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RUTA DE LOS EXPLORADORES OLVIDADOS / 15

Indonesia de isla en isla

De la isla de Sumatra al 'skyline' de Yakarta, ruta en moto entre montañas, bosques, selvas y 'ferrys'

Arrozales de la isla de Sumatra, en Indonesia. / M. Silvestre

Sumatra es la sexta isla más grande del planeta. 50 millones de personas y casi 500.000 kilómetros cuadrados. Perteneciente a la República de Indonesia y colonizada por portugueses y holandeses. Víctima de frecuentes terremotos, erupciones, huracanes y tsunamis, es también uno de los lugares más puros, bellos y terribles que he tenido recorrido en moto.

Grandes ríos caudalosos, palmeras, caucho y arrozales espejeantes. La carretera es mala, a ratos desaparece el asfalto pero hay un densísimo tráfico. Llueve torrencialmente, la ruta se empina, atravieso montañas, bosques y selvas. La niebla nos envuelve y me lo paso endiabladamente bien en este infierno. Estas cosas son las que me gustan, las que me excitan, hacen que la adrenalina corra por mis venas.

Siento que un buen humor repentino va fluyendo hacia mi corazón y mi cerebro. Llevaba varios días enfadado con el mundo. De pronto, descubro por qué: me hacía falta viajar. Viajar en moto. Sufrir, esquivar, sudar, mojarme, pensar en todo y en nada, sobrevivir, acelerar, sortear baches, tomar mil curvas. Me hacía falta volver a ser motorista y dejar el sedentarismo de Bangkok y Kuala Lumpur; resulta delicioso sentir de nuevo que todos tus deberes para los próximos días se reducen a llegar.

Barcas de pescadores en una playa de la isla de Sumatra (Indonesia). / M. Silvestre

Tras muchísimas horas consigo llegar al otro lado de la isla, al Índico. Duermo aceptablemente en Padang. Al despertar, enfilo hacia el sur. La ruta circula por los montes. La selva me quiere comer. Si llueve, el suelo es un espejo deslizante. Si voy por el litoral, la silueta de la isla se llena de bahías, de playas de arena y de palmeras. El asfalto está agujereado y el tráfico de camiones y motos es incesante. En algún tramo desaparece por completo, como si se lo hubiera tragado un tsunami.

Un extraterrestre en moto

La gente es acogedora y sencilla. Veo un puente colgante sobre una laguna que hay entre el mar y el territorio. Al cruzarlo, arribo a un poblado de pescadores donde me reciben como a un dios caprichoso caído del cielo para una visita de cortesía. Soy un extraterreste. Me rodean para tocar, hablar, preguntar. Pero como se dirigen a mí en indonesio, les entiendo poco. Para esta gente es completamente estrafalario que yo no sepa hablar su lengua. Y quizá tengan razón; si uno no sabe hablar indonesio, para qué diablos está en Indonesia.

Cada diez kilómetros tengo que cruzar algún puente metálico. Sin ellos sería imposible viajar por aquí. Hay decenas, centenares de ríos que bajan de las montañas, marrones del lodo que arrastran. Vienen muy crecidos y muy turbios debido a la gran cantidad de lluvia que está cayendo sobre la isla. Lo veo desde la costa. Mirando a mi izquierda hacia las montañas cubiertas de selva, se divisa un manto grisáceo y ominoso. Son nubes, espesas, gigantes, pesadas, llenas de una lluvia densa que van descargando sin prisa ni pausa.

Puesto de venta de fruta en Sumatra (Indonesia). / M. Silvestre

Cuando me interno en el interior de la isla para salvar algún accidente costero, la selva se abate sobre mí. Una floresta espesa a la que lleva la carretera más empinada que haya visto nunca. Llena de baches y mojada, es un matadero. Los camiones bajan escupiendo humo y aceite y las pequeñas motos zumban a mi alrededor como un enjambre enfurecido. Y entonces se abren las compuertas del cielo y comienza a diluviar. El túnel vegetal de lianas y plantas trepadoras engorda de niebla y vapor de agua y voy tan asombrado y miedoso que apenas puedo respirar.

Escapo de la jungla y tras un largo descenso vuelvo a ver el mar. Está agitado, tan gris como este cielo ominoso. Aun así, es el paraíso. Estas bahías y playas ribeteadas de palmeras y rodeadas de arrozales, habitadas por estas gentes tan risueñas, resultan un milagro increíble. No hay nada. ¿Dónde están los hoteles, los chiringuitos y los negocios? Solo arena, agua y firmamento. No sé cuánto le quedará de vida a este edén, pero por ahora lo es. Muy primigenio, sí, pero muy incómodo también. No hay turistas, luego no hay alojamientos.

