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Rutas urbanas

¿Son estas las diez mejores calles de Europa?

Travesías que resumen una capital en pocos metros. Diez periodistas eligen sus calles favoritas en las ciudades europeas en las que viven

Una tienda en la calle Flassaders, en Barcelona. / Consuelo Bautista

Calles en las que se respira libertad y buen vivir; para recorrerlas, principalmente, a pie o pedaleando; en las que se ve la huella de los emprendedores locales y que resumen de diferentes maneras el espíritu de las ciudades en las que están. Calles con vistas, como Dom Pedro V de Lisboa, que desemboca en el mejor mirador de la ciudad. O una calle marcada por un pórtico barroco y en la que se pisa suelo empedrado, como la del Conde Duque de Madrid. O, en Barcelona, la pequeña y estrecha calle Flassaders, que introduce al visitante en la atmósfera de tiendecitas del barrio del Born. O, en Viena, una colina, con la calle ­Spittelberg como eje, donde se celebra el mercadillo navideño más famoso de la capital austriaca. Y una calle londinense, Chiltern, en la que los comerciantes han logrado vetar a las grandes cadenas en favor de los pequeños negocios originales y artesanales. Diez paseos para ir de compras, ver exposiciones en las galerías o sentarse en una terraza leyendo un libro o conversando. La celebración de un relajado modo de vida genuinamente europeo.

El Café Monocle en la calle Chiltern, en Londres. / Lionel Derimais

Chic de barrio

Por Pablo Guimón

Pocas joyas quedan por descubrir en el centro de Londres, los buscadores de tendencias hace ya tiempo que dirigen sus pasos hacia barrios cada vez más periféricos. Pero hay excepciones. Y Chiltern Street es una de ellas. Esta calle de impresionantes edificios neogóticos victorianos de ladrillo rojo es un remanso de paz en medio del barrio de Marylebone y aloja algunos de los comercios más exclusivos de la ciudad. Una calle elegante, sin ostentación, con una selección cuidada y cosmopolita, a la que las grandes cadenas internacionales de tiendas tienen la entrada vedada.

Situada entre Baker y Marylebone High, en la transformación de esta calle tuvo mucho que ver el gurú del buen gusto global Tyler Brûlé. A la vuelta de la esquina, en Dorset Street, se encuentran las oficinas londinenses de la revista Monocle, creada por él. Y ese fue uno de los motivos que le llevaron a abrir, hace un par de años, el Monocle Café. Un pequeño establecimiento que parece una caricatura del estilo de vida que refleja la revista. “Marylebone High estaba convirtiéndose en una calle demasiado cara y concurrida”, explica Brûlé. “Chiltern te permite estar un poco fuera de todo eso, es más tranquila. Hay un ambiente especial como de comunidad, todos nos llevamos bien y nos conocemos”.

Ya antes orbitaba en Chiltern Street otro planeta de la exquisita galaxia Monocle. Trunk es un establecimiento de culto en el mundo de la moda masculina, con prendas que su director, Mats Klingberg, pareja de Brûlé, obtiene por todo el mundo. “Ofrecemos un armario de clásicos modernos, evitando las modas pasajeras”, explica Klingberg. Debido al éxito de la tienda, en 2013 abrió otra en la misma calle dedicada a complementos. Estas, junto con otras como John Simmons, Sunspel o Grey Flannel, convierten a Chiltern en destino fetiche de la moda masculina de calidad en Londres.

Pero hay otro factor que ha contribuido a situar esta calle en el mapa del Londres cool: la apertura del hotel boutique Chiltern Firehouse, del estadounidense André Balazs, famoso por su acertada restauración de edificios emblemáticos. Ocupa una antigua estación de bomberos, uno de los ejemplos más importantes que han sobrevivido del estilo neogótico de finales del XIX. Su restaurante, a cargo del galardonado chef Nuno Mendes, es uno de los preferidos por las celebrities.

Cada establecimiento de Chiltern merece una parada. Los amantes de la música encontrarán en Howarth (fabricantes y vendedores de oboes desde 1948) un alucinante surtido de instrumentos de viento, accesorios y partituras. Si prefiere algo más exótico, están los instrumentos indios de JAS Musicals. Cadenhead’s, histórica embotelladora de whiskys escoceses, tiene aquí su tienda londinense. Y en Cire Trudon podrá adquirir velas realizadas por artesanos.

