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Fuera de ruta

Estados Unidos en 10 saltos

En coche de Seattle a Chicago, pasando por San Francisco, Hollywood, Las Vegas y San Luis. Un viaje familiar con un niño y un adolescente y muchas oportunidades para el asombro

Sala de estar de la Biblioteca Central de Seattle, proyectada por OMA, el estudio del arquitecto holandés Rem Koolhaas. El edificio fue inaugurado en 2004 y destaca por su muro cortina facetado en forma de diamante. Ampliar foto
Sala de estar de la Biblioteca Central de Seattle, proyectada por OMA, el estudio del arquitecto holandés Rem Koolhaas. El edificio fue inaugurado en 2004 y destaca por su muro cortina facetado en forma de diamante.

Este viaje es un plan familiar amasado a lo largo de años. Se trata de atravesar Estados Unidos para conocer (los hijos) y para reconocer (los padres). Es, por tanto, un viaje en el tiempo transoceánico. Y transgeneracional. Así, promete ser una aventura por lo menos de convivencia: dos adultos cuarentones conduciremos durante algo más de un mes a un niño de 11 años y a un adolescente, lúcido y cansado a partes iguales, que se diría que está haciéndonos el favor de acompañarnos.

Embarcamos hacia Seattle (vía Ámsterdam), la idea es cruzar el país por tierra desde uno de los extremos. Y la elección de esa ciudad al noroeste de EE UU resulta ser buena: poco jaleo en el avión y un paso fluido por inmigración. Nos queda toda la tarde para ver la ciudad y cuando termina el día tenemos la sensación de haberla liquidado. ¿O es ella la que ha acabado con nosotros?

El perfil urbano de Seattle, en el que destaca la torre Space Needle (de 1962) con sus 184 metros de altura. ampliar foto
El perfil urbano de Seattle, en el que destaca la torre Space Needle (de 1962) con sus 184 metros de altura.

01 La ciudad de Bill Gates

Puede que no sea casualidad que Bill Gates viva en Seattle. Retirado en uno de los rincones más hermosos del país (hay que subir al observatorio Space Needle para contemplar la generosa geografía de las montañas Cascade al este, las Olímpicas al oeste y la bahía de Puget Sound), la presencia de Gates en el centro de la ciudad es discreta, pero constante: basta con fijarse en los listados de patronos en las agradecidas paredes de los museos y bibliotecas. Seattle es a la vez la meca del grunge y el lugar donde Boeing instaló su sede. Aquí se abrió el primer Starbucks del mundo. Y ese espíritu de contrastes casa con el clima emprendedor de una ciudad a la que los primeros europeos llegaron en el siglo XIX. La magnífica biblioteca pública tiene una década. Pero tiene fama mundial. El holandés Rem Koolhaas hizo en ella un tour de force. No hace falta que sepas leer —ni mucho menos que entiendas de arquitectura— para disfrutar de un recorrido lleno de sorpresas y luz en el que se rodean los libros descendiendo o ascendiendo por una rampa como el que busca aparcamiento en un garaje. Es además un lugar de inclusión. En la planta baja, uno puede tomarse un café pagándolo. O sacarlo de un termo. Nadie dice nada. Y los mendigos conviven (se deduce porque hay varios) con los lectores. Será que la cultura hace posible el respeto.

El puente Golden Gate (cuya construcción finalizaó en 1937), en San Francisco. ampliar foto
El puente Golden Gate (cuya construcción finalizaó en 1937), en San Francisco.

