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Fuera de ruta

Regreso a la costa de los esclavos

Los fuertes de Cape Coast y Elmina, en Ghana, hablan de una trágica historia de explotación humana. Hoy en este litoral africano florece el turismo y en sus playas se baila sin parar

Cañones en el fuerte de Cape Coast, en la costa de Ghana. / Alfredo Cáliz

Hubo un tiempo en que esta costa de Ghana tuvo nombre luminoso. La llamaban la del oro. Y aún hoy el metal parece brillar en su arena. De hecho, hay restos en ella, y algunos vecinos de Elmina y Cape Coast salen en su busca cada día. Se les ve afanarse aquí y allá en pequeñas cuadrillas, la criban y remueven; todos con los ojos al suelo; manos hurgando tras aquello que se escapa de las minas.

“Casi siempre encontramos”, dicen al ser preguntados. Ante las sonrisas de incredulidad enseñan orgullosos una cesta con granos amarillos minúsculos.

El oro y su irresistible atracción han marcado la historia de esta franja atlántica de medio millar de kilómetros —desde la desembocadura del río Volta, en Ada, a la del Ancobra, en Axim— salpicada de promontorios rocosos en los que se levantaron unas ochenta fortificaciones europeas durante cuatro siglos. Sus siluetas robustas —caleadas o de piedra ya avejentada— destacan en la lejanía.

Interior del fuerte de Elmina, en Ghana; el presidente de Estados Unidos, Barack Obama visitó la fortificación en 2009. / Alfredo Cáliz

Muchas están en uso; otras, abandonadas. Algunas son imponentes; otras, bien modestas. Fueron construidas en lugares estratégicos (según un patrón: más o menos dependencias alrededor de un patio con sus torres, altos muros y baterías de cañones) para proteger a sus ocupantes y sus intereses comerciales de los ataques de otros europeos. Sus nombres hablan bastante del vaivén del poder: Fort Good Hope, Fort Amsterdam, Fort Batenstein, Carolusburg, Fort Patience, Gross Friedrichsburg... Los señores extranjeros del castillo pagaban renta a los jefes de aldea. Para todos, al principio, un beneficio.

La línea de esta costa es bellísima. Un continuo de palmeras, promontorios, albuferas, puertos, playas destacadas (Brenu, Ampenyi...) y un mar bien bravo. Un cóctel entre el azul marino y el verde floral, los colores vivos de las piraguas de madera, las fachadas de las casas, las redes anudadas de los pescadores y los ropajes de las mujeres.

Poblaciones costeras

Exterior del fuerte de Elmina, en Ghana. / Alfredo Cáliz

Para llegar hasta aquí desde Accra, a un centenar de kilómetros, la carretera atraviesa poblaciones y mercados infinitos. Mucha humanidad. En cualquier lugar aparecen vendedores ambulantes ofreciendo lo inimaginable: desde objetos de aseo hasta pan de molde salpimentado con gases de los tubos de escape; de frutas jugosas a termiteros o pequeños mamíferos que sostienen boca abajo...

Ghana crece (más que cualquier otro país de África) y crece desigualmente. El boom inmobiliario está a la vista. Se construye en todas partes y abundan las vallas con promociones de viviendas estilo americano, mientras el nivel general de las casas no llega al mínimo (el índice de desarrollo humano del país es el 135).

La arena es nuestra

Un grupo de jóvenes ha instalado una mesa de mezclas y grandes altavoces en la playa de Elmina. Enchufan y atruena. Comienza la fiesta. Hasta hace nada, en África Occidental, la costa era lugar de faena; el Atlántico, un océano nada fiable; el horizonte, la línea de no retorno. Pero las nuevas generaciones han tomado las playas, las han hecho suyas. Su uso ha cambiado de la noche al día. Highlife, azonto, reggae, ritmos caribeños, rap senegalés, o top ten made in USA, todo vale. Chicos y chicas. Hay quien se pone a danzar cuando vamos en dirección a los castillos, con intención de llegar hasta el Parque Nacional de Kakum (famoso por su puente colgante a 40 metros de altura), y sigue ahí horas después cuando regresamos. Este frenesí se vive a lo grande en muchos lugares. Citamos dos. Uno, siguiendo en el oeste de Accra, en la playa de Krokobite, donde abre el complejo Krokobite Garten, que regenta la española Cayetana Ariza con su marido Franco desde hace años. Antes de llegar, una masa informe bebe y baila sin descanso en la misma carretera, cual ruta del bakalao mediterránea en los noventa... Cualquier excusa y fiesta local son perfectas para celebrar.

Dos. Al este de Accra se encuentra la más popular atracción playera de hoy: Labadi Beach. Para entrar hay que pagar entrada. Merece la pena. Hay tal masa y variedad de gente de toda edad y condición que hasta hay policía secreta para evitar desmadres. Muchos y muchas son los que aquí hacen su agosto todo el año, llegados desde Togo, Benin o Nigeria. Hay que saber, pues, en qué chiringuito instalarse.