Establecimientos de belleza y de vestidos de novia, o el estudio de arte floral de Javier Salvador, remiten a un pasado en el que Chiltern fue una calle especializada en moda nupcial. Y la galería Atlas es una de las más importantes de Londres dedicadas a fotografía.

Paseantes en la calle Francs-Bourgeois, en París.

El Marais y sus jardines secretos

Por Gabriela Cañas

En el corazón de Le Marais, el barrio de moda de París, hay una humilde calle en la que no se alinean con majestuosidad los edificios de corte haussmanniano. La de los Francs-Bourgeois es una calle donde hacer compras sin arruinarse, contemplar los imponentes edificios de piedra, recalar para un almuerzo a cualquier hora y, sobre todo, tener la impresión de descubrir por uno mismo esos rincones secretos tan queridos por los parisienses.

La calle solo tiene 60 números, de modo que no fatigará al visitante, pero no conviene dejarse atrapar por los meros escaparates y las pétreas fachadas del Museo de los Archivos o el palacete Albret. Uniqlo, ese Zara nipón de estilo informal que todavía no ha llegado a España, es uno de los comercios recomendables, y no solo por sus precios. El local da la oportunidad de descubrir parte de las entrañas de París. Baje al sótano. El edificio pertenecía a la Sociedad de Cenizas, una cooperativa de joyeros y relojeros para tratar los deshechos de sus trabajos en oro y plata, y ahí se exponen las viejas maquinarias de la fundición. Es una reliquia que retrotrae a la historia judía de la zona.

La fachada del restaurante Le Dôme du Marais, en el número 53 de los Francs-Bourgeois, no anuncia nada especial, pero el interior, un recinto circular de cúpula transparente minuciosamente decorado, es sorprendente. No pase de largo tampoco por el número 8 de la calle. Dentro hay un patio típicamente parisiense, una galería de arte dedicada a la fotografía, YellowKorner, y ¡una mercería! Enorme, cuidada, heredera sin pretenderlo del pasado, cuando los hilanderos del siglo XIV dieron vida a esta zona. Y están también los jardines. Diminutos, casi secretos, que salen al paso en los rincones más insospechados.

Pasear por esta calle de los Francs-Bourgeois, que desemboca en la plaza de los Vosgos, es un placer, sobre todo cuando los domingos la calle se cierra al tráfico y una banda pone música al bullicio ciudadano. Es buena, pero esa anciana que baila al compás de los acordes le otorga el sabor de lo extraordinario. El señor Pierre, dueño del bistró Camille, en el número 24, aconseja: “Hay que venir también de noche. Tiene un encanto particular”.

El mercado del domingo de la calle Swinemünder, en Berlín. / Julia Soler

Música de Kraftwerk en el mercadillo

Por Luis Doncel

Berlín no enamora por sus calles. Esto no es París o Roma, ciudades que parecen pensadas para dejar boquiabierto al paseante. Aquí interesan más los locales que aparecen en cada esquina, los cafés en los que echar la tarde o edificios de extraordinaria ligereza como la Neue Nationalgalerie. Por eso es muy difícil elegir solo una calle. Pero si hay que hacerlo, probablemente me quedaría con la Swinemünder Straße.

A primera vista, no tiene nada excepcional. Me gusta porque, pese a estar en el gentrificado barrio de Mitte, aún conserva casas sin restaurar y permite hacerse una —lejana— idea de cómo debió de ser esta zona del Este hace 25 años, cuando era de las más pobres de la capital. Los que llevan más tiempo aquí cuentan que ahora ven esa época como si fuera en blanco y negro.

El paseo empezaría en la iglesia de Sion. Este templo evangélico de tiempos del káiser Guillermo I se hizo famoso en los ochenta, cuando su sótano acogía una imprenta clandestina desde la que se distribuían folletos y revistas críticos con el régimen comunista.

Al dejar atrás la iglesia, la fachada de los edificios de la izquierda va cambiando de color —granate, azul, verde…— bajo la sombra de unos gigantescos arces que, como es habitual en Berlín, son más altos que los edificios. Unos metros más allá, en el número 120, vive Ilona Fichtner. En su salón, el mismísimo líder de la RDA Erich Honecker se tomó un café el 9 de febrero de 1984. Conmemoraba así los dos millones de viviendas restauradas por el Estado.

