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Escapadas

Viaje a la intemperie

Recorremos los parajes que inspiraron ‘Intemperie’, la exitosa novela del escritor Jesús Carrasco.

Descubrimos con él la dignidad del llano, entre los Montes de Toledo y la Sierra de Gredos.

Un escondite de abismales secretos

Vista desde las Barrancas de Burujón. Al fondo, los Montes de Toledo. Ampliar foto
Vista desde las Barrancas de Burujón. Al fondo, los Montes de Toledo.

Jesús Carrasco se detiene en plena ruta en la palabra “poterna”. Su pequeño universo, su trayectoria, su primer libro —traducido ya a 11 idiomas y camino de los 13—, su vida, al fin y al cabo, está llena de términos desnudos, abandonados, despojados, dejados de la mano de Dios; vocablos que designan cosas que están ahí, a la Intemperie, el título de su novela editada por Seix Barral. Recorremos senderos de tierra siguiendo la estela polvorienta del sidecar del temible alguacil de su relato. Nos adentramos en la lejanía del campo abierto toledano, en parajes sobrevolados por rapaces, reservas de matojos, escarabajos, roedores y lombrices, en busca de todos esos nombres atesorados en su memoria y en su escritura. Transitamos por los recuerdos del niño que montaba en bicicleta entre olivares y cultivos de cereal buscando restos de pólvora en los cartuchos de los cazadores. Husmeamos en los rincones íntimos del chaval que pasaba los veranos con sus primos en esa casa-cuartel que era el castillo de Maqueda, y en los del adolescente que encontró su primer trabajo como levantador de perdices… Este es un viaje emocional del hijo de Nicolás, el maestro de Torrijos —a quien va dedicado su libro—, y el de un estudiante de filosofía tardío… Seguimos sus huellas secas por el llano, esa gran meseta por la que vagaban el chiquillo y el pastor de su narración, y que separa la sierra de Gredos y los Montes de Toledo. Una llanura corajuda, expuesta a la inclemencia, que esconde inmensos secretos: desde increíbles versiones del Cañón del Colorado hasta palacios versallescos.

Poterna

El escritor Jesús Carrasco, en pose quijotesca. ampliar foto
El escritor Jesús Carrasco, en pose quijotesca.

Es una puerta disimulada en una fortaleza, como la que acabamos de encontrarnos en uno de los muros del solitario castillo de Montalbán, al final de un desvío de tierra que sale (con indicación fucsia incluida) de la carretera que une La Puebla de Montalbán con San Martín de Montalbán. “Del primer pueblo, aparte de los soportales de la plaza, son famosos los melocotones, y del segundo la caza”, explica Carrasco, que parece sabérselas todas. Poterna, insiste, “es una vía de escape, un hueco por el que salir sin ser visto”. Pero al escritor le hemos pillado en plena fuga un rato antes: “No revelaré el lugar exacto en el que transcurre gran parte de la novela, pero sí otros que me inspiraron”. Emprendemos el viaje con esa premisa misteriosa y accedemos a ir literalmente a ciegas: “Tápate los ojos”.

Las cárcavas

Panorámica de las Barrancas de Burujón. ampliar foto
Panorámica de las Barrancas de Burujón.

Cogidos de su brazo, ciegos —bufanda liada a la cabeza—, dejamos el coche a mitad de camino y caminamos 100 metros por una cuesta arriba pedregosa en busca del significante de eso que él llama “las cárcavas”, una de las primeras palabras que ha anotado en el itinerario circular trazado con Google Maps: “Ya puedes mirar”. Ante nosotros, las Barrancas de Burujón, que bien podrían ser la versión 0.0 del Gran Cañón o, sencillamente, una definición de lo sublime: un espectacular paisaje rojizo socavado por un gran meandro del río Tajo sobre una montaña arcillosa de 25 millones de años. Un precipicio al infinito calmo, sobre el embalse de Castrejón y sus islotes, que se pierde en la neblina de los Montes de Toledo. Es del todo imposible adivinar que tanta belleza se encuentra al final de esa cuesta que linda con los olivares, a escasos kilómetros del pueblo que le da nombre a las barrancas y a 30 de la capital toledana. No se imagina. Ni siquiera con el anuncio previo de Carrasco, ni con las escabrosas historias que nos ha contado durante el desayuno en el bar El Ceibo, frente al ayuntamiento de Torrijos: “El primer punto del trayecto son las cárcavas, que os van a sorprender, pero quería partir de mi pueblo, donde yo he crecido, y enseñaros este magnífico edificio que han rehabilitado como ayuntamiento. Es el antiguo palacio del rey Pedro I, construido en el siglo XIV y que después ocupó Gutierre de Cárdenas, un íntimo amigo de la reina Isabel [la católica]”, explica el escritor. “De Cárdenas”, continúa, “se casó con Teresa Enríquez, que era una mujer tan beata que se ganó el apodo de la loca del sacramento. Y la visión de su cuerpo incorrupto ha sido como un rito iniciático para todos los niños del pueblo: un esqueleto con pellejo al que le siguen creciendo el pelo y las uñas. La van a beatificar y se ocupan de ella las monjas concepcionistas, que la cambian de ropa y todo… Es un poco macabro, pero se puede visitar…”.

