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RUTA DE LOS EXPLORADORES OLVIDADOS / 13

Rodando por la costa tailandesa

Del bullicio de Bangkok a las tranquilas playas de Prachuap Khiri Khan, en la península de Malaca, con una breve incursión en la antigua Birmania

Una playa tailandesa, en la ruta de Bangkok a Prachuap Khiri Khan. / M. SILVESTRE

Abandono Bangkok rumbo a Malasia. Evito la populosa, turística y algo masificada ya costa oeste de la península de Tailandia y me decanto por la este, mucho más tranquila. La carretera es buena y aburrida. Primero cuatro carriles, luego tres y luego dos. O sea, una autopista de verdad, con buen asfalto y conductores respetuosos. Estoy de nuevo en la civilización después de tantos meses de locura y peligros rodantes en África, India y Nepal. Otra novedad, la mugre ha desaparecido por completo. Tailandia es un país limpio. No hay basura esparcida por los arcenes ni tampoco en las playas. Se me había olvidado lo que era eso.

Prachuap Khiri Khan es una deliciosa y tranquila localidad costera a no más de 280 kilómetros de la capital. En el pueblo hay un monte con forma de cono y en la cima un templo budista. Todo el país está surtido de templos. En la base de la colina hay monos sagrados que los visitantes alimentan. La bahía es calma. Al final hay un poblado de pescadores con coloridas barcas ancladas. El horizonte se encrespa con innumerables islotes puntiagudos que se divisan azulados en la distancia. Frente al mar encuentro un hotelito. Piden 500 bats (12 euros) por una habitación sencilla pero limpia y cómoda. Todo lo que necesito.

Tráfico en Bangkok, Tailandia. / M.SILVESTRE

Termino de cenar solo en el restaurante sobre una inestable mesa de mármol. Hay mosquitos. Son la mayor incomodidad. Pido que me enciendan una de esas espirales que los ahuyenta. Me quedo observando al resto de parroquianos. Los tailandeses tienen curiosas costumbres. Todo lo beben con pajita y la cerveza la toman con hielo. La primera vez que vi semejante desatino pensé que era una broma. El camarero se me acercó con una botella de apetitosa Chang, la abrió, la sirvió y acto seguido me preguntó si quería cubitos en mi vaso. Aunque lo dijo en un inglés medio decente tardé en entenderlo porque la frase en su contexto resultaba casi absurda.

Los hombres beben güisqui con la comida. Johnny Walker Etiqueta Roja con soda. Un grupo de trabajadores o de hombres de negocios, de gente normal y corriente, al mediodía, listos para seguir trabajando o de viaje. Sentados a la mesa, con su plato de fideos picantes, un par de botellas de soda y una de güisqui escocés presidiendo la mesa. Se bajan la botella como quien respira. Luego pagan, se montan en el coche o se suben al andamio o se meten en la oficina o la tienda.

Árboles con oro blanco

Salgo en la moto a buscar la frontera con Birmania. Estoy en la parte más estrecha de Tailandia y hasta la linde no tengo más que quince kilómetros. Recorrerlos me ofrece una visión del país rural y selvático, aunque selva aquí queda poca porque toda está tierra es fértil y rica. Atravieso enormes palmerales e inmensas plantaciones de caucho. La corteza de estos árboles está rajada y por la herida supura la savia, el látex, que circula por una cánula y gotea en un cuenco. Es el oro blanco de Tailandia. Una de sus mayores riquezas, lo que motivó la invasión japonesa durante la Segunda Guerra Mundial, único periodo de la historia en el que el país ha estado colonizado.

Cuando llego a la frontera me dejan pasar el primer control pero he de dejar la moto. Afortunadamente encuentro un coche, una pick up. Subido en la caja consigo cruzar la tierra de nadie y meter la pierna entre los barrotes para pisar tierra birmana. Los militares no me dejan ir más allá, pero lo hacen todo con amabilidad. Puedo filmar y nadie es descortés o agresivo. Qué diferencia con otras muchas fronteras que he visitado. Me gusta esta gente. Incluso me localizan un muchacho en una moto con sidecar de barras desnudas para llevar carga. Él chaval me lleva hasta la salida y ahí termina mi viaje a Birmania.

Regreso por las pistas de tierra con el sol pisándome los talones. Me detengo alguna vez para hacer tomas de vídeo. Mis ojos son los de un cazador. Detectan el lugar adecuado para el disparo o la filmación. Esta actitud no diluye la emoción del viaje. Me gusta viajar como narrador profesional. Viajar para contarlo. Ser fotógrafo, escritor, camarógrafo y locutor de documentales hace que sea un viaje extraordinario. Es lo que construye mi emoción y lo que me permite pasar los días solo sin sentirme solo.

Varado en la playa

Moto encallada en una playa cercana a Prachuap Khiri Khan, Tailandia. / M. SILVESTRE

La arena de la playa está dura. La marea ha bajado y tengo varios metros de anchura y kilómetros de largo. Las islas están al fondo con sus cimas puntiagudas. El sol se pone, alguna tenue nube se viste de rosa. Recorro la orilla como en éxtasis. Pero salir es siempre más difícil que entrar. El talud es de al menos medio metro de alto. La moto encalla. Quito las maletas y forcejeo. Lo intento una y otra vez pero soy incapaz. Es de noche cerrada. Los mosquitos revolotean en manada a mi alrededor, atraídos por la luz del faro y mi dulce sudor, que brota a chorros por el esfuerzo.

Salgo a la carretera. Necesito ayuda. Un hombre camina por el arcén. Un tipo delgado y bajito como casi todos aquí. Le pido auxilio. Señalo la moto. Se acerca. Lo miro con algo de escepticismo. Es mucha BMW para un fulano tan enclenque. Al lado de la moto, arranco y meto segunda. Suelto el embrague poco a poco mientras empujo. Él hace lo propio desde atrás. El bicho avanza. Mi pequeño amigo tiene la fuerza de un coloso. Siempre ocurre igual, estos hombres delgados y fibrosos que han trabajado toda su vida son titanes. Es gente real, hecha de músculo y fibra.

Cuando sacamos la moto a flote, ofrezco pagarle algo. Niega con grandes gestos, como si eso lo ofendiera. Sé que no es así. Sé que no iba a aceptarlo pero sé también que los dos entendemos que es mi modo de manifestar agradecimiento. Cuando él rechaza el dinero yo hago un visible gesto de gratitud, él sonríe feliz de haberme echado un cable y yo de haber encontrado otro buen tipo en mi camino. No sé él, pero cuando me alejo yo lo hago con el corazón henchido de una renovada fe en la humanidad, en el mundo y en lo que de él veo desde el sillín de mi moto. El Planeta Tierra es un lugar estupendo y sus habitantes son maravillosos en su gran mayoría. Sí, pienso mirando las estrellas, hoy ha sido otro gran día.

Guía

DOCUMENTACIÓN

Personal: Pasaporte con seis meses de vigencia.

Moto: Carnet du passages que expide el RACE.

DORMIR

Charly Guesthouse (Bangkok). www.charliehousethailand.com

Golden Beach Hotel (13-115 Suanson Road.A, Prachuap Khiri Khan).

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