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Fin de semana

Sonrisas desde Procida a un paso de Nápoles

En la pequeña isla italiana en la que se rodó ‘El cartero y Pablo Neruda’ nos espera el mar y gente amable y conversadora. Y unos pasteles que se llaman ‘linguas’

Vista de Procida, isla frente a Nápoles.

Vista de Procida, isla frente a Nápoles. / Gabriele Scotto di Fasano

Bañarse en las aguas de Procida es como morirse en los brazos de tu amante, si lo tienes. También puede ser un amante ideal, ese que te acompaña como ninguno cuando vas sola por un lugar como este, un lugar que el turismo, por fortuna, aún no ha invadido y que, siendo tan parecido al paraíso, sigue perteneciendo a sus habitantes. Es así de tal manera que cuando te ven ni te detectan, vayas con amante o sin él. Inmediatamente la isla te acoge, te disuelves en ella. Los melocotones siguen teniendo el tamaño, el sabor y el precio de un melocotón real, de esos que ya solo existen en las novelas. Y a la gente, cuando le preguntas, sueles encontrarla bastante predispuesta a darte una respuesta, con lujo de detalles. Nada, ningún otro lugar de la tierra puede ser tan dulce como esta Procida de apenas cuatro kilómetros cuadrados y 10.000 habitantes, una isla volcánica que puede caminarse en un par de días de norte a sur y de este a oeste, como hecha a la medida para quien huye de su sombra.

Aquí fue rodado El cartero y Pablo Neruda, la película inspirada en la novela de Skármeta y que recrea la estancia de Pablo Neruda en la vecina Capri, y también aquí navegó El talento de Mister Ripley, la adaptación de la novela de Patricia Highsmith. Autores como Elsa Morante o Alphonse de Lamartine encontraron en este lugar la inspiración para obras como La isla de Arturo y Graziella. El denominador común de todas estas obras es la tragedia, o mejor dicho la desgracia de los inocentes. Dramas que ocurren a personajes sencillos, casi ingenuos, y que parten sus vidas por la mitad. Y sin embargo la isla en sí exhala felicidad, el bienestar de los sencillos actos cotidianos. Es desembarcar en Procida y empezar a ver sonrisas por todos lados.

Barcos en el puerto de Procida. / Francesco Riccardo Iacomino

Los procidanos tienden a la felicidad de un modo casi sospechoso, y una no puede hacer otra cosa que dejarse ir, dejarse acunar entre cuerpos y sonrisas en el pequeño autobús que te lleva hasta la casa, un alojamiento al que ingresas por un tupido y verde pasadizo hecho de hojas de higuera e interceptado por gatos que se cuelan hasta el lavabo de tu habitación. Gatos con dotes de mando. Toda la mansedumbre y la pachorra de los procidanos se traduce en sus gatos en un vigoroso estar alerta. Entran y salen como estrictas gobernantas de hotel, mientras el dueño o supuesto regente departe en chancletas y barbas de cuatro días. Pero de qué va a preocuparse este hombre, Dios mío, si con dos higos de su higuera ya podría vivir.

Y encima existe algo aquí tan delicioso como las linguas, un pastel así llamado porque la lengua se olvida de sí misma cuando entra en contacto con él. Todo, la comida, el aire, el agua del mar…, es dulce. Y sin embargo los escritores han exprimido de tan delicioso bocado solo desgracias. Profundas desgracias. ¿Será porque solo en un lugar así se puede mirar de frente a la tristeza? Qué amalgama tan curiosa.

Voy de una playa a otra, de Chiaia a Chiaiolella, como quien transita del agitado norte al sur en calma. No traigo un plan de ataque, ni mucho menos. Ni planos, ni guías, ni información de Internet. Así que cuando llego le pregunto a mi anfitrión dónde está el mar. Me entiende a la primera: por allí, me dice, bajas y te lo encuentras. Y lo que me encuentro es la playa más frecuentada por los lugareños, su joya noroccidental, la Chiaiolella. Me doy de bruces con el mar y todos ellos, pero se han puesto de acuerdo para no ser muchos y para no molestar.

