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VIAJEROS URBANOS

Por la nubes de Galway

Recorrido por los cuatro kilómetros del paseo marítimo de esta ciudad irlandesa

La cara marinera de Galway mira a una inmensa bahía. Ampliar foto
La cara marinera de Galway mira a una inmensa bahía.

El espejo del mar las refleja invertidas. Aparecen y desaparecen al mismo ritmo que sopla el aguerrido viento del Atlántico. Eolo dibuja las nubes con formas imposibles, el sol las pinta al atardecer y luego las deja volar. A veces se acumulan al final del camino y tapan la cima verde de la colina Blake, donde se pierde el horizonte. Otras manchan de gris el cielo, lo emborronan. Este espectáculo se puede ver desde el paseo marítimo de Galway, cuatro kilómetros que hay que hacer ida y vuelta para disfrutar doblemente de sus encantos.

La cara marinera de Galway mira a una inmensa bahía. Enfrente, el condado de Clare. A la espalda, el Long Walk con sus casitas de colores, las que aparecen en las postales. Y por delante todo un observatorio de nubes que también guarda sorpresas a ras de suelo, tan verde a un lado, tan cambiante como las olas que vienen y van, al otro. Cladaggh, el antiguo barrio de pescadores, queda atrás mientras la silueta del faro de la pequeña isla de Mutton reta al viento a pocos metros de la costa. La linterna blanca se encendió por primera vez en octubre de 1817 y se apagó 160 años después. La última familia de fareros vivió allí hasta 1951, cuando se instaló una maquinaria automática. Hoy, solo por existir, el faro sigue iluminando este camino que se construyó a mediados del siglo XIX. Lo llamaban ten penny road, porque los que estaban en el tajo cobraban eso, 10 peniques. Gracias a su trabajo el centro de la ciudad quedó unido al barrio de Salthill siguiendo la línea del mar, y no solo por el camino que recorrían tranvías tirados por caballos desde Eyre Square.

En 1860, Salthill empezó a ser la zona hotelera y turística que, en parte, todavía es. Porque las playitas, que quedan al descubierto en el malecón cuando baja la marea, animan a tocar las heladas aguas, aunque sea solo con la yema de los dedos. Los irlandeses de estas tierras son chicarrones del norte, como los de San Sebastián en la playa de la Concha. Se bañan todos los días del año. Nadan, algunos enfundados ahora en una piel de neopreno. Y se zambullen desde un trampolín amarillo, el Blackrock, que es también un anfiteatro para subir, sentado, al mismo cielo. Hubo un tiempo en el que esta estructura, símbolo del barrio, era de uso exclusivo para hombres. Hubo un tiempo, en los otoños del siglo XIX, en el que los granjeros de los alrededores, terminado el trabajo del campo al finalizar septiembre, venían a la antigua casa de baños de Salthill a tomar las aguas, ricas en yodo, y a tomar el aire fresco, el aguerrido viento del Atlántico.

Todo un símbolo, el trampolín amarillo, el Blackrock. ampliar foto
Todo un símbolo, el trampolín amarillo, el Blackrock.

Blackrock es el final oficial del paseo marítimo pero queda, todavía, un kilómetro de sorpresas. El camino, algo más agreste, bordea un campo de golf centenario con vistas al mar y acaba en un cámping de caravanas que ahora está casi vacío, con esa melancolía que deja el verano al marcharse de los destinos de costa. Menos mal que está la colina Blake y esa manera abrupta y verde que tiene aquí la tierra de acabar en el mar. Con un poco de suerte, al fondo, en el acantilado, el sol coloreará entre nubes y lluvia, con la curvatura perfecta de un compás, un arcoíris. Y con mucha suerte, ese arcoíris será doble.