02 Sausalito y Alcatraz

La gasolina es barata en Estados Unidos, pero, ojo, donde venden gasolina venden coca-cola. Huya del tamaño XXL, aunque solo cueste dos centavos más; de lo contrario, será la soda, y no la gasolina —o el itinerario—, lo que determine sus paradas. Nuestra siguiente parada seria es San Francisco. Lo ha visto tantas veces en postales, pelícu­las y hasta en posavasos que creerá conocerlo. No se fíe. Aproveche que viaja en coche para conducir hasta el Golden Gate, en la parte norte, frente a Sausalito, y para ver la isla de Alcatraz. Es casi imposible verlo sin nubes. Con más de dos kilómetros de largo, el puente colgante más famoso del mundo fue en 1937 la mayor obra de ingeniería. Hoy no es el más largo de su ciudad. Su ingeniero, Joseph Strauss, fue también pionero a la hora de instalar redes de seguridad que salvaron la vida a muchos obreros. Paradójicamente, en 2014, esas redes volvieron a instalarse para tratar de poner fin a los suicidios (más de 1.600 en la historia del puente) que se producían desde la ruta US101 que lo atraviesa. Si sigue la carretera hacia los espectaculares acantilados del Big Sur puede visitar el Hearst Castle, el presuntuoso hogar del magnate de la prensa. Si no le gustan las imposturas, enfrente vive una colonia de leones marinos muy fotogénicos. Están anunciados justo antes de llegar a San Simeón.

Guía

Información

» Oficina de turismo de Estados Unidos (www.discoveramerica.com). Ofrece un apartado de viajes en coche.

» www.visitseattle.org

» www.sanfrancisco.travel

» www.discoverlosangeles.com

» Fundación Frank Lloyd Wright (www.franklloydwright.org).

» www.visitlasvegas.com.au

» www.denver.org

» www.visitkc.com

» explorestlouis.com

» www.choosechicago.com

03 Una catedral ‘made in Spain’

Si le interesa la arquitectura, hará bien en conducir hasta el centro de Los Ángeles. Si le interesa saber cómo vive la gente, deberá abandonarlo. En el downtown maldecirá la idea de querer conducir por Estados Unidos. Resuélvalo rascándose el bolsillo: hasta la catedral, una de las grandes obras del arquitecto español Rafael Moneo, tiene parking. Sea o no religioso, merece la pena entrar para comprender qué puede ser una catedral moderna. Camine hasta el vecino auditorio Disney de Frank Gehry. Lo reconocerá porque es primo hermano del Guggenheim. Está en Grand Avenue, frente a otro edificio singular, el MOCA, que diseñó Arata Isozaki en 1979 y contiene una gran colección de arte pop. El resto del centro denso está formado por rascacielos déco, la calle de Hill Street (algunos recordarán la serie), una plaza pública singular ideada por el mexicano Ricardo Legorreta y rascacielos posmodernos anodinos lo suficientemente cercanos unos de otros como para que en las calles haya sombra.

Estrellas en el paseo de la Fama, en Hollywood, Los Ángeles. ampliar foto
Estrellas en el paseo de la Fama, en Hollywood, Los Ángeles.

04 Pollo frito en Sunset Boulevard

Le vendrá bien el coche para llegar hasta Santa Mónica, en la costa, o a la vecina Venice (con canales y de aire más hippy), en el lado sur. También si decide conducir hasta Hollywood para darse cuenta de que Hollywood era eso: baldosas con forma de estrella y nombre de actor que pisamos los turistas. El cartel y los estudios cinematográficos quedan a lo lejos. También descubrirá que hasta Sunset Boulevard es una carretera de extrarradio con puestos de pollo frito o que en Beverly Hills sí hay palmeras. También se necesita coche para llegar hasta el Getty Center. De hecho, solo cobran por entrar al aparcamiento. Del parking a cualquiera de los edificios diseñados por Richard Meier uno llega en un tranvía que corre paralelo a la autovía. Cuando salga de Los Ángeles le parecerá una bendición la ruta anodina plagada de cactus que le llevará hasta Arizona.

Interior de la casa escuela Taliesin West, de Frank Lloyd Wright. ampliar foto
Interior de la casa escuela Taliesin West, de Frank Lloyd Wright.