Para bañarse hay que ir allá donde va la mayoría, pues el Atlántico engaña. Verles bailar es siempre una gozada. Hay quien en tanta fiesta ve desastre y pecado, y hay quien lo ve prueba de que el nivel de vida mejora (y así es, pues Ghana es el país de mayor crecimiento del continente) y el ocio representa trabajo. Cerca de Labadi hay otras playas cercanas, más familiares, donde se entra hasta el borde del agua con el coche. Kilómetros de vehículos y grupos haciendo barbacoas; decenas de vendedores y fotógrafos ambulantes para saborear y congelar ese instante.

Hace un calor pegajoso que se adueña del cuerpo, un sol intenso que ciega y ralentiza la vida. Para quien ha estado allí, esta hermosa costa podría parecer el espejo del Caribe. Para quien no, se trata de una zona de poblaciones coloristas, embarulladas, mecidas al ritmo de mil músicas y protegidas por los altares posuban, característicos de los pueblos akan y propios de las sociedades militares de la zona... Algunas son de visita imprescindible para viajeros curiosos, los hechos a todo, los que buscan sorpresa y paraíso: Krokobite, Fete, Senya Beraku, Anomabu, Apam, Winneba...

Lo cierto es, sin embargo, lo contrario. El Caribe es el reflejo de esta costa africana. Ambiente, color de piel, lenguas, culturas, ropas, tradiciones, credos... Los hombres, mujeres y niños de mil etnias esclavizados en las colonias europeas, desde Brasil hasta la Norteamérica oriental, se llevaron consigo y mantuvieron hasta los nombres propios que los akan ponen a los recién nacidos, según el día de nacimiento (araba, martes; aba, miércoles; afua, viernes...)

Los conquistadores

Los conquistadores llegaron hasta aquí en busca de oro, primero, en 1461, y marfil y esclavos luego (entre 1650 y 1810). Se asentaron y pelearon entre sí ad infinitum, en solitario o con ayuda de los locales, los fante, los pueblos de la costa. Y con el tiempo, las bodegas de las fortalezas dejaron de serlo para convertirse en mazmorras; sus dueños, en tratantes de esclavos. Aquella mutación marcó la historia contemporánea. Y nuestras vidas.

La de la costarricense Dennia Gayle, por ejemplo. Ella, que trabaja de adjunta para el Fondo de Población de la ONU en Ghana, se levantó esta mañana para acercar a unos parientes hasta el castillo de Cape Coast. Han desembarcado desde la otra orilla del océano buscando la historia de sus ancestros. Y la encuentran.

Los fieros Cormantin

Fuerte de la isla senegalesa de Gorée. / Alfredo Cáliz

Estas fortalezas son hoy patrimonio mundial. Un 37% levantadas por los holandeses, un 20% por los británicos, un 14% por los daneses. Y menos del 10%, a manos de portugueses, suecos, franceses y prusianos... “Edificios tan valiosos para la memoria colectiva que su protección no puede ser cosa de una sola nación sino de la comunidad internacional”, comenta el arqueólogo de Oxford Kwesi J. Anquandah, profesor en la Universidad de Ghana, promotor de numerosas excavaciones y autor de libros sobre aquel tiempo que se pueden encontrar en las librerías de Accra y en las de los castillos. Uno de ellos, Castles & forts of Ghana (de la editorial francesa Atalante) es básico para seguir el devenir de cada edificio, no en vano ellos fueron el punto de encuentro exacto de dos mundos, el europeo y el africano. “Los prisioneros salidos de Cape Coast se hicieron un nombre por ser los más indisciplinados y fieros; los llamaban Cormantin, por ese puerto, el primero que abrieron los británicos en 1631 para tal fin”, escribe Anquandah. Escenario de un pasado que comenzó siendo comercial y acabó siendo desigual, esclavista (hasta la abolición de la esclavitud por Inglaterra en 1807) y luego colonial, hasta que Ghana se independizó de los británicos en 1957.

Mezcla de etnias

Hoy Ghana (24 millones de habitantes, la mitad de superficie de España) responde a una mezcla de etnias llegadas del norte desde el siglo XIII. Primero los citados akan, que comenzaron a asentarse en la impresionante desembocadura del Volta. Luego llegaron los ga, ewe, bono, moshi y dagomba... Algunos de estos se unieron hasta formar uno de los imperios más poderosos, el ashanti (que hoy tiene región homónima y rey propio), en el interior, cazadores de esclavos y de recompensas, eterna pesadilla de los colonizadores británicos y sus aliados. La crudeza de un siglo de guerras, el XIX, entre ambos imperios por adueñarse de la Costa de Oro no ha sido aún bastante explotada por la literatura.