Inmediatamente aparece la Arkonaplatz, donde los domingos se organiza uno de los mercados con más encanto de la ciudad. Al son del Fahr’n fahr’n fahr’n auf der Autobahn de Kraft­werk, que sale de un tocadiscos en venta, se pueden curiosear cómics antiguos o el Der Spiegel de la semana del 11-S. “El ataque del terror. Guerra en el siglo XXI”, anuncia la portada.

Como tantas calles en esta urbe de avenidas larguísimas, recorrer Swinemünder sirve para conocer varios Berlines. Tras los apartamentos de lujo recién construidos a la altura de la Bernauer Straße, se ensancha, se convierte en una zona ajardinada y desemboca en Wedding, el barrio del que hace años que se dice que va a ser el próximo en ponerse de moda, pero que nunca termina de cuajar.

Entrada al centro cultural de Conde Duque, en Madrid. / Alfredo Arias

Modernos y barrocos

Por Mercedes Cebrián

Si solamente tuviésemos la oportunidad de conocer una calle de Madrid, ¿por qué elegir la calle del Conde Duque? Pues porque limita al sur con la plaza de Cristino Martos, esa atalaya que nos comunica a su vez, tras bajar unas escaleras de piedra, con la calle de la Princesa a la altura de la plaza de España, y que al mismo tiempo nos aísla de ese potingue de franquicias que reina por ahí abajo. Y porque al otro extremo, si la recorremos por la noche, se nos aparece, iluminada, la gasolinera racionalista Gesa, diseñada en 1927 por Fernández-Shaw (Alberto Aguilera, 18), reconstruida felizmente en los años noventa.

Y entremedias está todo lo que caracteriza a Madrid; es decir, no solamente edificios galdosianos con balcones, sino también el bloque ladrillero con terrazas acristaladas, unos arbolitos que prometen crecer más y su correspondiente pareja de bares gallego y asturiano, este último con quesos de tetilla expuestos como reclamo. Y siguen ahí El Jardín Secreto, un café-restaurante muy adecuado para primeras citas de parejas que esperan darse sus besos iniciales en ese ambiente tan de país de los gnomos, y Sportivo, una de las pioneras en ofrecerles a los chicos madrileños ropa y complementos importados, a la que se ha sumado la zapatería Duke, en el portal contiguo.

Además, la calle del Conde Duque cuenta con su propia placita —la de los Guardias de Corps—, cuyo suelo no es mullido césped, sino arena seca (pocas cosas hay tan madrileñas), para tomarse un vermú contemplando el busto de Clara Campoamor antes de acudir a un espectáculo en esa inmensidad castrense que se ha convertido en el emblema del barrio: el Centro Conde Duque, un canto a la horizontalidad construido a principios del siglo XVIII por Pedro de Ribera, con su portón churrigueresco al que se nos van de inmediato los ojos, pues se sitúa en las antípodas estéticas de la sobriedad que irradia el resto del edificio.

Al olor de sus tres amplios patios con terraza y cine veraniegos, de sus bibliotecas municipales y de su estupenda sala de conciertos, y también al olor del Museo ABC de Dibujo e Ilustración que queda a pocos metros, ha surgido alrededor lo que ya intuíamos: lugares como Panic, una panadería con hogazas de masa madre y mesa comunitaria que ha hecho furor entre los vecinos; Cultivo, una quesería cuyo precioso y tosco mostrador invita, más que a vender, a “despachar” los quesos artesanos de la trastienda, elaborados con leche cruda por maestros queseros de la zona, y Tiradito, un restaurante peruano con su propio pisco-bar. Y allí están todos juntitos, con ganas de recibir a todo aquel que pase por allí.

Una ciclista en la calle Flassaders, en Barcelona. / Consuelo Bautista

Microcosmos en 46 números

Por Clara Blanchar

Parece mentira cómo puede caber tanta oferta en una calle de solo 46 números. Hay una bodega, un herbolario centenario, un teatro de pequeño formato, una joyera artesana, una pastelería de lujo, un restaurante bio, un mercado de tapas para turistas, un colmado regentado por un paquistaní, una tienda de reformas de baños y varias de moda de gama media-alta. Estamos en Flassaders, una estrecha calle del barrio del Born de Barcelona.

