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FUERA DE RUTA

Tras los exploradores olvidados

El camino de Cuéllar, en Irlanda, recuerda a los desdichados héroes de la Armada Invencible e inicia una ruta transcontinental en moto, como demostración práctica de que todavía es posible la exploración

MIQUEL SILVESTRE 20 JUL 2011 - 09:03 CET

Nuestro pasado está lleno de quijotes que buscaban más allá del horizonte aún a riesgo de morir incomprendidos u olvidados. Parece que su tiempo ya pasó, que el transporte aéreo hubiera acabado con la verdadera aventura. Sin embargo, todavía es posible la exploración. El motorista solitario aparece hoy como el descendiente de aquellos intrépidos viajeros de corta impedimenta y mirada larga. Podría moverse de un modo más confortable, pero elige sufrir porque tragando polvo, viento y arena se torna nómada, explorador, parte del paisaje y de la historia que narra.

Por eso viajo en moto. Para mí no es un deporte, tampoco una actividad banal o caprichosa. No es un juego. Es una fe. Voy solo, a la intemperie y del todo vulnerable. Protegido por mi propia fragilidad, cruzo desiertos, selvas y sabanas para ver de cerca y con todos lo sentidos abiertos qué secretos encierran, qué personas los habitan. Al motorista solitario la gente siempre se le abre. Es fácil elegir cuándo y dónde parar. No dependo de terceros ni transportes públicos. La motocicleta me da alas para surcar las sendas más estrechas y callejear los dédalos de las medinas. Viajo en moto para ser libre, para tener algo real que contar.

He recorrido más de sesenta países, aunque no puedo dar una cifra exacta porque eso depende más de cuestiones políticas que geográficas. ¿Kosovo es un país o una provincia de Serbia? ¿La República Turca del Norte de Chipre se admite como Estado o como región ocupada? ¿Y el Sahara Occidental? ¿Y los Territorios Palestinos? La definición de país en un mapa carece de sentido sobre el terreno, y más aun yendo en moto. Lo único que sé seguro es que el mundo está lleno de fronteras y que tengo la manía de querer cruzarlas para ver qué hay al otro lado.

» Sigue las aventuras de Miquel Silvetre en su blog.

Los olvidados

Cuando intenté entrar en el Kurdistán Iraquí el agente del servicio secreto me preguntó por qué quería ir. Respondí: "¿Usted ve la televisión?" "Sí, claro", contestó él. "Pues yo no", repliqué, "no me lo creo". Me gusta ver por mí mismo. Pero también había otra razón. Fui a buscar el rastro de un español excepcional, Adolfo Ridavedeneyra. Nacido en 1841, llegó a dominar hasta once lenguas. Con veinte años pidió ser contratado sin sueldo en el consulado español de Beirut. Así recorrió todo Oriente Medio. Ya como diplomático, remontará el Tigris recordando a Nearco, almirante de Alejandro Magno que del mismo modo llegó hasta Basora. Una vez en Babilonia, el actual Irak, llegaría a visitar Mosul y Nínive.

He seguido muchos otros rastros de españoles poco conocidos, los he buscado sobre el mismo terreno que pisaron. He encontrado a Fray Junípero Serra, fundador de las misiones de California; a Ruy González de Clavijo, quien en el siglo XV llegara hasta Samarcanda; al arquitecto Fernando de Aranda, quien construyó más de setenta grandes edificios en Siria, como la bella Estación del Hiyaz en Damasco, o el Zenobia, primer hotel de Palmira.

Con el apoyo de El Viajero de Elpais.com comienzo una expedición alrededor del mundo para mostrar quiénes fueron Pedro Páez, descubridor de las fuentes del Nilo Azul en Etiopía; San Francisco Javier, misionero en el Pacífico; el Coronel Palanca, conquistador de Saigón; o Urdaneta, explorador de Filipinas. Pero no solo me interesan los hombres, también quiero escuchar el chabacano, ese raro idioma con un 50% de viejas palabras castellanas que se habla en algunas islas de Malasia, o visitar Cordova y Valdés de Alaska, los dos topónimos españoles más septentrionales del planeta.