El sarcófago

El llano en todo su esplendor, con los Montes de Toledo de fondo. ampliar foto
El llano en todo su esplendor, con los Montes de Toledo de fondo.

Todo en esta ruta tiene cierto carácter de profanación. Empezando por el silencio que rompe el motor del coche en todos esos parajes desolados. Justo enfrente del desvío del castillo de Montalbán, al otro lado de la carretera —y también señalado con cartel fucsia— otro camino terroso conduce hasta la curiosa ermita visigoda de Santa María de Melque, adonde Carrasco —que tomó la comunión e hizo la confirmación— fue más de una vez con sus padres. “Un año traen la virgen en romería desde La Puebla y se la llevan a San Martín y, al siguiente, a la inversa”, cuenta Alicia, la guía que permanece a pie firme —llueva o haga sol— junto a ese monumento recóndito con profundas raíces en la Edad Media.

Se acerca el mediodía y nos ha dado tiempo a dedicar un rato a la contemplación en el desierto de las Barrancas. A escudriñar —escalera de piedra arriba y escalera abajo— las imponentes habitaciones abovedadas con vistas al llano y los habitáculos de reminiscencias arabescas que se esconden entre los arcos de medio punto del castillo de Montalbán. Por supuesto, hemos subido a lo alto de su torre para divisar las profundidades del río Torcón sobre el que se flanquea la fortaleza, a modo de foso natural. Incluso hemos conversado con las malas pulgas de un pastor que se cruzó a nuestro paso. Y una vez superado el impacto visual del misterioso sepulcro de la iglesia de Santa María de Melque, ponemos rumbo a Gálvez para llegar a Jumela, “una aldea abandonada, en la que solo queda su iglesia entre campos de labranza, aunque se pueden intuir las pequeñas casas que la acompañaron en su época”, comenta Carrasco, que funciona como un GPS de caminos ignotos.

Carcamusa

Los restos del castillo de Gálvez, conocido como “las tres torres”. ampliar foto
Los restos del castillo de Gálvez, conocido como “las tres torres”.

Antes hacemos una parada gastronómica en Los Olivos, el primer restaurante que encontramos después de atravesar la calle desierta que parte en dos San Martín de Montalbán. Allí está Diego Torrecilla, que nos atiende solícito entre los bocinazos semiebrios de una partida de ocho cazadores italianos vestidos de camuflaje. Nos ofrece de primero unas migas con sus buenos tropezones de tocino y chorizo o unas judías con liebre. Y carcamusa —“carne guisada con tomate”, aclara—, pollo al ajillo, lomo de cerdo a la brasa, venado en salsa o cochinillo asado —“que nada tiene que envidiar al de Segovia”—, de segundo. Para los postres —“todos caseros”— se reserva lo mejor: pudin, flan o natillas. La artífice de un menú tan suculento, que —con café, bebida y pan incluidos— sale a 10 euros por cabeza, es Ana María Blanco, que permanece tímida tras la barra del salón.

Durante la comida —abstrayéndonos del griterío y la testosterona de los compañeros de mesa— nos da tiempo a arreglar el mundo, a analizar la importancia de los medios de comunicación y a recordar la necesidad de recuperar su prestigio para que sigan ejerciendo ese papel de contrapeso, de “cuarto poder”. ¿Quién dijo que Jesús Carrasco no habla? Este escritor que ha dedicado su vida a desbrozar y desbrozarse, a “quitar, quitar, quitar”, a quedarse con lo esencial, con la mejor versión de todo —incluida la de sí mismo—, gasta una ironía sorprendente y se lanza: “Hay que saber mucho para escribir humor, pero quizá algún día…”.

En 1826 el Diccionario Geográfico Estadístico de España y Portugal de Decado describe Jumela del siguiente modo: “Provincia, partido y arzobispado de Toledo, 11 vecinos, 49 habitantes, 1 parroquia. Esta villa se despobló en 1688 y se volvió a poblar en 1790. No es fácil que prospere a causa de la cortedad de su término y por estar rodeada de grandes poblaciones, como son Menansalbas, Gálvez, Cuerva, Totanes y San Martín de Montalbán. Produce trigo, cebada, centeno, algarroba y garbanzos”. Allí, entre cardos altos y campos en barbecho, solo queda el templo —supuestamente del siglo XIV— con su torre y las cuatro raquíticas paredes de su única nave. Desprovisto de muchas de sus piedras —que hoy sirven para delimitar fincas aledañas—, se yergue, luciendo con dignidad su desarraigo, poderoso, orgulloso sobre la nada, como quien guarda un secreto eterno. Para los curiosos: se encuentra, campo a través, en el primer desvío de “coto de caza” de la carretera que une San Martín de Montalbán con Gálvez.

