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Un paseo mágico por Toulouse

Ruta por la ‘ville rose’ que mezcla la singular luz que reflejan sus fachadas de piedra y arcilla con espectaculares atardeceres mirando al río Garona

Patinaje sobre hielo en la Place du Capitole, en Toulouse. / Patrice Nin / Ville de Toulouse

Pasear por Toulouse precisa tiempo, pues un fin de semana apenas alcanza para visitar una ciudad que atesora milenios de historia y siglos de conservación de su patrimonio. Para leer en profundidad su centro histórico se requiere de un abanico de saberes que rara vez coinciden en un mismo cuerpo: arquitectura, historia, urbanismo, literatura, paisajismo, pintura y hasta sociología. Si añadimos que la luz de la ville rose en lugar de brillar, ilumina – regalo y reto para fotógrafos –, al pasear por ella ocurre como frente a ciertas obras maestras del arte: maravilla sin saber explicar por qué.

Mientras aguarda su ingreso en el patrimonio mundial de la Unesco –el ayuntamiento promueve ya su candidatura–, proponemos una ruta por una urbe que no apabulla la mirada como París, que no se exhibe como Barcelona, que no deslumbra como Florencia pero que, al mismo tiempo, resulta tan hermosa como estas.

La mejor manera de descifrar este misterio es visitar, uno a uno, los barrios históricos del centro urbano: Arnaud Bernard, Capitole, Saint-Georges, Saint-Étienne, Carmes y Saint-Cyprien. Gracias a la fundación romana de la ciudad, en época de Augusto, los ejes cardo (norte-sur) y decumanus (este-oeste) sirven como referencias simbólicas para deambular a nuestro aire por todos ellos. El Jardín de Plantes siempre es un buen comienzo. Antiguo parque botánico del siglo XVIII, unido por pasarelas al Grand Rond y el Jardín Royal, es el rincón verde con más encantado de Toulouse, cuidado con especial mimo y salpicado por estatuas neoclásicas que a menudo comparten espacio con las exposiciones del Museo de Historia Natural, integrado en el parque.

Un exposición del Museo de Historia Natural en el Jardín de Plantes, en Toulouse. / P. Nin/ Ville de Toulouse

Desde allí, por la rue Ozenne, entramos en Saint-Étienne, y conviene deambular durante un buen rato por sus calles ya que es una de las zonas más bonitas de la ciudad. Además, es inexcusable una visita a la catedral que da nombre al barrio, un buen ejemplo del estilo de arquitectura religiosa propio del Midi, el gótico meridional. Aunque, más allá de etiquetas históricas, el único estilo de los monumentos religiosos locales sea, probablemente, el sui géneris. La catedral de Saint-Étienne parece diseñada por un niño jugando con piezas de Lego. A la iglesia de Saint-Jérôme se accede por un pasaje para descubrir que, en realidad, es un teatro. En la basílica de Saint-Sernin, que ya es patrimonio mundial y forma parte del Camino de Santiago, cada 29 de noviembre se da rienda suelta al pagano rito de las Saturnales. El Convento de los Jacobinos, proeza del gótico minimalista, fue uno de los primeros centros de la Inquisición en su persecución contra los cátaros y, siglos más tarde, con la Revolución francesa y Napoleón, se convirtió en cuartel, polvorín y hasta cuadra de caballería. En definitiva, un conjunto de belleza arquitectónica, interiores que en muchos casos imita el de una tienda de antigüedades y ladrillos, sobre todo muchos ladrillos.

Una ciudad surgida del río

En Toulouse no hay una cantera de piedra cercana, pero a cambio tiene las inagotables gravas, arenas y arcillas del Garona. Es una ciudad literalmente extraída del río. Ese vínculo le otorga incluso su sobrenombre, la ville rose, en referencia al color de los ladrillos iluminados por la luz impresionista del Midi. Paseando por el centro se contemplan, uno tras otro, edificios levantados con ladrillos de tierra cocida, estructuras de pilares y vigas de madera a flor de fachada, e hileras de ventanas y postigos pintados en azul pastel, color que convirtió a Toulouse en una ciudad rica y famosa.

Fachadas de la plaza de Saint Etienne, en Toulouse. / Andia/UIG

La riqueza se observa a cada paso en Saint-Étienne, el antiguo barrio de los magistrados (les capitouls), con gran profusión de hôtels: palacetes construidos por la burguesía entre los siglos XV y XIX cuya seña de identidad es el maridaje entre piedra – signo aquí de distinción y poder – y ladrillo, así como exhibir en la entrada puertas de madera desmesuradas.

Uno de los más singulares, y no precisamente por su belleza, es el Hôtel d’Espie, en la rue Mage, actual consulado de Bélgica. Uno de los pocos edificios del centro, si no el único, coronado por una verja de púas con alambre de espino, metáfora de las entrañables relaciones franco-belgas. No obstante, el más bello – y visita ineludible en el barrio de Capitole– es el Hôtel d’Assézat, en la rue de Metz, obra maestra de la arquitectura renacentista y sede del museo de la fundación Bemberg, que custodia una excepcional colección de arte.