El comienzo

Esta búsqueda comenzó en Sidi Ifni, donde España libró su última guerra en 1958. La fundación de esa ciudad se debió al capitán Cesáreo Fernández Duro, quien comandó el Blasco de Garay, enviado a determinar la posición exacta del Borx er Rumi, las ruinas de un castillo erigido por los Reyes Católicos. Fernández Duro aseguró que estaban en la desembocadura del Ifni. El territorio fue cedido a la soberanía española. Investigando en la figura de este personaje, descubrí un hecho curioso. Fernández Duro también había hecho otro hallazgo, esta vez bibliográfico. En los archivos de la Real Academia de la Historia halló en 1884 un raro manuscrito del siglo XVI. Una carta escrita en Amberes y dirigida a Felipe II por otro capitán español llamado Francisco de Cuéllar, quien aseguraba haber formado parte de la Armada Invencible y naufragado en Irlanda.

El camino de Cuéllar

La lectura de tan fantástico texto me hizo coger la moto y presentarme en Sligo, en la costa Noroeste de Irlanda, a unos doscientos cincuenta kilómetros de Dublín. En Grange encuentro una señal que indica Spanish Armada. The Cuéllar's Trail. La sigo y doy con la playa de Streedagh Strand. Un paisaje desolado e inmenso con los montes de Donegal al fondo. No hay un solo árbol bajo el que cobijarse. Existe un modesto monumento donde una placa recuerda que en septiembre de 1588 La Juliana, La Lavia y la Santa María de Visón naufragaron aquí. De 1.200 hombres, solo se salvaron trescientos.

Cuéllar, uno de los afortunados supervivientes, cuenta cómo los nativos lo primero que hicieron fue robarles hasta dejarlos desnudos. Tuvo suerte de salir con vida de esta playa. La región estaba infestada de soldados ingleses. Temerosos de que los españoles alentaran una rebelión, las órdenes eran ejecutarlos. Unos 7.000 perecieron. El comandante Alonso de Luzón se rindió para proteger a sus 560 hombres. Los masacraron en cuanto estuvieron desarmados. Los veinticuatro marineros a bordo del Nuestra Señora del Socorro que se rindieron en la bahía de Tralee fueron ahorcados. En el Condado de Mayo, un mercenario escocés se jactaba de haber asesinado ochenta extenuados náufragos.

Tras muchas penalidades, de Cuéllar supera una cadena montañosa y bordea el Lago Melvin que hoy separa la República de Eire de Irlanda del Norte. En una pequeña isla está el Castillo de Rosclogher, perteneciente a Mac Clancy, jefe local, enemigo de los ingleses que auxilió a los españoles. De Cuéllar pasó tres meses haciendo cosas tan curiosas para sobrevivir como leer en las manos la buena ventura. Cuando llegaron los ingleses, los nativos se retiraron, pero de Cuéllar decidió quedarse con ocho compañeros para defender la fortaleza.

Hoy solo quedan ruinas ocultas por espesa vegetación y protegidas por tres caballos salvajes. Hace 400 años, más de cien ingleses se apostaron aquí. Los defensores resistieron 17 días antes de que el tiempo se hiciera tan terrible que los sitiadores tuvieran que retirarse. Un agradecido Mac Clancy ofreció en matrimonio su propia hermana a de Cuéllar. Pero el capitán español no veía la hora de regresar. El 4 de enero de 1588, escapó a pie camino del norte. Veinte días después llegó a Derry, donde el obispo Redmond Galagher le ayudaría a embarcar hacia Escocia.