La palabra Flassaders viene de flas­sada, manta en catalán, y, como otras tantas calles de la zona, antiguamente concentraba a los artesanos del gremio. A primera hora de la mañana y última de la tarde, a veces huele a suavizante de ropa. Normal en un pasaje tan estrecho. Flassaders nace un poco más arriba de la calle de la Princesa y muere en el paseo del Born. En medio, se ensancha en la plaza de Jaume Sabartés, donde el Museo Picasso ha abierto un nuevo acceso y tres terrazas donde tomar algo.

Como las fachadas de los edificios, no hay local que no tenga una larga historia. El mercado de tapas Princesa, con 17 puestos de degustación, está en un palacio de 1400. El restaurante La Báscula, de comida orgánica, fue una antigua fábrica de dulces y chocolate y se llama así porque se entra literalmente caminando por encima de la plancha de la balanza donde se pesaban los carros. Valientes fueron sus propietarias, que llegaron aquí en 2001, cuando el Born todavía no se había puesto de moda. Antes incluso abrió, en 1997, la tienda Èstro: vende zapatos y complementos de piel y ropa de fibras naturales. Todo diseño y fabricación italiana.

En la calle también se ha instalado JS Heritage, la línea casual de Javier Simorra; la tienda de novias y fiesta de Roser Marcè, o la joyera artesana Elisa Brunells, un clásico de la ciudad. Otros locales son multimarca, como Loisaida, que vende ropa de varios diseñadores catalanes además de antigüedades. Todo amenizado por música de los años cuarenta y cincuenta. Es un lujo de local que ocupa lo que fueron las caballerizas de la antigua fábrica de moneda, La Seca, hoy un teatro de dos salas con una estupenda programación.

El mirador de San Pedro de Alcántara, en Lisboa.

A la sombra de los magnolios

Por Javier Martín

Hay calles que son y calles que llevan; calles de día y calles de noche; calles para niños y calles para shoppingadictos; de pasear o de conducir. En sus escasos 500 metros, Dom Pedro V lo reúne todo. Arranca con el mejor mirador de la ciudad a un lado y con el convento de San Pedro de Alcántara al otro, pues en esta calle no desmerece ninguna de las dos aceras, que nacen con exuberantes jacarandás lilosas. Satisfecho el espíritu, el resto de la rúa es para los pecados del cuerpo. Vale la pena disfrutar de la pastelería San Roque y también —el dinero no será obstáculo— de las empanadas de gallina de Doce Real un poco más allá; pero entremedias, el nacimiento de la calle de Rosa, entrañable de día, diabólica de noche; apúntenla para luego, pues no es cosa de desviarse antes de llegar a una ristra de boutiques que compiten en última moda, para después, con solo cruzar la calzada, retroceder cinco siglos.

Si hay monumentos que justifican la visita a una ciudad, también ocurre, en contadas ocasiones, con algunas tiendas. Es el caso de Solar. Lucilia, su apasionada dependienta, explica en un minuto la historia del azulejo del siglo XVI al XX con esas obras maestras en nuestras manos. La tienda es una tentación, pues ¿quién no tiene 20 euros para hacerse con una antigüedad? Al revés que el mundo, Lucilia se ofende con los turistas que entran y salen en un suspiro: “¡Pero si no han visto nada!”, les recrimina en el idioma que toque. Lo viejo y lo nuevo combinan tan bien como el lujo y los almuerzos económicos de 5,95 euros por un correcto arroz con pescado más agua y café que cobra Tascardoso, ya en el otro extremo de la calle.

Dom Pedro V desemboca en los jardines del Príncipe Real, con su viejo ciprés y sus inmensos magnolios alrededor del café de la Esplanada. Al caer la tarde, los dos quioscos de la plaza se llenan de gente guapa. Es el lugar y la hora de pasear los caniches y los Porsche, cenar en A Cevicheria y rematar en el Pabellón Chinés, otro lugar único; todo ello del día a la noche, del convento a la coctelería, en Dom Pedro V, la rúa de las rúas.

La Via dei Coronari, en Roma.