Pero antes hay que disfrutar de las terrazas en la plaza de Carmes, explorar su mercado y ojear algún libro viejo en su puesto bouquiniste. Con suerte encontraremos alguna edición de Terre des Hommes, de Antoine de Saint-Exupéry, donde el autor de El principito relata sus primeros años como piloto en la compañía l’Aéropostale que unía Toulouse con Dakar. Desde allí, los viejos pasos del cardo nos conducen, por la rue des Fillatiers, hacia el barrio de Capitole. Conviene recordar esa calle, y las adyacentes, donde por la noche, en bares como Le Carbet d’Oc (4 rue des Filatiers; +33 9 54 60 32 57) o el Borriquito Loco (25 Rue des Paradoux; +33 5 61 25 34 54), podemos dedicarnos a las tapas, las copas y la música. Al atravesar la plaza de Esquirol, antiguo foro romano, de nuevo lo mejor es dejar que los pasos nos lleven donde quieran. El antiguo barrio de los comerciantes es un laberinto de calles estrechas, en curva, con el horizonte cerrado por otros edificios, signo medieval de que el viento y el frío tolosano no deben tomarse a la ligera. Los graznidos de las gaviotas que van y vienen al Garona crean breves ilusiones marinas mientras la mirada se fascina en los escaparates de algunas tiendas: pequeños retablos de artesanía, bodegones con la firma del amor francés por el detalle y el trabajo bien hecho.

Si los pasos conducen al viajero hacia el este, desembocara en la coqueta plaza de Saint-Georges, corazón de la ciudad hasta la época moderna y hoy patria de la bourgeois-bohème, la burguesía bohemia o bobos, como se conoce en Francia a los afortunados en la ruleta de la vida y las clases sociales. Para descifrar el paisaje humano, conviene sentarse en cualquiera de sus terrazas con un libro del insigne bobo Emmanuel Carrère como guía o, si se prefiere, el universal poema Los pitucos, de Mario Benedetti. En cualquier caso, tras ese decorado, son la Historia y la Filosofía quienes dominan la plaza: aquí se ejecutó en 1762 a Jean Calas, affaire investigado por Voltaire y semilla de su Tratado sobre la tolerancia, tan necesario hoy (por desgracia) como hace dos siglos y medio.

Arcos con recuerdo miliciano

Fresco que recrea la famosa foto de Robert Capa 'Muerte de un miliciano', en la Place du Capitole, en Toulouse. / Felipe Gracia

Desde allí, la rue de la Pomme conduce a la Place du Capitole que, entre requiebros de la Plaza Mayor de Madrid y pinceladas del renacimiento italiano, está considerada una de las plazas más hermosas del país. En su cuadrilátero se dan cita la famosa Opera de Toulouse, el nobiliario ayuntamiento, hoteles de lujo y mercados populares. Al abrigo de sus arcos, una serie de frescos resumen los episodios y personajes más significativos de la villa. Allí aparece la icónica imagen de Capa, Muerte de un miliciano, junto con motivos del Guernica de Picasso, testimonio de la huella que la Guerra Civil Española dejó en la ciudad. A escasos metros se encuentra el café Le Florida, que aún conserva la decoración art déco bajo la que se cobijaron, en tertulia, los exiliados republicanos.

En Capitole la mirada busca por instinto la rue du Taur, por su aire medieval entre la agitación estudiantil y mundana. Taur conduce a la Basílica de Saint-Sernin, y a partir de ahí no hay mejor opción que dejarse perder otra vez por las calles en dirección a la rivera del Garona. Entre la plaza de Saint-Pierre y el Pont Neuf discurre uno de sus tramos más bellos. Caminando bajo los árboles de la Quai Luncien Lombard o acodados en su pretil, a ras de agua en la Daurade o en la terraza del Café des Artistes, los toulousains crean la música de la ciudad: una sinfonía de conversaciones que mezclan árabe, español y francés, con innumerables punteos en idiomas de cualquier rincón del planeta.

En la otra orilla espera el barrio de Saint-Cyprien, tan inexplicablemente cosmopolita como gaulois, con su pradera de Filtres, su Château d’Eau, el Hôtel Saint-Jacques, la Quai de l’Exil-Républicain-espagnol y la cúpula de la Grave. Es el telón de fondo perfecto para contemplar el monumento más importante de Toulouse: los atardeceres sobre el Garona. En el caso improbable de que la Unesco considere el ocaso como mérito patrimonial, tendrán que crear una categoría especial para definir los de esta villa francesa, donde el cielo, como un espejo, refleja todos los colores de la ciudad.

Atardecer en la escalinata de Saint-Pierre, junto al río Garona, en Toulouse. / P. Nin / Ville de Toulouse

En algún lugar está escrito que al caer la noche Toulouse le regala al viajero una calle mágica. Con las últimas luces y las primeras sombras, algunos cuentan que vieron una tan hermosa, única y secreta, que ni siquiera pueden describirla. Cuentan que caminar por ella fue como recorrer una línea de sus manos que aún no conocían. Nadie regresa dos veces a esa calle, aunque después la busque sin descanso, aunque rastree la ciudad durante años. Hay quien dice que Toulouse sabe que su misterio será nuestro recuerdo y gracias a esa calle vivirá para siempre en lo que somos. Tal vez no sea más que una leyenda, tal vez para algún viajero se convierta en realidad.

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