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RUTA EMBAJADA A SAMARCANDA / 4

Un mar sin agua

De Aktau, en Kazajistán, a Nukus y su museo de arte no soviético, en Uzbekistán, ruta polvorienta a través de la estepa y el menguante mar de Aral

Un paso de cebra en mitad de la estepa de Kazakistán. Ampliar foto
Un paso de cebra en mitad de la estepa de Kazakistán.

Esto es lo más parecido a soñar. Enfrentarme a esta infinita, ardiente y blanquecina lengua de roca viva llena de cráteres se me antoja irreal, un escenario onírico, nada que pueda existir en el mundo. Podría decir que es como una pesadilla de la que no se puede despertar porque ya estás despierto, dolorosamente despierto, angustiosamente despierto. Pero sería injusto calificar de pesadilla lo que estoy viviendo porque he venido a Kazajistán voluntariamente.

Despierto dolorido en la estrecha cama del hotel Apha de Beyneu, humanizada posta en el camino del Averno. Recuerdo como si fuera un sueño que ayer dejé Aktau, ciudad kazaja a orillas del Mar Caspio a 470 kilómetros de aquí. Esta turística población, de agradable apariencia con su largo paseo marítimo y su clima templado, es en realidad una cárcel. Solo se puede llegar en avión, barco o tren. No tiene conexión viaria con el resto del país.

Tan solo unas pocas decenas de kilómetros después de abandonarla comenzó el infierno. El asfalto primero se llenó de baches enormes, profundos socavones que se podían comer media moto. Después se agrietó, luego se arrugó, más tarde se retorció y finalmente desapareció. En su lugar surgió una lengua de roca viva sin un centímetro liso.

Persiguiendo águilas

Un camión envuelto en una nube de polvo en el recorrido entre Aktau y Beyneu, en Kazajistán. ampliar foto
Un camión envuelto en una nube de polvo en el recorrido entre Aktau y Beyneu, en Kazajistán.

La moto traqueteaba, saltaba de un lado a otro, botaba de aquí para allá, y yo con ella, aferrado al manillar como si fueran las bridas de un toro salvaje. El sol sobre mí. El viento furioso. El polvo alrededor. Y las águilas como compañeras. Estas aves majestuosas son mi única compañía en la desolación de la estepa. Cuando me acercaba, levantaban el vuelo al oír el rugido del motor y a veces yo podía perseguirlas cuando intentaban alejarse en línea recta. Era sobrecogedor y emocionante.

Supongo que esa es la palabra que mejor puede describir la experiencia de recorrer este páramo. Emoción. No hay momento neutro, ni un segundo para evadirse o dejar de pensar en lo que se está haciendo. En el infierno uno es siempre consciente de cada instante. Todo cuenta. Todo duele. Todo es real, directo y radicalmente intenso. Los momentos de euforia dan paso a los de abatimiento, a los de cansancio, a los de sacar fuerzas de flaqueza, al grito, a la queja, al insulto, al latido de un corazón que se llena de estímulos, de rabia, de felicidad, de sufrimiento y de vida.

Porque es la vida acelerada lo que corre por las venas cuando la moto esquiva por milímetros ese bache que no has visto hasta estar justo encima y que podía haberte matado, porque es la vida en toda su cristalina dimensión lo que anhelas cuando nada más que esta áspera inmensidad esteparia te rodea, porque es la vida y su bendita simplicidad sin preguntas lo que se refleja en los ojos de esas águilas que acompañan tu huida hacia el horizonte.

Estudiantes disfrazadas durante una fiesta de fin de curso en Beyneu (Kazajistán). ampliar foto
Estudiantes disfrazadas durante una fiesta de fin de curso en Beyneu (Kazajistán).