Lo profano y lo sagrado, de la mano

Por Pablo Ordaz

En las lujosas tiendas de antigüedades situadas al principio de Via dei Coronari, a dos pasos de la plaza Navona, Silvio Berlusconi solía comprar los regalos para las jóvenes invitadas de sus famosas fiestas. Y al final de la calle a la izquierda, Jorge Mario Bergoglio rezó ante la Madonna dell’Archetto su última oración antes de entrar en el cónclave del que salió vestido de blanco. Suele decir el humorista Maurizio Crozza que Roma es la única ciudad del mundo que es capital de dos Estados: “Uno de ellos cree en Dios y siempre está a la espera de que suceda el gran milagro; el otro es el Vaticano”. La calle que, a través de la belleza, sirve para unir esos dos mundos tan contradictorios se llama Via dei Coronari. Reúne, en su medio kilómetro de extraña rectitud —“en Italia, la distancia más corta entre dos puntos es el arabesco”, decía el escritor Ennio Flaiano—, los cimientos sobre los que cruje la gloria de la ciudad: lo sagrado y lo profano, lo histórico y lo efímero, la plaza con fuente e iglesia y el callejón —dicen que el más angosto de la ciudad— que conduce a un palacete que en el siglo XV pertenecía a Fiammetta, la más famosa cortesana de la ciudad, y que ahora ocupa la sede de un instituto financiero.

A mitad de la calle, y justo después del pintoresco callejón que alberga la Heladería del Teatro, está la iglesia de San Salvatore in Lauro, construida en el siglo XVI sobre la vieja parroquia del siglo XI. Allí dentro, para alucine de descreídos y devoción de fieles, se exhiben las reliquias de varios santos, sobre todo del capuchino padre Pío (1887-1968), famoso por los estigmas que lucía en sus manos. El recorrido en dirección al puente de Sant’Angelo va dejando constancia semana tras semana de que la pesadilla que los vecinos denunciaron meses atrás ya es una realidad. Los viejos, discretos y bellos negocios están siendo sustituidos a velocidad endemoniada por tiendas de baratijas y bares de comida rápida. También sobre los sampietrini —los típicos adoquines romanos— de Via dei Coronari se constata cada día que la belleza de Roma es también su mayor amenaza.

Una cervecería en el barrio de Spittelberg, en Viena.

Una colina con atmósfera de pueblo

Por José Miguel Roncero

En grandes capitales como Viena, muchas calles son amplias y majestuosas, recuerdos de un pasado glorioso (este año se celebran los 150 años de la Ringstrasse, la vía de circunvalación que articula el ensanche vienés). Y otras calles son pequeñas, acogedoras y evocan un pasado en el que la ciudad se parecía más a un gran pueblo. Spittelberg (el hospital de la colina), situada en el séptimo distrito vienés (Neubau) y a tiro de piedra del barrio de los museos, es un buen ejemplo.

Spittelberg son en realidad tres calles paralelas: Spittelberggasse, Schrankgasse y Gutenberggasse. Al llegar a la zona, uno tiene la sensación de haber entrado en una pequeña población empedrada, sin coches, silenciosa. El pasado rural y campesino de esta colina aún se respira en sus casas, algunas del siglo XVII. Varios edificios parece como si se aupasen sobre la colina para obtener las mejores vistas. Spittelberg fue en otros tiempos una zona bien conocida por la prostitución, frecuentada por vividores y canallas. El racionalismo burocrático vienés no se impuso hasta bien entrado el siglo XIX, cuando la zona sucumbió a la sencillez y elegancia impuestas por la arquitectura Biedermeier, de la cual Spittelberg ofrece excelentes muestras.

Desde aquellos días de la picaresca las cosas han cambiado. Hoy se va a Spittelberg a pasear, a tomar un café o una copa con los amigos, o a encontrar algo único para esa persona especial. La colina se enorgullece de ofrecer gastronomía, ocio y cultura: un teatro, un cine, cafés y bares tradicionales o contemporáneos, galerías de arte, comercios de diseño, chocolaterías y restaurantes. Y hay además muchas actividades de calle. En invierno, uno de los más famosos y alternativos mercados de Navidad toma la colina. En verano es el turno de las terrazas. Y el primer fin de semana de cada mes hay un mercado donde se venden desde productos artesanos hasta antigüedades sacadas de alguno de los sótanos cercanos. Bienvenidos a la colina.

La calle de Utrechtsestraat, en Ámsterdam.