Se hace de noche. Llego a una pequeña población. Llueve inclementemente. Cae como una cortina. Veo un cartel que señala: Beach Hotel. Introduzco la moto en el callejón. Al fondo, una luz mortecina. Veo dos figuras de pie en la puerta. Acerco la moto. Es una pareja de jóvenes occidentales. Nunca me he alegrado más de ver occidentales. Eso significa que hay un hotel cerca. Me preguntan de dónde soy. Cuando contesto que soy español se alborotan. Ellos también. Son surferos de Cantabria. No se pueden creer que venga en moto desde España.

Las playas de Sumatra son un paraíso para los amantes del surf. / M. Silvestre

Paraíso surfero

Karen y Juan explican que Sumatra es el paraíso surfero. Está sin explotar pero se está poniendo de moda en el mundillo. Nunca será como Bali por el conservadurismo de los habitantes musulmanes. Es mejor así, opinan, esto es para surfear y relajarse, el que quiera marcha que se vaya a otro sitio.

Al despertar ha dejado de llover. Frente a mí tengo una bahía maravillosa y primitiva. Es un oasis de olas, arena y firmamento. Sobre la inmensa playa descansan un grupo de barquitas y en el horizonte se eleva una montaña alargada.

Luce un sol fantástico. Mi camino me lleva a Lampung, la gran ciudad del sur de Sumatra. Llego al puerto para coger el ferry hacia Java. Me pongo el primero en la cola e inmediatamente soy rodeado e interrogado. “¿Quién soy, qué hago, de dónde vengo?”.

Zarpamos. Atardece sobre el Mar de Java. El horizonte se inflama. Según nos alejamos, la isla de Sumatra parece arder a nuestra popa. Las nubes densas que se alargan sobre ella semejan columnas de humo.

Desembarco en Yakarta

Con 18 millones de habitantes, Yakarta es la ciudad más poblada de la isla de Java (Indonesia). Está sometida a un perpetuo atasco y a una vorágine urbanística de altos edificios que pugnan por alcanzar el contaminado firmamento. Poco queda de los escenarios de El año que vivimos peligrosamente (1983), película de espías y periodistas dirigida por Peter Weir y protagonizada por unos jóvenes Sigourney Weaver y Mel Gibson.

Plaza del antiguo ayuntamiento de Batavia, nombre que recibió la ciudad de Yakarta, en Indonesia, bajo dominio holandés. / M. Silvestre

Lo más interesante es el viejo casco urbano de Batavia, capital de la colonia holandesa. La plaza del ayuntamiento viejo es un hervidero de gente. Sobre todo locales, pero también algún turista. Todos miran asombrados la enorme moto que zigzaguea entre los puestos de comida y los grupos de amigos. Es sorprendente encontrar reminiscencias de los Países Bajos en el trópico, como un antiguo puente levadizo idéntico a los que se pueden ver en Ámsterdam.

Intento evitar el embotellamiento dejando Yakarta en domingo. Aun así me lleva horas de brega y sufrimiento. La densidad del tráfico es verdaderamente surrealista y ni siquiera viajar en moto facilita las cosas. Hay tantas que no queda un hueco libre. Me rodea un mar de motocicletas de pequeña cilindrada. Qué digo un mar: un océano. Cargadas hasta lo inverosímil, con tres o cuatro pasajeros encima, con los niños sin casco, dormidos o agarrados con cinchas a sus madres.

A bordo de nuevo

El despacho de la naviera en Semarang es azul y luminoso. Confirman que en el ferry que ha de llevarme a Borneo no hay camarotes, solo dormitorios colectivos o butacas.

—¿Cuánta gente viaja?—pregunto.

—Más de 300—responden.

—¿Cuántos servicios hay para todos?

—Cuatro cuartos con seis retretes—responden.

Diablos, pienso. Y dos días de navegación. Dos larguísimos días.

—Una última pregunta; ¿sirven cerveza a bordo?

El tipo me mira extrañado y se encoge de hombros.

—No.