A poca distancia de Beyneu, al suroeste del país, está la linde fronteriza con Uzbekistán. Las fronteras de Asia Central consisten en una nave y una techumbre. Todo viejo, oxidado, plantado en mitad del páramo. Cuando accedí a la ventanilla de control de pasaportes la cola tras de mí era de unas cinco personas. Cuando abandoné la garita, se agolpaban a mi espalda más de cincuenta. El tiempo que tomó la revisión de mis documentos fue realmente absurdo. Los tipos miraban mi pasaporte y luego la pantalla del ordenador y luego me miraban a mí y luego otra vez al pasaporte y de nuevo a la pantalla. Repasaron varias veces todos los datos. Es como si temieran equivocarse y que yo fuera un espía o un peligroso traficante.

En el lado uzbeko lo más relevante fue que el aduanero dormía a pierna suelta en un sofá de su despacho. No me quedaba otra que despertarlo. Lo zarandeé suavemente y nada. Lo zarandeé más enérgicamente y nada. Lo sacudí a mala leche y entonces despertó. Me miró con ojos sorprendidos desde las profundidades de su sueño y negó con la cabeza. Volví a zarandearle mientras ponía mi pasaporte delante de sus ojos. Entonces reaccionó. Saltó como un resorte, se puso de pie y me pidió disculpas. Nos sentamos y empezamos a rellenar los documentos de importación temporal. Primero lo intentó con los formularios en inglés, pero como no los entendía, pasó a los que estaban en ruso, pero entonces no los entendía yo. En total, nos llevó dos horas obtener el permiso de importación temporal de la moto.

De vez en cuando pasaban por delante tipos que me hacían gestos. En Asia Central, frecuentemente, al extranjero se le exige satisfacer la curiosidad de cualquiera con quien se cruce: ¿de dónde viene?, ¿a dónde va?, ¿cuánto cuesta la moto…? Cuando estas preguntas se repiten quince veces al día con imperiosa gesticulación, acaban resultando irritantes, de modo que yo sonreía y no decía nada.

Cementerio de Kungrad, al norte de la ciudad de Nukus (Uzbekistán). ampliar foto
Cementerio de Kungrad, al norte de la ciudad de Nukus (Uzbekistán).

Sorpresa en Nukus

La ruta continúa interminable contra un sol furioso, un viento feroz y un calor tenaz. Poco a poco voy ganando terreno en mi ruta hacia el Oriente. Tengo que superar por el sur el obstáculo del mar de Aral. O lo que queda de este. El que fuera uno de los mayores lagos del mundo se muere desecado por los planes de irrigación a gran escala. Al atardecer, llego agotado y cubierto de polvo a la población de Nukus, un arrabal feo, reseco y antipático.

Sin embargo, aquí se encuentra una joya escondida: el museo Savitsky (K. Rzaev Street; +998 61 222 2556). Fundado en 1966, reúne más de 90.000 piezas. Es un edificio cuadriculado, de ángulos muy rectos. En un panel se ven fotografías de altas personalidades del mundo entero. Descubro entre los rostros a Miterrand y a Bono, el cantante de U2. ¿Por qué un presidente de la República Francesa o una estrella del rock vendrían hasta este erial en mitad de un erial?

El museo representa el esfuerzo de Igor Savitsky, pintor y arqueólogo nacido en Kiev. Nombrado responsable del Museo Estatal en 1966, comenzó una arriesgada actividad: coleccionar el arte prohibido por la URSS. Para los artistas que pretendía exponer, el hecho de mantener un criterio personal no había supuesto una mala crítica o el desdén de los colegas, sino la cárcel, los campos de trabajo o la muerte. Esto fue lo que le ocurrió al pintor Vladimir Lysenko, nacido en 1903 y declarado culpable de fomentar la contrarrevolución con pinturas tan superficiales como El Toro, pintado en 1929 y hoy emblema del museo. Su arte solo pretendía la belleza, pero para los comisarios políticos todo pincel debía estar al servicio de la causa soviética.

Paseando por las climatizadas salas del museo me vino a la memoria el chiste de Dalí. “Picasso es un gran pintor, yo también. Picasso es un genio, yo también. Picasso es comunista, yo tampoco”. Delante del cuadro de El Toro, imaginé que a Lysenko probablemente también le habría gustado repetir el chiste sin que ello pudiera costarle la vida.

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