600 metros, cinco siglos

Por Isabel Ferrer

Situada entre dos céntricas plazas, Rembrandtplein y Frederiksplein, la calle de Utrecht (Utrechte­straat) nació en 1658 durante la gran ampliación de Ámsterdam, que era entonces, en pleno Siglo de Oro, una de las urbes más prósperas de Europa. Aunque sus 600 metros atraviesan tres de los canales señeros de la ciudad (Herengracht, Keizers­gracht y Prinsengracht), no suele pensarse en ella cuando se pasea por el casco histórico. Sus edificios son típicamente holandeses, pero sin el empaque de los levantados por los comerciantes que se hicieron ricos especulando con los tulipanes. Además, la recorre un tranvía y hay que cruzar con cuidado. Sin embargo, recoge en varios aspectos la esencia de Ámsterdam.

Apenas sobreviven algunos inmuebles de hace cinco siglos, pero la suerte de Utrechtestraat radica en sus comercios. Hay moda, interiorismo, restaurantes, chocolaterías, joyas y talleres de orfebrería y bisutería, flores, retratistas, tatuajes, perfumerías, peluquerías, pastelerías, delicatessen y bocadillos, ferreterías, vinos, revistas, imprentas, librerías… Los tranvías de caballos llegaron en 1877, y los eléctricos, en 1904. En la actualidad, como también pasa progresivamente en toda la ciudad, las bicis compiten con coches y tranvías.

Hay cholocates artesanos en Van Soest Chocolatier; pan y pasteles en Bakker Van Eijk; quesos en Kaashuis Tromp; ropa de caballero a medida en Romeyn Tailors, una sastrería fundada en 1898; ropa y botas coloristas para mujer en Lien & Giel; regalos insólitos en Jan; vinilos, discos compactos, y DVD, nuevos y de segunda mano, en Concerto, la tienda más grande de su clase del país. Abierto en 1967, Sluizer es un restaurante que mezcla clásicos como la sopa de tomate con recetas de corte contemporáneo.

Utrechtsestraat queda además a un paso del museo Ermitage, la franquicia holandesa de la sala rusa abierta en un antiguo hospicio. El teatro Carré, en un antiguo circo, está también muy próximo. Asomados ambos al río Amstel, forman parte de la oferta cultural que corona una calle sin pretensiones, pero con auténtico sabor.

La calle de Straedet, en Copenhague.

Cita en el café del Beso

Por Viveca Tallgren

En el corazón de la parte medieval de Copenhague discurre Strædet, una de las calles con más encanto de la capital danesa. Paralela a la peatonal Strøget, pero sin el hormiguero y ruido de esta. En Strædet (el callejón) se puede pasar fácilmente medio día entrando en las tiendas y disfrutando de sus hermosos edificios del siglo XVIII, incluso uno de ellos con paredes entramadas.

Strædet es la denominación conjunta de tres calles seguidas, Farvergade, Kompagnistræde y Læderstræde, que desembocan en la plaza Amagertorv, cerca del castillo de Christiansborg, sede del Parlamento.

En Strædet abundan tiendas de diseño de todo tipo: de cerámica, de joyas, de ropa o de muebles, además de algunas exclusivas librerías de lance. Vale la pena visitar la tienda de la ceramista danesa Ditte Fischer, en Læderstræde 14. Casi enfrente se encuentra uno de los cafés más populares de Copenhague, Kafe Kys (Café del Beso).

Para comprar regalos o alguna que otra cosa bonita para la casa, la tienda de la diseñadora Mette Grønlykke, en Læderstræde 5, tiene gran variedad de almohadas, joyas, lámparas o cestería, todo en vivos colores. Un poco más lejos, en Kompagnistræde 8, se encuentra Kaiku, con su exclusiva variedad de muebles, floreros y otros enseres domésticos de diseño moderno escandinavo. En Frietzsches, con la fachada pintada en verde, venden exquisitas obras de cristal hechas a mano.

En Strædet abundan los pequeños cafés y bares para todos los gustos, muchos con terraza en verano. Lo que tienen en común es que casi todos son bastante informales. Hoppes, en Læderstræde 7, es uno de los restaurantes más populares, como también RizRaz, en Kompagnistræde 20, que sirve comida mediterránea con un gran bufé vegetariano a buen precio.

Bertels Salon, en Kompagnistræde 5, ofrece café con uno de sus famosas tartas de queso al estilo neoyorquino, y Bar Maroc, un poco más allá, sirve té de menta al estilo marroquí con pasteles orientales. Strædet tiene incluso una buena peluquería, Atmosphair, donde atienen tres talentosas peluqueras.

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