Irlanda del Norte

De Derry voy hacia la costa noroeste. Recorro un laberinto de pequeñas secundarias hasta arribar a una asombrosa carretera que sigue el irregular litoral entre bahías, playas y acantilados. Aparece un impresionante castillo. Es Dunluce, condado de Antrim, Irlanda del Norte, la ciudadela de Sorley Boy MacDonnell, caudillo irlandés que ayudó a muchos de estos españoles. Colgada sobre un acantilado, la fortaleza parece inexpugnable. Cruzando la carretera, están los muros derruidos de la iglesia de Cuthbert's. Se supone que aquí está enterrado el bravo Alonso Martínez de Leyva, comandante de La Santa Maria Encoronada, con 419 hombres a bordo.

Su barco llegó a la costa del Condado de Mayo gravemente dañado. Bajo el mando de Leyva, la tropa tomó dos castillos. Se le fueron sumando supervivientes de otros buques hasta sumar 600 hombres. Tras unos días de espera, entró en la bahía el Duquesa Santa Ana. En él embarcaron Leyva y sus hombres. Una nueva tormenta lo hizo encallar en Donegal.

Con una pierna rota, acampó cerca de la bahía de Killybegs durante nueve días hasta que apareció el maltrecho galeón Gerona. Con la ayuda de los locales, el barco fue reparado y a mediados de octubre zarpó con 1.300 hombres a bordo. Un vendaval castigó el sobrecargado navío, hundiéndolo en el Lacada Point del famoso Giant's Causeway. Desde entonces la enorme piedra se llama The Spanish Rock.

"Están allí"

En Dunseverick topo con las ruinas de un castillo. Llamo a la puerta de la granja. Abre la puerta una mujer pálida y sorprendida. Me pregunta qué quiero. Le explico que soy español y que vengo desde muy lejos buscando las tumbas de mis compatriotas muertos hace cuatrocientos años. Sonríe y me señala la iglesia. "Están allí".

La iglesia en ruinas está al borde de un acantilado. No habrá más de veinte lápidas. El lugar es precioso y apacible. Las piedras resisten las inclemencias del tiempo. Asomadas al océano, se desgastan poco a poco. No importa si son tumbas de españoles, pues la que de verdad importa no es la historia de los magnos sucesos que se estudia en los libros, sino el modesto relato humano de los hombres y sus sueños. Delante de mí se mece azul y terrible la más grande mortaja que contemplaran los siglos. Descansen en paz los desdichados héroes de la Invencible.

Miquel Silvestre(Denia, 1968) es autor del libro Un millón de piedras (Barataria).

GUÍA

CÓMO LLEGAR

» El modo más directo es a través de los ferries que unen Gijón con Nantes (www.ldlines.es) y Cherburgo con Rosslare (www.celticlinkferries.com). O viajar en avión y alquilar una moto en Celtic Riders (www.motorental.ie).

DORMIR

» Hostales en Dublín (www.hosteldublin.com). Precio: 20-30 euros.

» Grange B&B Mount Edward Lodge (Ballinfull, Grange, County Sligo, Irlanda). Precio: 30 euros por persona. www.mountedwardlodge.com

» Giant´s Causeway Hotel (40 Causeway Road, Bushmills Co., Antrim, Irlanda del Norte). Precio: 50 euros. www.giants-causeway-hotel.com

INFORMACIÓN

» Turismo de Irlanda (www.discoverireland.com).

Otras noticias

En el famoso Giant's Causeway, una enorme piedra, 'The Spanish Rock', recuerda el hundimiento del navío español / MIQUEL SILVESTRE

En Irlanda, 'The Cuellar Trail' recuerda a los hombres de las fragatas de la Armada que allí naufragaron / MIQUEL SILVESTRE

Tumbas de los héroes de la Armada Invencible en Dunseverick / MIQUEL SILVESTRE

Castillo en Dunluce, condado de Antrim, Irlanda del Norte, la ciudadela de Sorley Boy MacDonnell, caudillo irlandés que ayudó a muchos de estos españoles / MIQUEL SILVESTRE

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