Una de las mazmorras del fuerte de Elmina, en la costa de Ghana. / Alfredo Cáliz

Fortificaciones

Del conjunto de fortificaciones, tres son verdaderos castillos con todos los servicios y aposentos que merecían los señores con mando en plaza (algunos, verdaderas personalidades, dejaron mucha huella, para bien y para mal), mucho más dotados y organizados que el resto de los fuertes, reservados a funciones de vigilancia o suministro.

La sede del Gobierno

El primero de ellos, el de Christiansborg, en la capital, Accra, fue fundado por los daneses en 1661. Hoy se llama Castillo de Osu, un popurrí de estilos producto de sucesivas reformas. Es, además, sede del Gobierno. Y como consecuencia de tal función y de los sucesos violentos ocurridos a su puerta durante las revueltas independentistas a mitad del siglo XX, no se puede permanecer nunca demasiado cerca. La policía surge de la nada para recordárselo a cualquiera.

Patio interior del fuerte de Elmina, en la costa de Ghana, desde donde salían barcos cargados de esclavos. / Alfredo Cáliz

Los otros dos son los de Cape Coast y Elmina, donde nos encontramos, a una decena de kilómetros de distancia uno de otro. Los más espectaculares y representativos. Los mejor conservados. Aunque bien hermosos resultan también el fuerte británico de Anomabu (Fort William) o el de Sekondi (Fort Orange), que es un faro, o el de San Sebastián, de estilo muy portugués, en Shama, que sirve de juzgado... En todos uno desea detenerse.

Todo lo dicho suena a batallita de antepasados, viene a decirnos la costurera Afua cuando le pedimos que nos hable de Elmina. “Uf, no, eso es más asunto de turistas”, responde. Sentada a la puerta de su casa, frente a la Zion Church, observa cómo los oficiales del padrón, entre ellos Akurnor Thompson, anotan datos de sus conciudadanos para el registro electoral. Decenas de niños revolotean: unos, semidesnudos; otros, con pantalones caídos, calzones a la vista, camisetas de equipos de fútbol europeos... ¿Alguno de ellos ha estado alguna vez dentro de algún castillo? Uno levanta la mano. “Mi hermano fue a uno a la escuela”.

Elmina

Un visitante recorre los muros del fuerte de Elmina, en Ghana. / Alfredo Cáliz

Elmina, el castillo de São Jorge da Mina, es la construcción europea más antigua de África. Los portugueses la levantaron en 1482, aunque ya habían descubierto el lugar en 1471, cuando cartógrafos, geógrafos o astrónomos oteaban el mundo sin descanso en nombre de Enrique el Navegante.

Se dice que fue aquí donde nació, de hecho, el comercio atlántico de personas: para abastecer las insaciables peticiones de bienes europeos (ropas, herramientas de hierro, armas...) de las poblaciones locales, los portugueses empezaron a aceptar esclavos de Benin en pago, a principios ya del siglo XVI, demandados luego como fuerza de trabajo por las colonias del Nuevo Mundo. El negocio perfecto.

Pasear por sus pasadizos, escaleras y terrazas produce cierto vértigo histórico. Desde lo alto se aprecia lo adecuado del emplazamiento, vistas largas al Atlántico y cortas a la desembocadura del río Benya, con un puerto inmenso hacinado de barcas, banderas y pescadores. La ciudad (los reyes portugueses le dieron tal estatus) de fondo, y un fuerte protector, el de Coenraadsburg, vigilante en otra colina cercana. Una amalgama entre belleza, exotismo y precariedad imposible de digerir de un vistazo. Hay que sumergirse en la ciudad para apreciar lo mucho que este rincón tiene aún del pasado, sus tradiciones, el modo de trabajo, el peso de la comunidad...

Playas de Elmina, en la costa de Ghana; al fondo, el fuerte, donde se encerraban a los esclavos hasta que eran embarcados. / Alfredo Cáliz

En 1637 los holandeses conquistaron el castillo y su negociado. Los británicos lo harían en 1872. Luego ha sido sede de la policía local, escuela secundaria y museo protegido, aunque nunca todo lo necesario. Abundan las visitas. Sobre todo de la diáspora. Y más allá. Un grupo de trabajadores chinos (población en alza en África) pasea por la azotea tomando fotos sin pausa. Adam Zhang cuenta que su firma, Shandony Hi-Speed Group, construye vías de ferrocarril, y confiesa estar impresionado: “Ignoraba el valor de este lugar”.

