo la sede, hoy museo, de la Liga de Escritores de Izquierda.

En la zona, por cierto, abundan las tabernas populares donde puede degustarse, por unos 100 yuanes (menos de 1,5 euros) un sustancioso cuenco de sopa con xiao huntun —empanadillas— o, por muy poco más, una docena de xiaolongbao, los exquisitos dim-sum rellenos de sopa y cerdo que constituyen el más conocido plato shanghainés. No lejos de Duolun Lu, y en medio de un hermoso parque, se encuentran la tumba y el museo de Lu Xun (1881-1936), el padre de la literatura china contemporánea.

El pabellón de China, construido con ocasión de la Expo 2010 de Shanghái. / Claudio Cassaro

La llamada Comuna de Shanghái, desde donde Jiang Qing (Madame Mao) y sus camaradas de la Banda de los Cuatro agitaron toda la nación durante la Revolución Cultural, ha dejado muchos recuerdos y, todavía, no pocas heridas. Para empaparse de la iconografía de aquella época conviene visitar dos museos: el de Propaganda y Pósteres Revolucionarios (más de 6.000), ubicado en un destartalado sótano en Huashan Lu (distrito de Xuhui), y, de modo especial, el Museo Long, privado, situado cerca del parque donde se celebró la Exposición Universal de 2010 (cuyo imponente pabellón chino merece la visita). En dicho museo se conservan estupendas muestras de los diferentes estilos de los pintores de la Revolución Cultural. E incluso algún ejemplo de la reinterpretación posmoderna de la época, como el divertido lienzo Noche de Shanghái (2005), de Ni Jun, en el que se representa a Mao bailando con una de sus amantes en una gran sala, mientras es observado por Zhou Enlai, en actitud reflexiva ante una estatua de Lenin. Shanghái, una vez más, se muestra como una gloriosa incongruencia.

Guía

Cómo llegar

» Iberia (www.iberia.com) ofrecerá a finales de año tres vuelos directos semanales entre Madrid y Shanghái, aunque aún no se ha concretado la fecha de inicio de la ruta ni los precios (el vuelo directo entre Madrid y Tokio, a partir del 18 de octubre, desde 612 euros ida y vuelta).

» Swiss (www.swiss.com), Lufthansa (www.lufthansa.com), Qatar (www.qatarairways.com), Emirates (www.emirates.com), Turkish (www.turkishairlines.com) y Finnair (www.finnair.com) vuelan con una escala a Shanghái. Los billetes más baratos cuestan unos 515 euros.

» www.meet-in-shanghai.net

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