El Dharma Ferry II es un navío astroso y oxidado. Lo construyeron en un astillero japonés en 1971. La compañía indonesia lo compró de segunda mano en 2002, seguramente porque según las leyes niponas ya era legalmente chatarra para el desguace. Suerte la de los paquebotes que inician una segunda vida en países de regulaciones más flexibles. Desde entonces embarca a los más pobres que no pueden pagar un billete de avión a Kalimantan.

Pasajeros durmiendo en el 'ferry' de Semarang, en la isla de Java, a Pontianak, en Borneo. / M. Silvestre

La rampa de acceso tiene una inclinación peligrosa. Subo a la bodega no sin alguna dificultad. El suelo está resbaladizo de agua, aceite y salitre. Maniobro con lentitud. Cuando por fin la encajo en el hueco reservado, uso mis propias cinchas para que amarrar a mi moto, llamada Atrevida en honor a una de las corbetas de la Expedición Malaspina.

El dormitorio colectivo apesta y eso que va vacío. Escojo una litera superior y examino los servicios. Cuatro placas turcas y dos urinarios. La sala de butacas tiene aspecto de dispensario. Aparece un oficial. Le pregunto si tiene una cabina.

—No—contesta—, en este barco solo hay clase económica.

—Ya, pero yo podría dormir con la tripulación.

El tipo se me queda mirando un momento y me contesta que va a ver qué puede hacer.

Al cabo de un rato regresa. Sí tiene algo para mí. Le sigo por los pasillos hasta la parte superior. Llegamos a una sala refrigerada donde hay una mesa y una nevera. Mi anfitrión abre una puerta. Es una cabina de oficiales con una litera. Es pequeña, modesta, pero estoy solo aquí y puedo dejar mis cosas. No me lo puedo creer. De nuevo he vuelto a caer de pie. Podré enfriar mis latas y trabajar con el ordenador durante los dos días de navegación. Es lo mejor que me podría haber pasado.

Cuando se hace de noche me siento solo en la cubierta superior y veo como se pone el sol mientras bebo unas cervezas. Según calientan mi ánimo me siento muy feliz aquí. El mar se mueve bajo mis pies y la espuma que le arrancamos se funde con el metálico crepúsculo. De nuevo en movimiento, en otro barco, en otro mundo. Recuerdo al gran Josep Pla, que decía que le encantaba viajar en cargueros y convivir con la tripulación. Y aquí estoy yo ahora, viajando a Borneo en un carguero, durmiendo en el castillo de proa y escribiendo un libro sobre ello. Es como si el mismísimo Pla me hiciera un guiño socarrón desde el más allá.

Amanece el segundo día de navegación y es como si el Dharma Ferry II fuera un barco de rescate de refugiados, una especie de Balsa de la Medusa. Familias enteras sentadas en el suelo, hombres en camiseta tirados en la cubierta con la mirada perdida por la incomodidad y el aburrimiento. La escena me hace recordar que esto es lo normal, que son mis ojos occidentales los que lo convierten en excesivo o extraordinario.

Pero no es así. El mundo es, en su mayor parte, un enorme Dharma Ferry II que navega lentamente. Mi anómala presencia me recuerda también que yo represento la proporción exacta de “misters” en este planeta; aproximadamente un blanco privilegiado por cada cuatrocientos morenos que sobreviven al día. No, en realidad no son pobres, son normales. Somos nosotros los raros. Nuestra opulencia no es la medida de nada, es una extravagancia que le cuesta muy caro a la naturaleza. No somos el ombligo del mundo ni el centro del universo. Nuestro sistema de valores y consumo no representa en absoluto la normalidad. ¿Simplemente nos lo hemos creído porque hemos inventado la televisión…?

Guía

INDONESIA

Documentación

Pasaporte con seis meses de vigencia y visado en frontera por 25 dólares americanos.

Carne du Passage expedido por el RACE para el vehículo

Dormir

JJ Guesthouse, en Medan.

Cabinas Carolina, en el Lago Toba.

Hotel Splash, en Bengkulu.

Krui Surf Camp, en Krui.

JAVA

Documentación

Pasaporte con seis meses de vigencia y visado en frontera por 25 dólares americanos.

Carne du Passage expedido por el RACE para el vehículo

Dormir

Hotel Whiz, en Semarang.

Información

Ferry de Semarang (Java) a Pontianak (Borneo): www.dluonline.co.id

Miquel Silvestre (Twitter: @miquelsilvestre) es autor del libro de viajes La fuga del náufrago (Barataria, 2013) y del blog La ruta de los exploradores olvidados.

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