Mapa de Procida (Italia). / Javier Belloso

Toda la playa es un largo pasillo en línea recta de muy poca profundidad, con la pared de roca volcánica levantándose vertical a tus espaldas, casi amenazante, la arena negra a tus pies y el mar poniéndote contra las cuerdas. ¿Y voy a bañarme aquí? A primera vista tuerzo la nariz, pero es amoldarse a este mundo nuevo, entre sobrecogedor y metafísico, y lo amenazador se vuelve increíblemente tierno. Y el agua puede que tenga sal, pero es de esos mares en los que se comprende que Ulises se olvidara de sí mismo.

Los colores de Corricela

Mi gran preocupación entonces es qué hacer, si pasarme aquí la vida o dedicar a la playa un par de horitas. Y cuando ya he renunciado a todo mundo por conocer, después de dormir, de comer, de bañarme varias veces y leer 80 páginas de Primo Levi, me doy cuenta de que ¡no ha pasado el tiempo! ¿Cómo puede ser? Me pongo a caminar y recorro a pie toda la parte noroeste de la isla, con la sensación de que mi alma se ha quedado para siempre en los escollos de Chiaiolella. Y así, como el que pasea sin alma por sus jardines, le doy la vuelta entera al puerto de Chiaiolella y a la península de Solchiaro, la parte noroccidental de la isla. Ahí me encuentro, llegando ya a la impresionante vista de Chiaia, con el lugar que Carlos III dedicaba a sus estancias en este paraíso, su particular coto de caza. Ya estamos acercándonos a la parte sur, y a lo lejos veo una aglomeración de casas que es como un espejismo. Algún pintor renacentista la ha puesto ahí, como un trampantojo de colores, ¿es real o no? Pues ese paraíso inalcanzable desde la distancia no es ni más ni menos que la Corricela, el barrio marinero donde se comen los espaguetis con alisci más inesperados, con Capri al frente e Ischia a estribor.

Guía

Información

- Varias navieras ofrecen rutas a Procida: www.caremar.it, www.snav.it, www.procida.net y www.minicrocieregestur.com

- Isla de Procida: http://www.isoladiprocida.it/

. Turismo de Campania: http://incampania.com/

Tampoco ahí me resisto a pegarme un baño, y me doy cuenta de que estoy en otro mar. La tarde ha pasado y el sol se pone. Y yo me levanto, convencida de que aún tengo tiempo de volver a casa por la costa opuesta, y ahí, de vuelta a mis gatos, me encuentro con la playa donde se rodó El cartero y Pablo Neruda. Pero ya no tengo fuerzas para bañarme más, ha caído el día y está sombrío. Y además de frente está Nápoles, que me espera con sus fauces, así que de momento me voy a reservar…

¿Queda tiempo para algo más? Sí. Vuelvo sobre mis pasos y desde lo alto de la Corricela contemplo el magnífico promontorio de Terra Murata. El duque de Ávalos, en tiempos de Carlos V, tuvo su feudo aquí. Yo lo recorro todo en pocos minutos, que se convierten en un improvisado paseo en coche con un procidano que me encuentro en el camino y que se presta a enseñarme la ciudad antigua, con su fisonomía griega y su arquitectura de arcos que sedujo a Manuel de Oliveira; el castillo de Ávalos, la fortaleza de los tiempos del emperador Carlos; y la vista más magnífica de la isla, donde los amantes van a sellar su promesa.

Mi amigo espontáneo habla español, lo aprendió de una novia de Bilbao que conoció en Roma y tiene un tío que vive en Argentina. Mientras su mujer no sale de misa de siete, él aún tiene tiempo de acompañarme hasta el muelle a tomar mi barco. Y ahí, en la apoteosis de lo naíf, mi súbita amistad me pregunta si volveré alguna vez a la isla. Pues claro que volveré, le digo, espero que usted me encuentre una casa para vivir. Y en ese momento echo de menos a mis gatos del bed and breakfast. ¡Pero si yo no me voy hasta mañana, aún tengo un día más para vivir! El procidano se ríe y se ofrece a llevarme a casa. “¿Y conoce a Javier Marías?”, me pregunta por el camino. Me quedo estupefacta. Le digo que sí. “Pues dele recuerdos. Me encanta lo que escribe, pero qué loco está. ¿Ha leído usted Mañana en la batalla piensa en mí? Cómo se puede imaginar uno que tu amante va a morirse un día en tus brazos”.

Pues sí. Tal y como una quisiera morirse en Procida, y que le quiten lo vivido.

Luisa Castro es poeta y directora del Instituto Cervantes de Nápoles.

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