05 Un ave fénix en el desierto

El arquitecto más famoso de la historia de Estados Unidos, el autor del Guggenheim de Nueva York, llegó hasta el desierto de Arizona huyendo de la humedad de Wisconsin. Frente al paisaje agreste y respirando aire seco, Frank Lloyd Wright aprovechó para reinventarse, una vez más, y para reinventar su idea de la arquitectura (por enésima vez también). Merece la pena pagar la cara entrada a Taliesin West (aunque el adolescente de nuestro grupo propone quedarse el dinero, unos 32 euros, y esperar fuera, bajo el sol y a 45 grados) porque la biografía de Wright es una lección de genialidad, recursos, egocentrismo e inagotable creatividad. El arquitecto tenía cerca de 60 años cuando llegó hasta aquí con su cuarta esposa. Taliesin West es una casa-escuela. Y el primero que tuvo que aprender en ella fue el gran divo. Se utilizaba solo en invierno. No se cerraba. Durante años, todos, constructores y arquitectos, vivieron en tiendas de campaña con los estudiantes mientras juntos, con rocas del desierto y arena colada, levantaban los edificios. La lección de arquitectura era también de vida. Allí se enseñaba geometría y cocina, estética y costura. A esas condiciones se opone la sofisticación de un cabaret, un capricho del maestro, en el que la acústica del piano encerrado bajo tierra sorprende a los visitantes. Para ver esta casa a las afueras de ­Scottsdale, cerca de Phoenix, hay varios tours. Todos extensos y en inglés. La visita es fascinante. Nuestro guía era hijo de dos antiguos estudiantes. Había vivido allí hasta los 10 años. Luego volvió: “El desierto crea adicción”, dice.

El famoso cartel de bienvenida de la ciudad de Las Vegas. ampliar foto
El famoso cartel de bienvenida de la ciudad de Las Vegas.

06 Micromundo circense

También Las Vegas está en medio del desierto (de Nevada). Pero se relaciona con él de la manera opuesta: negándolo, oponiendo los canales de alguno de sus hoteles (Venetian) a la sequía circundante. Así, esta ciudad funciona como lo que es en realidad, un espejismo, un micromundo en el que, en un más difícil todavía, los hoteles han ido sustituyendo los neones por las atracciones globales más conocidas. Con su propia Torre Eiffel, una esfinge mayor que la de Guiza, su Estatua de la Libertad, su puente de Rialto y hasta su London Eye, Las Vegas es, además de un pastiche circense, un territorio fuera de la ley. Se puede fumar en los interiores y beber hasta el coma etílico por la calle. Eso la convierte en el destino favorito de los viajes de fin de curso. Al niño le decimos que es mejor que Disneylandia (no le falta ni la montaña rusa en un hotel ni el castillo de Excalibur en otro). Al adolescente, que es el fin del mundo.

El Gran Cañón, en Arizona. ampliar foto
El Gran Cañón, en Arizona.

07 Un café con los indios navajos

Viajar en coche sirve para poder estar solo. Para llegar hasta el Gran Cañón y aparcar en uno de los miradores alejados de los autocares. Sirve para continuar la ruta por el paisaje-escenario que comparten Arizona y Utah. Y para pararse a comer en el Blue Pot Café, gestionado por indios navajos en Kayenta, de camino hacia Mexican Hat. Con ventiladores en lugar de aire acondicionado y con platos de cerámica en lugar de vasos de plástico, es único en la zona y, naturalmente, también el más sostenible. Se nota quién lleva años habitando el lugar. Nuestro contaminante coche también sirve para acompañar al río Colorado durante kilómetros. Eso es posible cogiendo la ruta secundaria 128B desde Moab, al norte de Utah. Para entonces, usted habrá visitado los paisajes desérticos de Monument Valley —los escenarios en los que filmaba John Ford sus películas del Oeste—. La carretera sigue pasando por las formaciones de arena y el horizonte sigue estando despejado. Es, todavía, un lugar detenido en el tiempo. En algún rincón, los navajos venden sus artesanías. En Utah, cerca de Springdale, Zion Park permite trepar por las paredes. Y unas vistas que parecen propias de un escenario de ciencia-ficción. Uno nunca sabe dónde estará la aventura, pero intuye que no puede haber mejor escenario para ella que estas torres de arenisca.