El ‘regatón’

Parte del castillo de Montalbán, en la carretera que une La Puebla de Montalbán con San Martín de Montalbán. ampliar foto
Parte del castillo de Montalbán, en la carretera que une La Puebla de Montalbán con San Martín de Montalbán.

Quedan pocas horas de luz y todavía, según la ruta trazada por Carrasco, nos quedan las tres torres y el palacio en el que nunca ha podido entrar. Las primeras se levantan en el término municipal de Gálvez. Puede resultar complicado dar con ellas hasta que uno se topa, junto a la comandancia de la Guardia Civil del pueblo —punto clave—, con un agricultor: “Muy fácil: sigue esta carretera hacia el campo, no te desvíes del camino hasta que cruces el regatón y, ahí, gira a la izquierda. Todo seguido, hasta que las veas”.

Seguimos las instrucciones al pie de la letra, cruzamos “el regatón” —un pequeño arroyo, según el dialecto local—, y serpenteando por el sendero, nos encontramos con esa imagen insólita al atardecer. Allí están, desnudas, en una atalaya natural, como moáis de la isla de Pascua, a contraluz. Son los restos que quedan del castillo de Gálvez, del que se sabe que fue construido en el siglo XIII y que tuvo una población circundante. Era de planta cuadrada, pero su vida de ocho siglos a la intemperie lo ha dejado en tres sugerentes torres ruinosas. Alguna todavía conserva su saetera: “Esa ventana volada y protegida que servía para disparar al enemigo desde arriba, protegido de su ataque, o para lanzarle los cuerpos muertos de los apestados, como bombas biológicas”, explica Carrasco. La puesta de sol en ese lugar huérfano, enmarcado por la misma Estrella Polar que orientaba en su huida hacia el norte al chiquillo de la novela, se convierte en algo místico. De la penumbra emerge un poni color canela. Se cruza y marcha al trote, rumbo norte.Unos segundos de asombro: la razón en suspensión.

Anochece. Tomamos la carretera de Polán (el siguiente pueblo a Gálvez) a Burujón, que nos lleva de vuelta a Torrijos, para cerrar el círculo de nuestro particular eterno retorno.

Cerradura de la puerta de la casa del guarda, vecina al castillo de Montalbán, en La Puebla de Montalbán. ampliar foto
Cerradura de la puerta de la casa del guarda, vecina al castillo de Montalbán, en La Puebla de Montalbán.

De regreso nos topamos de bruces con “ese palacio” en el que Carrasco nunca había podido entrar, pero que tantas veces había observado desde la verja. La puerta de hierro está abierta y hay algunas luces encendidas. “Es propiedad privada”, advierte. Pero la tentación es más fuerte que la cautela. Entramos a cuatro ruedas por un camino de cantos. Atravesamos los arcos de coníferas que envuelven la vereda y nos adentramos en el jardín de Alicia en el país de las maravillas. Bordeamos una larguísima fuente rectangular que termina a las puertas de la mansión versallesca conocida como el palacio de Ventosilla de Doña Sol.

—¿Son los invitados?, pregunta el guarda, que ha salido de la oscuridad.

Los propietarios, “los Cavero”, esperan la visita de unos portugueses con los que al día siguiente irán de cacería. Es obvio que no somos nosotros, pero la amabilidad del vigilante nos descubre un lugar de cuento. Enciende las luces para señalarnos la salida y nos sumerge en una postal navideña, de la que salimos al volver a cruzar la verja. Lo real.

La despedida del llano, de sus tierras tercas, de sus ruinas espartanas y de sus horizontes agónicos, bien merece unas cervezas en el Stonebar (Torrijos), el templo desde el que Fermín Sánchez —amigo de Carrasco desde niño— controla a la parroquia. Un lugar que guarda otros muchos secretos...

Guía

Viaje a la intemperie

Dónde comer

    • Los Olivos (925 41 71 95). San Martín de Montalbán (Toledo). Especialidad en cochinillo asado, migas y judías con liebre. Increíbles postres. Precio menú: 10 euros.
    • Los Arcos (925 75 04 11). La Puebla de Montalbán (Toledo). Es una casa que homenajea a la cocina local por temporadas. Precio medio, alrededor de 20 euros (menú diario, 8,50 euros). Viernes cerrado.
    • El Nogal (925 75 15 02). La Puebla de Montalbán (Toledo). Un asador en el que degustar perdiz estofada, lechazo y platos de caza. Frente al Museo de La Celestina.

Dónde dormir

    • La Salve (925 77 52 63). En las afueras de Torrijos (Toledo), lindando con el pueblo, se encuentra esta insólita casa-hotel-spa restaurada por sus propietarios. Resulta un sitio ideal para alojarse. Una antigua quintana manchega en la que disfrutar de la intimidad con gran confort: salones, biblioteca, restaurante, jardines, patios, piscina...

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