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El ombligo de los incas

Paso previo hacia Machu Picchu, Cuzco vibra gracias al turismo. La ciudad peruana cautiva al viajero por su exquisito legado colonial, buenos hoteles y restaurantes asequibles

Una tejedora en su telar en Cuzco (Perú). / Marina García Burgos

Cuzco es el ombligo del mundo. Lo fue cuando Pizarro y sus huestes llegaron a la ciudad inca en 1533. Encontraron muchísimo oro para saciar su codicia, pero también una urbe cosmopolita, de población selecta, procedente de las cuatro regiones del Tahuantinsuyo, nombre con el cual se denominó a este imperio. Quinientos años después, Cuzco es más multicultural que nunca. Recibe a viajeros procedentes de todo el orbe a la caza de esa obsesión turística llamada Machu Picchu (1). La ciudad colonial, construida sobre la base de alucinantes muros incas prolijamente tallados, ofrece un mundo fascinante por desvelar. Hoteles magníficos, construidos sobre antiguos palacios, conventos o beaterios; museos abiertos sobre casonas coloniales de conquistadores, guerreros y libertadores; restaurantes y bares que conservan muros prehispánicos y ofrecen un irresistible sincretismo culinario entre lo europeo y andino. Bienvenido al ombligo del mundo.

8.00 Primero, el desayuno

Javier Belloso

Hay un sinnúmero de opciones deliciosas, en especial si el hospedaje ofrece el insípido desayuno continental. Dos de ellas: un clásico, Café Ayllu (2), en Marqués, 263, tradicional y bohemio, donde hay buen café (pasado, como se le dice en Perú) y pastelería tradicional, incluyendo las famosas lenguas de suegra; y Cicciolina (3), en Triunfo, 393, uno de los mejores restaurante de Cuzco, que también ofrece desayunos inspirados en el campo: huevos escalfados, panes campesinos (tiene su propia panadería), acompañado con tomates secos confitados, espárragos crocantes y champiñones salteados, todo muy fresco. El café está buenísimo, y los zumos de frutas tropicales, mejor aún.

9.00 Artesanos en San Blas

Con sus calles angostas y empedradas en la parte alta de la ciudad (4), este barrio está situado a pocas cuadras al noreste de la plaza Mayor de Cuzco. Es, sin duda, uno de los lugares más populares. Concentra hospedajes, restaurantes y bares. Pero San Blas destaca porque es el tradicional barrio de los artesanos, donde están los talleres de Hilario Mendivil, el célebre creador de los arcángeles de cuellos largos; de Antonio Olave, gran maestro del arte popular peruano, famoso por sus Niños Manuelitos, y también de Edilberto Mérida (5) (su taller y museo están en Carmen Alto, 133), otro artista de raíces indígenas que dio nacimiento a personajes grotescos hechos de barro, con facciones toscas y rasgos exagerados, que con el tiempo logró sellar un estilo propio. En la plazoleta está la iglesia de San Blas (6), con un púlpito de cedro tallado en una sola pieza a finales del siglo XVII por un personaje conocido como Juan Tomás Tuyro Túpac.

11.00 Chicha para Jesucristo

Claustro del Hotel Monasterio, en Cuzco. / Marina García Burgos

Situada en la plaza de Armas (7), la construcción de la iglesia mayor de Cuzco empezó en 1560 sobre el palacio de Huiracocha y tardó cien años en terminarse. Tiene 10 capillas laterales y en una de ellas se conserva la imagen del Señor de los Temblores, patrono de la ciudad. Merece echarle un vistazo a La última cenade Marco Zapata, que muestra a Cristo y sus apóstoles degustando nada menos que un cuy —conejillo de indias— junto con vasos de chicha, un brebaje alcohólico típico de los Andes hecho con maíz. En resumen, si hay una iglesia que visitar en Cuzco, escoja esta. Es impresionante.

13.00 Ceviche y tiraditos

Para una experiencia de pueblo, vaya a comer al Mercado de San Pedro (8), donde decenas de señoras vestidas con múltiples polleras multicolores preparan potajes que incluyen caldos, chupes (una sopa contundente con carnes, trigo, patatas, maíz y quinoa) y estofados de gallina o cordero, todo fresco, del día, servido en porciones generosas y preparado con cariño. El coste es de uno a tres euros. Para paladares más sofisticados: Limo (9) (Portal de Carnes, 236, segundo piso), en plena plaza de Armas, es altamente recomendable por sus platos basados en pescados y mariscos, como el popular ceviche, pero también los tiraditos, las causas y decenas de sushi rolls —he ahí la influencia japonesa— con salmón, langostinos, atún y pulpa de cangrejo. Hay mucho más, incluyendo potentes cócteles hechos con pisco que ponen en riesgo el paseo de la tarde. Pero sería un pecado no probar uno, o dos: el refrescante pisquinha de maracuyá, o el más audaz pisco P,hecho con pepino. ¡Salud!

15.00 Desde lo alto de una fortaleza

Después de un buen almuerzo, una buena caminata. Sacsayhuamán (10) es la legendaria construcción sobre lo alto de una colina a la que se puede ir caminando. La ruta empieza en la plaza de Armas, por las calles de Suecia y Resbaloza, hasta la iglesia de San Cristóbal. De ahí, siga la flecha. Este sitio arqueológico aún muestra extensos muros labrados en forma de zig-zag y las bases de torres que fueron destruidas. Mandado construir por el inca Pachacutec, los cronistas dicen que Sacsayhuamán fue una fortaleza. En 1536 hubo una batalla sangrienta entre soldados españoles y la resistencia inca. Metros más allá está el bosque de Santa Ana, lugar mágico donde crecen hongos silvestres y se celebran ritos en honor de Killa, la diosa luna, especialmente cuando luce entera.

18.00 Camas coloniales

Habitación de La Casona de Inkaterra, en Cuzco. / Marina García Burgos

 Cuzco ofrece una gama de lugares para pasar la noche, como el muy espartano Hospedaje El Artesano de San Blas (11) (Suytuccato, 790) o el siempre querido y cómodo Hotel Niños (12) (Meloc, 442), que sigue siendo administrado por una fundación que ayuda a niños desamparados. También hay estancias más onerosas, como Casa Cartagena (13) (Pumacurco, 336), vivienda colonial convertida en un hotel boutique donde, aseguran, durmió alguna vez Neruda y el Che Guevara. La Casona de Inkaterra (14) (plazoleta de las Nazarenas) es quizá la experiencia más cercana a pernoctar en un palacete de la colonia donde vivieron conquistadores y libertadores. El Hotel Monasterio (15), frente a La Casona, es todo un clásico regentado por Orient Express. De lujo.

21.00 Hamburguesa de alpaca

 El día no podría terminar sin una dosis de euforia embotellada hecha cóctel. El Museo del Pisco (16) (Santa Catalina Ancha, 398) es, en realidad, un bar donde preparan excelentes mezclas con el destilado de uva que enorgullece a tanto peruano. La comida está buenísima: desde una inesperada pero deliciosa tortilla de patatas, hasta hamburguesas con jugosa carne de alpaca. Aquel muro inca que observa mientras sorbe un pisco sourno es producto de su imaginación; está usted donde alguna vez se alzó el palacio de Huayna Cápac. Nobleza obliga.

 

 

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