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Reportaje:FUERA DE RUTA

El otro gran río de Brasil

Versos, cataratas, bandoleros y 'cachaça' navegan por el São Francisco

BERNARDO GUTIÉRREZ 13 ABR 2012 - 07:00 CET

Una lucha colosal de los elementos! / ¡El río entero, que le cae en el hombro!". Desde el teleférico, sobre aguas azules vestidas de espumarajos blancos, resuenan los versos que Castro Alves introdujo en su novela Los esclavos para describir las cataratas de Paulo Afonso en el Estado de Bahía.

Un salto de agua irregular, poliédrico, "raspando los flancos de los acantilados sangrientos". Una cachoeira salvaje que después de más de 2.500 kilometros aprisiona al río São Francisco en un cañón de piedra y lo catapulta a un universo diferente. Antes de "la lucha colosal de los elementos", el Velho Chico, como se conoce popularmente al río, atraviesa las sierras de Minas Gerais y un reseco sertão de cactus y horizontes lunares. Es el São Francisco remoto, por el que circulaban vapores traídos del Misisipi. Después del salto, el Velho Chico se precipita en paisajes salpicados de iglesias coloniales y palmeras. Nace el río del legendario Lampião, un controvertido Robin Hood que vivió entre juergas, romances y asaltos. Sus cangaceiros -bandidos para unos, revolucionarios para otros- solían esconderse entre los penachos de piedra, la vegetación rala y los barros ocres del sobrecogedor Raso da Catarina, no muy lejos de la cascada.

El río de los 'brasileiros'

Al final del cañón del São Francisco -profundo, intenso, increíblemente turquesa, el río más largo de los que transcurren exclusivamente por tierras brasileñas- surge la localidad de Piranhas. Desde lo alto de una colina, abrazando unas escalinatas que parecen caer del cielo, Piranhas proyecta su espejismo de casas de tonos pálidos (rosas, naranjas, amarillas) y siluetas de iglesias. El río, encajado en su traje curvo, sosiega de golpe sus remolinos plateados. Desde lo alto de las escalinatas parecen flotar las líneas de Grande Sertão: Veredas, la obra maestra de João Guimarães Rosa: "Y de repente aquella agua terrible, agua de anchura, inmensidad". Y allá abajo, en una diminuta playa, una canoa de tolda como las que recorrían el río antes de que se construyesen los grandes embalses de Sobradinho y Paulo Afonso.

Apoyado en el mástil de una espléndida vela amarilla, el anciano Mesías de Melo rememora sus 76 años de subidas y bajadas. Vendiendo cachaça (aguardiente de caña) de pueblo en pueblo, recorrió la piel del río, sus aldeas, sus vacíos. Recita el nombre de sus examantes como si fuesen accidentes geográficos: Alagoas, Sergipe, Bahía, Minas Gerais. "Ya pillé más de 500.000 enfermedades en todos los burdeles del río", susurra con tono pícaro. El Velho Chico, para Mesías, es un mundo que empieza en el Atlántico del familiar noreste y acaba en Minas Gerais, en el lejano sureste. Y es que en Brasil ningún río tiene el aura del São Francisco. El Amazonas, para la mayoría de los brasileiros, es un río distante. Un río compartido con otros países. Los 2.830 kilómetros del São Francisco valen emotivamente mucho más que los 6.800 del Amazonas. Desde que fuese descubierto en 1501 por el navegante italiano Américo Vespucio, el Velho Chico se convirtió en la autopista del nuevo Brasil. Por ella, muchos Mesías de Melo transportaron oro, esclavos, ganado, canciones, cachaça. Entre todos construyeron un país.

La cabeza de 'Lampião'

Cerca de Piranhas, tras media hora de navegación, está la hacienda de Angicos, donde el 28 de julio de 1938 murieron fusilados Virgulino Ferreira, Lampião; su novia, María Bonita, y su prole de piratas de tierra firme. El camino es estrecho. La vegetación esconde el cielo. Un barracón de madera con un cartel recuerda el lugar exacto donde el ejército mató a los cangaceiros. Mostraron sus cabezas en Piranhas. Y para acabar con el mito de los bandidos buenos fueron enseñándolas de pueblo en pueblo. No sabían que la leyenda acababa de empezar. El forró (un género musical brasileño) Mulher rendeira resuena hasta hoy en todos los rincones de Brasil: "Donde él [Lampião] habita / no falta moza bonita".

Penedo se asoma al Velho Chico con mirada altanera. No es para menos: fue la reina del bajo São Francisco desde su fundación, en 1545. Durante siglos, cuando llegar al interior de Brasil era una odisea, el río era el camino más viable. Y Penedo, la capital de la partida. En el Paço Imperial - hoy engalanado con porcelanas- descansó el emperador Pedro II en 1859, cuando comandó una expedición para conocer el río de la integración nacional. Quizá sea la iglesia Nossa Senhora da Corrente, con sus detalles barrocos, rococós y neoclásicos, la que mejor hable del legado histórico de Penedo. La iglesia de azulejos portugueses y cerámica inglesa que revela el intenso romance anglo-luso. Penedo es piedra, esquinas, rostros. Es un susurro meloso de gentes, es bullanga de mercado callejero, es silbido de tabernas desconchadas. Y es, más que nada, una intensa pasión fluvial de barquichuelas de colores, caballos con el agua al cuello y meandros arenosos que nos conducen al Atlántico.

Danza 'marujara'

Al otro lado del río, a unos minutos de barco, la ciudad de Nelópolis está poseída de cavalgada: centenas de personas a caballo, calles adornadas con farolillos de papel, fuegos artificiales, música atronadora, baile... Como si todas las fiestas de todos los siglos del São Francisco -con sus hogueras de San Juan, sus desfiles de congados (negros) y de caboclos (indígenas), su danza marujara, la farra bastarda de Lampião- se concentrasen en las caderas y acordeones de la madrugada de Nelópolis.

Piaçabuçu, la última localidad del río, es una sinfonía de cocoteros, jangadas (canoas de velas coloridas) y mujeres lavando ropa en el agua. Un poco más allá, el pueblo se dispersa en viento, dunas y algunas casas de paja. Ciento sesenta y ocho afluentes después de nacer las aguas del São Francisco llegan al océano Atlántico fatigadas, desgastadas. Un faro rodeado de agua salada, sin luz, parece llorar ante el avance del océano. Por estas aguas subieron en 1553 el jesuita vasco João de Azpilcueta Navarro y el castellano Francisco Bruza Espinosa a descubrir las fuentes del río. Por acá, entre salitre y palmeras, entraba/salía todo. La soñolienta contemplación de las aguas del Velho Chico evoca un forró populachero: "El río São Francisco golpea en el medio del mar. / Si yo fuese un pez, al contrario del río, nadaba en esta agua, en este desafío".

» Bernardo Gutierrez es autor de la novela Calle Amazonas (Altaïr).

Guía

Información

» Turismo de Brasil (www.braziltour.com).

» Turismo de Paulo Afonso (www.pauloafonso.ba.gov.br/turismo).

La ruta

» El último tramo del río São Francisco recorre unos 300 kilómetros entre las cataratas de Paulo Afonso y su desembocadura en Piaçabuçu.

Otras noticias

Penedo con el río São Francisco al fondo. / BERNARDO GUTIÉRREZ

Mesías de Melo en su canoa de 'toldas'. / B. G.

Músicos tocando 'forró'. / B.G.

Mapa de Brasil. / JAVIER BELLOSO

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