Cape Coast

Kofi, artista ghanés, respira casi a diario su historia. Se instala en una de las salas inmensas de Cape Coast y allí escucha explicaciones y espera a los turistas para darles conversación y venderles dibujos coloristas de mujeres que parecen esbozadas por el Greco: altas, delgadísimas, con cestos en la cabeza, típicas... “Hace poco, aquí abajo, cambiaron la placa de la puerta de ‘no retorno’ por la de ‘retorno”, informa. “Trajeron a algunos antepasados para atravesarla en dirección contraria y la volvieron a cerrar”. Fue un gran acontecimiento. Así se cambiaba el signo de la historia. ¿Y bastará? “Algunas naciones han pedido ya perdón, aquí mismo o en la isla de Goree, en Senegal”. Y sí, vemos esa placa luego, rodeados de escolares, familias impresionadas y pescadores indiferentes tumbados sobre sus redes al otro lado del muro.

Ocho millones de personas

Labadl Beach, en la costa de Accra (Ghana). / Alfredo Cáliz

Dennia Gayle y sus parientes se mueven por el museo de la esclavitud alojado en el interior de este castillo inmenso, antaño de Carolusburg (por los suecos), que brilla fuera y dentro por el blanco de la cal. Charlan con el guía, le cuentan sus vidas, comentan los mapas y esquemas del transporte de los cargueros. “Una media de 50.000 esclavos salieron cada año del poniente africano”, dice el guía. Calculan: 170 años de transporte... Casi ocho millones de seres humanos. “Pero en verdad nadie lo sabe. La mayoría de las instalaciones usadas en otros países eran provisionales y desaparecieron. Y aunque salieran navíos con mayor intensidad de otros puntos del golfo de Guinea y más allá (desde Luanda, Old Calabar, Brass, Lagos, o desde Goree, en Senegal, el último puerto en que los barcos negreros y sus pasajeros pisaban tierra africana) es solo aquí donde queda constancia de la regularidad de aquel tráfico”. Y señala las muchas líneas de colores con destinos en un mapa. “Hasta 1.500 personas podían estar encarradas en las mazmorras de Cape Coast a diario”.

Eran tres. Separadas por sexo. Entrar en ellas impacta. Todo es piedra, todo es silencio, todo está a oscuras. Los canales para orines tallados en el suelo, las paredes marcadas por los anclajes de las cadenas y, dicen, la desesperación... Hay un altar indefinido allí mismo. Y una sola piedra donde tomar asiento. Todos lo hacen. Pero nadie permanece mucho dentro. Es un impulso. Imaginar siquiera las humillaciones que aquí se vivieron durante tantos años da miedo.

Javier Belloso

Cuenta Gayle que ella hizo esta visita por primera vez hace siete años. “Cuando entré por esta puerta [señala hacia abajo, hacia la de ‘no retorno’], sentí que cerraba un círculo, que estaba realizando el viaje de mi vida”. Lo dice ante un gran panel fotográfico de famosos descendientes de esclavos, Martin Luther King, Angela Davis, Jesse Jackson, Duke Ellington... Un viaje que muchos toman como objetivo: regresar y ver. “Mis ancestros andarán contentos en sus tumbas: yo he vuelto como mujer libre”, concluye.

Al atravesar de nuevo la localidad de Cape Coast siguen afanándose los buscadores de oro, bailando los jóvenes en la playa, moviéndose con el viento las olas y palmeras... y sonando cánticos de funeral. En Ghana se ha puesto de moda el ataúd a la carta con forma de aquello que el fallecido gustara. ¿Aficionado a la fotografía? Sus huesos quedarán enterrados para la eternidad en una cámara. ¿Fan de lo musical? En un piano. ¿Al fútbol? En una portería... Y nos contó Kofi, el vendedor de Elmina, que un señor eligió de féretro ese castillo. Porque lo consideró parte indisociable de la muerte y la vida.

Guía

Cómo ir

» Iberia vuela directo a Accra desde Madrid, ida y vuelta a partir de 644 euros, todo incluido.

» British Airways, TAP y Lufthansa son algunas opciones para volar con escala desde España, con precios que comienzan entre 500 y 600 euros.

Dormir y comer

» Novotel Accra. Barnes Road. Accra. La habitación doble, 177 euros.

» Hotel Paloma. Accra. La doble, 96 euros.

» Holiday Inn Accra. Pmb Ct 97. Accra. La doble, 162 euros.

» Hotel Mövenpick Accra. 343, Cantonments Ridge. Accra. 325 euros la noche.

» African Royal Beach. DTD 51 Beach Drive. Nungua. Costa de Accra. La doble, 144 euros.

» Afia African Villague. 2 Liberia Road Extension. Osu. Costa de Accra. Cabañas en la playa. La doble, 74 euros.

» Labadi Beach Hotel. La doble, 350 euros.

» Elmina Beach Resort. Elmina. La doble, 127 euros.

» Kokrobite Garden Guesthouse, playa de Kokrobite.

» White Sands Beach Resort. Fete.

» Biriwa Beach. En Biriwa. La doble, desde 37 euros.

Información

» Turismo de Ghana.

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