08 Una casa para Clyfford Still

De la mano del río Colorado verá cambiar el paisaje del desierto a las laderas alpinas hasta hacer noche en Denver. El LoDo (Lower Downtown) es alegre y peatonal: un tranvía gratuito se encarga de que se mantenga inclusivo y poco contaminado. En uno de los extremos de la calle 16, junto al State Capitol, el extravagante museo de Daniel Libeskind —el coautor del rascacielos que ha sustituido a las Torres Gemelas en Nueva York— da la mano al antiguo del italiano Gio Ponti que recuerda un castillo. También la vecina biblioteca posmoderna de Michael Graves explica un cuento de hadas frente al Civil Center Park. Por eso conviene mirar dos veces para que los gritos de estos tres inmuebles no le oculten al hermano pequeño. Es este el que contiene el mayor tesoro. El artista Clyfford Still dejó todo su legado al Estado que supiera acoger su trabajo sin desmigarlo. El edificio es sobriamente elegante. Tiene un lustro, pero podría tener cinco décadas. Y lo mismo sucederá dentro de un tiempo. El interior explica cómo el estilo del artista del expresionismo abstracto derivó de su convivencia con los indios de la reserva de Colville.

El arco Gateway de San Luis, cuya construcción finalizó en 1965 según un proyecto de Eero Saarinen. ampliar foto
El arco Gateway de San Luis, cuya construcción finalizó en 1965 según un proyecto de Eero Saarinen.

09 El arco de los pioneros

Tras hacer noche en Kansas City (una ciudad con dos centros y una Giralda), en San Luis espera un monumento que es a la vez muy visible y casi invisible. Parece dibujado de un solo trazo, pero el arco Gateway fue una hazaña de la ingeniería que el arquitecto Eero Saarinen levantó, póstumamente, en 1965, para marcar la salida de los aventureros hacia el Oeste. Por entonces, San Luis era la cuarta metrópolis más poblada de Estados Unidos, solo por detrás de Nueva York, Brooklyn y Filadelfia. De ese puesto descendió hasta el número 27, como se encargó de contar Jonathan Franzen en su primera novela: The 27th City. El arco conmemoraba a los pioneros que emprendieron la aventura de reinventar su vida y la del país que quedaba en el oeste. Hoy sigue siendo un umbral elegantemente plantado junto al Misisipi al que se puede subir metido en una cabina en un viaje de película espacial trasnochada. En lo alto, las vistas multiplican la ciudad: la de la vida universitaria (junto al gigantesco Forest Park, donde está el magnífico Museo de Arte) y la del destartalado centro urbano. Una urbe en la que las razas no están mezcladas. Todo lo contrario a lo que sucede, por lo menos entre la clase educada, en las calles del corazón de Chicago.

La fuente Crown, del artista español Jaume Plensa, en Chicago. ampliar foto
La fuente Crown, del artista español Jaume Plensa, en Chicago.

10 Agua en los labios rojos

En Chicago es fácil pasarse el primer día con la cabeza hacia atrás mirando las alturas y la boca abierta coreando las sorpresas. Hasta el adolescente lo corrobora. En el ranking del viaje, que vamos elaborando en las horas muertas al volante, ha pasado a ser su ciudad favorita. Conviene quedarse varias noches para conocer el centro y los barrios, pero incluso una visita de 24 horas servirá para deslumbrar con la tupida vanguardia arquitectónica que crece en el Loop —entre las vías elevadas del metro— y las dos orillas del río Chicago. A los tradicionales Greek Town, al este; China Town, al sur, y Oak Park, donde se crio Hemingway y donde Frank Lloyd Wright sembró sus casas de la pradera, se une el Millennium Park, a orillas del lago Michigan. Frente al Art Institute, uno puede sentarse a escuchar los ensayos de la gran orquesta local en el auditorio ideado por Frank Gehry. También puede ver cómo una escultura del catalán Jaume Plensa escupe para refrescar a los niños, y puede incluso adentrarse en el espectacular mundo de reflejos que el escultor Anish Kapoor hace confluir en su gran Cloud de acero inoxidable. Urbana, cosmopolita y con dos grandes playas, puede que le entren tentaciones de aparcar el coche aquí. Es lo que nos pasó a nosotros. Al final del viaje, sorpresa en el ranking familiar: los hijos se decantan por las ciudades (Chicago y San Francisco), los padres nos quedamos con los paisajes que no cambian con el paso del tiempo. ¿Será que nos hemos hecho viejos?