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Chartres, la Biblia de cristal

La catedral gótica de la ciudad francesa es un monumento asombroso para cualquier amante del arte. Pero la pequeña ciudad a 80 kilómetros de París atrae también por su atmósfera sosegada y un preservado centro histórico

Era más importante que París. Eso sí, en tiempo de los romanos. Hoy cuenta apenas con 40.000 habitantes, pero no va a menos, al contrario: muchos parisienses prefieren vivir aquí, a 80 kilómetros de la capital, con mejor calidad de vida y tardando lo mismo en llegar al trabajo que si habitasen la banlieue (los suburbios). De época romana no queda nada. Mejor dicho, sí, un santuario a las afueras, donde se proyecta crear el nuevo museo arqueológico. De época medieval queda todo, aunque no se vea. Se ven iglesias, callejuelas, algunas casas de entramado. Pero toda la ciudad baja conserva el esqueleto de la Edad Media, aunque los edificios estén enfoscados o rehechos. Y, por supuesto, está la catedral gótica, una de las más bellas del mundo, en la parte alta. Luminosa y oscura a la vez, llena de vitrales y misterios ocultos. Chartres, a primera vista, parece un pueblo. Pero es un enclave mágico. Y no precisamente por fuerzas telúricas y esotéricas: la magia está en la luz.

9.00  Paseo matinal

La 'épicerie' (tienda de comestibles) Lìtinéraire Gourmand. / Patrick Forget/Age

Existen, pues, dos ciudades, la alta y la baja. En el filo de ambas, la Casa del Salmón (1, pinche sobre el número para ver el mapa ampliado) aloja la oficina de turismo. Allí se puede adquirir el Chartres Pass o apuntarse a alguno de sus circuitos guiados. Es mejor aprovechar la mañana, por la luz, para explorar la ciudad baja y las riberas del Eure. Bajando la Rue du Bourg, enseguida topamos con casas de entramado en la Rue des Écuyers (2). Siguiendo esa calle llegaríamos a Saint-Aignan (3), iglesia gótica con valiosas vidrieras. Pero bajemos hasta el río. Allí nos sorprende San Pedro (4) d, que es como la “otra” catedral; de un gótico más evolucionado, más aéreo, pero vitrales más tardíos. A orillas del río, por las rues de la Foulerie y de la Tannerie, nos asaltan vistas impagables, con puentes, lavaderos, molinos, patos… Un poco más allá, la antigua colegiata de San Andrés (5) es ahora sede de conciertos y exposiciones. Por tertres (escaleras) y callejuelas de sabor medieval, orillando la casa románica, decana del catastro, ascendemos de nuevo a la meseta que corona la catedral.

11.00  Tres iglesias en una

La catedral de Chartres (6) esconde tres iglesias (se puede solicitar la visita a las criptas en la oficina de turismo). La iglesia baja, románica, y la iglesia que estaba encima, que se quemó en 1194; enseguida se inició el actual templo gótico, que se acabó en solo 40 años. Eso da unidad no solo al perfil de la piedra, también al conjunto de vitrales. Único por esa homogeneidad y antigüedad (aunque otras catedrales puedan disputarle récords; aquí, las 172 vidrieras ocupan solo 2.600 metros cuadrados, pero son todas de los siglos XII y XIII). En el año 876, el nieto de Carlomagno regaló un relicario con el velo de la Virgen, que se conserva. De ahí la afluencia de peregrinos. Estos ven en el pavimento de la nave central un laberinto. Los hubo en otras iglesias, y han dado pie a muchas fantasías. Tal vez solo se trata de un símbolo, el camino que debe seguir el bien para vencer al mal; J. K. Huysmans, en su novela La catedral (1898), estudió esos simbolismos. Pero mentes más fogosas, como la de Louis Charpentier (Les mystères de la cathédrale de Chartres, 1966), han convertido este templo en un avispero de claves ocultas que siguen seduciendo a peregrinos heterodoxos.

No fue tal Charles Péguy, el escritor que hizo dos peregrinajes a pie para rogar por su hijo, y que un año antes de morir en las trincheras escribía La Tapisserie de Notre-Dame (1913), donde incluye poemas dedicados a Chartres. La ruta Péguy de París a Chartres acompaña sus pasos con tintes laicos y literarios. La catedral ha inspirado a numeros autores, y, por poner un ejemplo, a James Baldwin en su novela Otro país: “Toda la belleza de la ciudad, toda la energía de las llanuras y todo el poder y la dignidad de la gente parecían haber sido succionados por la catedral. Era como si la catedral demandara, y recibiera, un perpetuo sacrificio viviente”.

13.00  Granero de Francia

Mapa de Chartres. / Javier Belloso

La catedral es un mundo, con más de 5.000 figuras trepando pórticos y vidrieras que nutren el espíritu. Pero el cuerpo reclama lo suyo, hay que reponer fuerzas. A la región de Chartres, la Beauce, se la llama “el granero de Francia”. Con su pródigo cereal se fabrica una cerveza artesana, L’Eurélienne, rubia o tostada, que puede servir de aperitivo. También el bocado más típico, el paté de Chartres, usa cereal como corteza y se presenta como un panettone. El mejor lugar para degustarlo es Le Geôrges (7), restaurante gastronómico, y La Cour (8), brasserie más asequible, del hotel Le Grand Monarque (22 Place des Épars). Otros sitios donde probar platos típicos de la zona son Les Feuillantines (9) (4 Rue du Bourg) y, al pie de la catedral, Le Parvis (10) y el nuevo Café Bleu (11).

16.00  Los artistas del vidrio

A un costado de la catedral, la antigua Casa de Diezmos ha sido convertida en Centre du Vitrail (12), que es a la vez museo, taller de restauración, centro de estudio y sala de exposiciones de artistas del vidrio. La parte alta (donde el obispo almacenaba el grano) ha sido reconstruida, mientras que la cava (donde se recogía el vino) conserva sus bóvedas románicas. Al lado (todo en Chartres está al lado), el palacio del obispo, con agradables jardines, es ahora el Museo de Bellas Artes (13). Entre sus colecciones figuran instrumentos musicales, tanto antiguos como recreados a partir de las figuras de la catedral, y la donación que hizo la viuda del pintor fauve De Vlaminck. Vivían cerca, en Rueil-la-Gadelière, y cometió el error de participar, en 1941, en un viaje organizado por la Francia ocupada para conocer arte alemán (nazi), algo que oscureció su futura carrera. Murió en 1958. También hay pinturas de Soutine, otro artista afincado en la región.

18.00  Fiesta de la luz

Una selección de 'macarons' en la 'chocolaterie' David Lambert.

La ciudad alta es también la nueva y no carece de encanto. Sobre todo si uno va buscando golosinas de la tierra. Como le sablé de Beauce (pastas), el mentchikoff (chocolate forrado de merengue), el pastel pèlerin o los ubicuos macarons. Tienen buen surtido de ello en La Chocolaterie (14) (Place Marceau, 14), David Lambert (15) (Rue du Soleil d’Or, 23) o Les Saveurs du Marché (16) (Place Billard, 1). Conciertos no faltan, sobre todo de música antigua. En el Théâtre de Chartres se puede ver ballet. También abundan los festivales; uno especial es Chartres en lumières: todas las noches, de abril a octubre, cerca de treinta puntos se convierten en espectáculo (gratuito) de luz y sonido. Casi todos los hoteles se concentran a pocos pasos de la estación de tren (17). Allí, por cierto, avanzan las obras para transformar el área en un polo de ocio, con un gran auditorio, centros comerciales, restaurantes y cafeterías. Chartres no se duerme en el pasado.

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