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Reportaje:SIDNEY, ESA DIVA

Manly y Bondi, en biquini

Sidney baila al son del paisaje y de sus dos playas de amistoso nombre. Visita al edificio de la Ópera y caminata por un anillo verde con vistas a la bahía

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Viajar a Australia es someterse a todos los tópicos imaginables del viajero: un insuperable jet lag tras un viaje de más de 30 horas de vuelo con dos escalas, una en Londres para cambiar de aeronave y una escala técnica en Singapur (uno de los aeropuertos más grandes del mundo, en el que sus pasillos de amplias dimensiones enmoquetados con motivos florales están flanqueados de tiestos de flores naturales que parecen artificiales), para aterrizar literalmente al otro lado del mundo.

Llegar a una ciudad desconocida en la mañana de un domingo supone recorrer sus calles vacías, solo alteradas a las puertas de algún after. Una llegada melancólica en la que desde el taxi buscamos referencias, la postal tantas veces imaginada, sin encontrarla. Un pequeño hotel nos recibe con las puertas abiertas y las habitaciones no disponibles hasta las 15.00, lo que aumenta el mal humor.

Día 1

Después de un pequeño descanso, nos lanzamos a la calle para conocer Sidney. Optamos por un recorrido a pie desde King Cross en dirección al Real Jardín Botánico, bajando por una calle donde se instalan las tiendas de alquiler de caravanas, coches transformables en casitas rodantes extensibles o ampliables, una completa oferta para la visita de jóvenes surferos o mochileros del mundo que se adentran en el territorio australiano utilizando el estilo cámping como única posibilidad de alojamiento. Tras atravesar una serie de pequeños parques llegamos al Botánico, donde en uno de sus lados nos sorprende por su ubicación una piscina al borde del mar. Desde allí observamos la ciudad, rodeada de sinuosas y múltiples entradas de mar, una auténtica ciudad paisaje cuidada, verde y hermosa.

Sigue un sinuoso recorrido entre árboles de grandes dimensiones, hasta que llegamos a un pequeño mirador en el que las parejas se hacen la foto de boda. Al fondo, la Ópera de Sidney. Es un momento mágico en el que la escala del edificio es menor de lo que esperamos, y nos sorprende la forma en la que la gran obra se instala en el paisaje y en el perfil arquitectónico de la ciudad. El paseo bordea el agua hasta que llegamos a las puertas de la gran Ópera. Antes descubrimos una terraza con vistas al puente de Sidney, en la que descansamos, mesas y sillas estratégicamente colocadas para observar y ser observado mirando hacia el barrio más antiguo de la ciudad: The Rocks.

Las dos playas de Sidney, una al norte y otra al sur, son Manly y Bondi. A la primera se accede en barco desde el puerto, y a Bondi, en autobús urbano. Para el primer día, el trayecto en barco es una opción sugerente, un viaje de 20 minutos que nos permite ver la Ópera desde el agua y entender así cómo el Jardín Botánico hace las veces de zócalo verde de la ciudad. Al llegar a Manly, se accede a la gran playa caminando entre surferos de todas las edades, deportistas, bicicletas y niños, un auténtico desfile de bañadores y chanclas hasta llegar a la bahía donde la arena se convierte en perfecto soporte para una siesta en la que no sabemos qué hora es, dónde estamos ni adónde vamos... Intentamos inútilmente no calcular la hora de Madrid.

De regreso a la ciudad por la tarde, la Ópera iluminada desde el agua nos deja sin palabras. Imaginamos los largos años de su construcción, los desvelos de su autor, el arquitecto danés Jorn Utzon, y una historia plagada de enfrentamientos brutales que se han convertido en tan legendarios como el propio edificio. La estructura de su cubierta, de complejas formas geométricas, brilla con los últimos rayos de sol y dibuja la imagen icónica de la ciudad: la espectacular silueta formada por bóvedas de diferentes tamaños cubiertas de azulejos de color blanco brillante.

El día termina en la AMP Tower, la torre de comunicaciones de 309 metros situada en pleno distrito de negocios del centro y desde la que se ve el atardecer sobre la ciudad. Proyectada por Donald Crone y construida entre los años 1974 y 1981, es una pieza esbelta en acero sustentada por finos cables. La noche empieza a caer y visualizar la ciudad desde arriba nos ayuda a entender su dimensión; la vista alcanza aquí los 85 kilómetros de horizonte, una ciudad de baja densidad construida en una bahía-puerto natural rodeada de infinitas pequeñas bahías. Junto a la plataforma hay dos restaurantes, un café en la parte superior y una tienda de souvenirs con canguros de peluche y bumeranes de todos los tamaños imaginables.

Día 2

Para el segundo día dejamos la visita al Parque Olímpico, situado a 30 minutos en tren. Comenzamos una caminata en busca de The Brick Pit Ring, un anillo que forma parte de un centro de interpretación ambiental que intenta dejar atrás el pasado minero de la zona. Formado por una pasarela aérea, ofrece una panorámica al aire libre, a 20 metros por encima del cráter inundado. De ahí se extraía el material para la fabricación de gran parte de los ladrillos que posteriormente construyeron la ciudad de Sidney. La estructura circular, que se sostiene sobre columnas en V de acero, tiene una circunferencia que traza la totalidad de la superficie del antiguo pozo sobre el que hunde sus pilotes. El paseo-anillo nos lleva 10 minutos, y hay tramos orientados al sureste con vistas a la bahía de la ciudad. Se trata de un buen ejemplo de construcción en un enclave frágil, una obra de la oficina de arquitectura australiana Durbach Block Jagger.

Seguimos caminando y, a 15 minutos de distancia, llegamos al borde de la bahía Homebush Bay, donde podemos disfrutar de una de las primeras obras de Rachel Neeson y Nick Murcutt, hijo fallecido del gran arquitecto australiano y premio Pritzker Glenn Murcutt. La pequeña intervención consiste en un mirador de barcos hundidos: un pavimento de ladrillo y un pequeño muelle metálico donde sentarse a contemplar la bahía, un proyecto cuidado y sensible en el que se mezclan elementos náuticos con objetos inesperados.

Sentimos aquí los estímulos de Sidney como ciudad-puerto y ciudad-paisaje, construida en un paraje excepcional y con diversos arquitectos que han intervenido en ella de forma sostenible y cuidadosa. Recorrerla ha sido una experiencia arrebatadora.

» Ariadna Cantis es arquitecta y comisaria independiente de exposiciones de arquitectura.

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La Ópera de Sidney, obra del arquitecto danés Jorn Utzon. / BOB STEFKO

Tren monorraíl con la torre AMP al fondo. / D. ARMAND

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