FERNANDO GALLARDO 01/01/2005
El paseo Zugazarte de Getxo, en las proximidades de Bilbao, exhibe desde hace poco más de un año la guinda hotelera del diseño pos Guggenheim. Por iniciativa de la cadena Ercilla, que no ha regateado medios para acoplarse al segmento de los pequeños hoteles urbanos, el arquitecto José María Smith ha reconstruido aquella mansión señorial de estilo neovasco que edificara a principios del siglo XX su abuelo, el también arquitecto Manuel Smith, con vistas a la playa de las Arenas. Minuciosa y algo excéntrica, la remodelación ha requerido el concurso de artesanos canteros, herreros y carpinteros expertos en la tecnología de la belle époque bilbaína, a fin de reproducir una "obra casi científica", en palabras de Smith.
El hotelito -apenas 27 habitaciones- respeta la línea burguesa del paseo marítimo, aireado por un exclusivo jardín y una terraza muy animada los domingos y días festivos. Viandantes, ciclistas y jóvenes en patines gustan de hacer aquí un alto para otear el paisaje y el paisanaje, vecinos reconocibles de Neguri, Ereaga, Enekuri... Insospechadamente, todo ese glamour en parte se desvanece bajo la piel tecno que la interiorista Itziar Etxebarria ha curtido de puertas adentro: acero, madera y cuero; blanco, negro y rojo; grafito y marfil en los pasillos, suelos de teca en los dormitorios.
El salón principal mira al Abra a través de una galería minimalista, pulcrísima, sobre la que se refleja una chimenea diseñada por Iñaki Montejo. Bajo esta planta, cerrado a la calle, el restaurante propone la cocina vasca de siempre en un ambiente funcional, sin mayor atractivo. Menos atención merece el desayuno, resuelto con el socorrido bufé de queso, jamón, huevos y bollería industrial.
Por si hubiera duda sobre el racionalismo chill out del hotel, los dormitorios invitan dentro de su limitado espacio a holgar, dormir, trabajar o pasarse las horas de miranda vítrea a la mar. Nada les falta, ni un par de butacones, mesita baja o un escritorio de madera en negro. Todos con monitor de plasma, equipo musical y, lo mejor, un colchón grueso y turgente sobre el canapé. Los cuartos de baño, empelechados de blanco y negro, rubrican su modernidad con un lavabo exento y grifería exclusiva de Dornbracht. A través de los estores, la playa dibuja un arco de sombras y sombrillas revitalizante como una ducha invernal.
LA PLAYA de Las Arenas evoca en cierto modo el frente marítimo de Biarritz, señorial y rutilante desde los albores del siglo XX.A pie, el paseo invita a rastrear entre las manzanas de edificios algunos hitos turístico-culturales, como la ermita de Santa Ana, la iglesia de los Trinitarios, el puente viejo de Algorta, Andra Mari, Larrañazubi... En la oficina de turismo (944 91 08 00) se informa sobre los recorridos en velero por todo el Abra y algunas singladuras hasta Bermeo, por la costa cantábrica. La otra orilla se gana a través del puente colgante de Portugalete, una experiencia que merece la pena. Al fondo de la ría está Bilbao y los perfiles estimulantes del Guggenheim, de Frank Gehry, y del metro, de Norman Foster.
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